Franklin Acevedo seduce a Rico Vega con su gigantesco pollón y se lo folla a pelete en las taquillas del Boyberry Barcelona | Fucker Mate

Bare encounters at Boyberry

A Franklin Acevedo le molaban los dependientes y camareros del Boyberry, tan guapos, algunos de ellos con esos cuerpazos tan perfectos que apetecía quedarse a mirarlos desde la barra y pedir una copa tras otra hasta acabar ciego. Había escuchado que alguno había logrado tirárselos alguna vez, pero conseguirlo a veces se antojaba una tarea casi imposible.

Unos meses más tarde, cuando Franklin se atrevió a pasar del bar a las taquillas para unirse a placeres más intensos allá por las mazmorras, las cabinas y los glory, estaba desnudándose en los intercambiadores cuando Rico Vega justo comenzaba su turno. Franklin se le quedó mirando de arriba a abajo, embelesado por ese musculoso cuerpo tatuado, esos calzones del Boyberry apretaditos marcándole un buen paquetón y culazo con los que después se contonearía detrás de la barra.

Se animó y llamó su atención sacando la caña de pescar con el cebo, un pedazo de carnaza de veintitrés centímetros bien puestos, un descomunal y gigantesco pollón tan gordo y grande que alimentaba a la vista. Rico, que estaba acostumbrado ya a a recibir propuestas indecentes a todas horas, se lanzó sin miramientos a por esa enorme polla.

Se arrodilló como un caballero, posando una rodilla en el suelo y haciendo una reverencia. Sacó la lengua, la posó en un lateral de ese impresionante cipote, abrió la boca a tope y se llenó la boca de rabo. Después de intentar tragarla a fondo sin posibilidades de conseguirlo por el grosor del capullo, la sacó de su boca, cogió la verga con la mano y la cilimbreó dándose cuenta de su tamaño, mirando a Frankñin y dándole gracias de alguna manera por tener una pija de ese calibre para dar placer a tios exigentes como él.

Era impresionante cómo nada más meterse el cipote por la boca el muy cabrón se quedaba casi encajado a la perfección entre su lengua y su paladar. Intentar colarlo un poco más allá se hacía cuesta arriba, pero Rico lo intentó y acabó con las venas del cuello hinchadas, la cara roja y algunas lágrimas en sus ojos. Reprimió como pudo las arcadas con el glande taponándole la garganta y se dejó en ese pollón el maliento y las babas.

Acabó a cuatro patas entre las piernas de ese tio vergón mamándole la polla, dándole lustre a su gordo cabezón, lamiéndole el tronco como un gatito meloso, pajeando a mano llena y tragando rabo. La posibilidad de tener algo de ese tamaño penetrando su trasero se le hacía perversa y a la vez casi imposible, pero se hubiera arrepentido toda su vida si no lo hubiera intentado.

Se quitaron los gayumbos y se acercaron uno frente al otro. Fue Rico el que tuvo la iniciativa de coger su propio rabo con su mano y emplear la otra para acariciar el rabo contrario, pajeando los dos a la vez. La diferencia de tamaño era evidente, a pesar de que Rico se gastaba una polla de lujo de casi veinte centímetros que tenía una caidita colgando entre las piernas imposible de rechazar. Pero el grosor hacía la diferencia entre un tio bien dotado y otro salvajemente dotado.

Subido al puff que había en mitad del vestidor, Franklin puso de nuevo a Rico a comer rabo. Adoró ver su cuerpazo desnudo ahí abajo dándole caña a la mamada, con el rabo colgándole, meciéndose de lado a lado. Franklin le rozó el pene a posta con la pierna. Le gustaba sentir el roce del rabo de otro tio contra cualquier zona de su cuerpo. Franklin no podía tener ya la polla más dura y más preparada.

Las venas refulgían de vida surcando el tronco de su miembro y, cuando Rico se ahogaba y la sacaba de su boca para tomar un respiro, él la contoneaba meneándola de un lado a otro delante de su jeta que luchaba por recuperar el aliento. Rico se puso en la postura perfecta para meterle una follada y adorar su culazo redondo, suave y blanquito, apoyado contra las taquillas, con una piernecita flexionada que permitía ver sus pelotas y su chorizo colgando.

Fueron juntos hasta el almacén junto al expositor de consoladores. Rico se puso a cuatro patas en otro puff que allí había y ofreció su culazo como recipiente para ese pollón. Al sentir el cipote intentando colarse por su agujero más preciado, Rico sintió que le invadía una sensación de descontrol y gusto indescriptibles. Franklin no retrocedió ni un centímetro. Siguió empujando con la cadera, empoderado como un torero y, a pesar de escuchar le gemido de dolor que profirió Rico al encajarle los últimos centímetros, no paró hasta metérsela toda dentro.

En el semblante de Rico se percibía mucho dolor, pero a los pocos segundos ya pudo intuirse algún signo de placer, en cuanto pudo acostumbrarse un poco al ritmo al que ese taladro gordo y lujurioso le perforaba el ano, aunque quizá acostumbrarse eran palabras mayores. Se podría decir que había aceptado esa enorme polla como una buena amiga para lo suyo.

Que lo estaba comenzando a gozar se intuía por la forma en que se le elevaban las piernas por instinto por debajo de la rodilla, por cómo después de un rato su cabeza cayó hacia adelante, sumisa, a pesar de tener una mazorca gigante destrozándole el culo, cubriéndole como ningún otro hombre le había cubierto antes el hueco. Cabalgar sobre esa montura hubiera sido una locura, pero Rico las cometió todas en su entorno de trabajo.

Franklin posó su trasero sobre el puff sudado y Rico se sentó encima de él dándole la espalda y clavándose su rabo a pelo. Las vistas que regalaba eran carne de cañón para pajilleros que pudiera estar pululando por las instalaciones en ese momento. Una polla durísima y gorda penetrando un culo exquisito y el rabo blanquito, largo y encapuchado de Rico colgando, casi rozando la huevera de Franklin, un rabo que un rato más tarde pasaría a retozar por la barriga de Franklin cuando Rico hizo lo mismo, pero esta vez mirando a su penetrador cara a cara.

Con la espalda apoyada sobre el puff, Rico se dejó follar y también dejó que Frankñin tomara el control sobre su polla, permitiéndole cogerla y pajearla. Tener la mano caliente y grande de otro tio masturbándole mientras se lo beneficiaba sin condón con esa descomunal pollaza, le hizo soltar la leche en segundos, los blanquitos calostros cayendo sobre los pelitos por debajo de su ombligo.

Franklin abandonó su culo y acudió a pajearse encima de la guapísima cara de Rico. Con la polla justo encima de su jeta, empezó a deslecharse pringándole la cara. Chorretes grumosos cayendo a saco, dejándole casi ciego de un ojo, pintándole la barbita, guarreándole el cuello. Rico sacó la lengua pidiendo rabo. Franklin dobló las rodillas y le dio un repaso por ella con el cipotón, mojando la brocha gorda en la acuarela. Rico abrió los ojos y le miró desde abajo sonriendo. Con esa carita y encima con toda su leche encima, cómo no querer a los camareros del Boyberry.

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