Jerold Benton se casca su primera paja delante de una cámara y enseña su largo y gordo pollón | Next Door

Casting Audition

Llegó con una camiseta de la NASA. Jerold Benton le había dicho a su novia, con la que llevaba cuatro años, que se iba a hacer un casting, pero lo que ella desconocía era qué tipo de casting. Uno para enseñar su cohete espacial, para enseñar a todo el mundo lo bien que se la pela y lo que disfruta su chica cada noche en la cama. Viviendo en un pueblecito pequeño, Jerold tenía otras inquietudes y quién mejor que otros hombres para comprenderlas.

Un poco tímido, pero no demasiado, transmitía algo con su mirada de ojos grandes y brillantes, una magia de la que era difícil escapar, unida a su bonita sonrisa. Iba un tanto desaliñado, despeinado y la barbita algo arreglada, lo que le daba un aire de tio buenorro pero gamberro. Estaba tatuado y no tuvo problemas en mostrar su cuerpo atlético, sí un poco su trasero, de lo que no iba muy sobrado.

Le pusieron una porno para que se entonara a solas. Metió su mano por debajo de los calzones negros y cuando la tuvo algo amorcillada se levantó y con un rápido movimiento enseñó su anaconda. Larga, doblándole los huevos, se la agarró con una mano y empezó a sacudirla. Volvió a sentarse y se la pajeó ambidiestro hasta dejársela bien dura. Ahora calzaba entre ambas manos un cohete de pro, gordo, larguísimo, apoyado en un buen par de cojones.

Se levantó y separó las manos de su polla. La tenía enorme, robusta, formando un ángulo perpendicular a su cuerpo, ligeramente inclinada hacia abajo. No dejaba de mirar atento a la peli que tenía delante puesta en la tele, disfrutando con lo que veía y transmitiendo esas emociones a su gigantesca verga. Se la soltó de repente y la polla cayó por su propio peso hacia un lado, latiendo, levantándose y cayendo sobre su muslo derecho.

Unos gemidos de placer salieron de su boca. Había apartado la mirada de la tele para dirigirla a la punta de su polla, por la que empezaron a salir unas hileras grumosas y blancas de lefa pringando todo el hueco del sofá que había entre sus piernas. Los huevos arrugados y puesto de corbata en la base del rabo, soltando hasta la última gota de esperma.

Volvió a levantarse. La polla le caía hacia abajo, morcillona, sin perder todavía ni un centímetro del tamaño que tenía cuando se estaba corriendo. Todavía latía la corrida por sus venas. Se puso los calzones. Le gustaba llevarla hacia abajo, pero en ese momento le quedó tan apretada que estiró del centro de los gayumbos para darla espacio. Tomó asiento de nuevo. La cara sonrojada, una sonrisa en su boca. Menuda paja.

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