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Jeba se folla a pelo al jovencito brasileño Holiver fustigándole el culazo con sus 24 cm de rabo y le mete una potente ducha de esperma | Fucker Mate

Cum Shower

Holiver apoyó en el borde del reposabrazos del sofá su espectacular trasero enfundado en unos apretados calzones. Al verle sentado, tan atractivo, marcando culazo y con esas piernas fuertes bien afferradas al suelo, Jeba le cogió de la cabecita y le revolvió el pelo deseándole con muchas ganas. Holiver mientras tanto se fijó en el gigantesco bulto que se le marcaba a Jeba en los calzones, una marca de rabo alucinante empinado hacia la derecha que por poco no se había salido todavía por encima de la goma.

Al tirar hacia abajo, el pollón se quedó colgando delante de él, una preciosa banana negra y cilíndrica de veinticuatro centímetros bien puestos. Tras rozarla suavemente entre sus pectorales, sintiendo su calor y su virilidad, se agachó y se comió a bocados esa pirula hecha por los dioses. Ningún tio se acostumbra a mamar algo tan grande, pero lo que Holiver sí sabía es que ese rabaco gigante le daba mucha hambre.

Plantó una mano en la base y se la metió dentro de la boca, sorprendido porque además de su mano y su boca, por lo menos sobre esa larguísima barra cabían otras dos manos más. Aun teniendo la boquita rellena tan solo habiéndose metido el cipote y un cuarto de rabo, hizo hueco y comenzó a deglutir arropando el enorme pene entre sus labios.

El pirulón que hacía unos segundos caía por su propio peso hacia abajo, ahora era una pollaza durísima de dimensiones descomunales. Más gorda, más larga, con un cabezón enorme y una buena cantidad de pellejo acumulado en el frenillo. Holiver le echó un par de huevos y se la tragó hasta donde pudo, despertando en Jeba al animal que llevaba dentro, que terminó por agarrar a Holiver por los pelos empujando su cabeza hacia adelante y atrás, dispuesto a darle de comer rabo como si fuera le mejor de los glotones.

Al ser tan grande, la polla de Jeba necesitaba de cuidados intensivos. En cuanto no la rozaban unos labios o una lengua, desconsolada se quedaba morcillona, pero cuando sentía el roce, de nuevo se ponía robusta como una roca, dando de comer a Holiver, fostiándole a pollazos en la mejilla y su pecho, demostrando el enorme potencial de su voluminoso y gigantesco rabo.

El placer de ver su pollón enorme rozando su mejilla mientras Holiver le comía los huevos no tenía precio. Se hubiera quedado eternamente dándole de comer rabo, pero al verle a cuatro patas en el sofá, le dio la vuelta y le desenfundó los calzones descubriendo un culazo grandote y musculoso con ganas de tragar polla. Le dejó los gayumbos por los muslitos, lo justo para verle el nacimiento de la bolsa de las pelotas.

Hundió los morros entre el valle de sus nalgas y se dio el festín padre, trabajando con placer ese ojete cerradísimo a base de mucha lengua, dulzura de labios, nariz y todo aquello con lo que un hombre puede hacer dilatar un agujero. Por lo menos ya le cabía el dedo gordo. Se lo metió haciendo un gancho con la mano y le encantó ver cómo el chavalote se estremecía de gusto. Y sólo era el pulgar lo que tenía dentro.

Le metió la pija a pelo, por detrás, a traición, sin miramientos. Casi veinticinco centímetros de rabo duro, largo y grueso brasileño enfundados entre las paredes de su apretadito ano. Holiver ya no se revolvía, estaba luchando por sobrevivir a esa lucha entre el placer divino y el dolor más fuerte que se puede sentir cuando un tio te clavaba un mástil como ese por el culo. Jeba no paró, siguió metiendo y sacando por completo su enorme pirulón. Ya se acostumbraría.

Y se acostumbró, además muy rápido. Holiver obedeció al diablillo que le susurró en su oído izquierdo y desterró al ángel que le gritaba en el derecho, hincó las manos en el sofá, estiró los brazos y meneó el trasero y el tronco superior de su cuerpo amoldando su postura y sintiendo esa rebanada de pan por dentro. Cuando ya se estaba acostumbrando, Jeba le forzó la postura poniéndose de pie, enfilando su culazo con la polla taladrándole desde arriba y entonces Holiver volvió a luchar contra esa salvajada indecente, mordiendo el cojín con la boca, apoyando las rodillas y con la parte superior de las piernas hacia arriba para hacer frente al dolor.

Cuando de nuevo el dolor se convirtió en un tremendo gusto, pudo recrearse en la follada. Jeba todavía le estaba dando por detrás. Holiver cerró los ojos e imaginó esa larga pija hundiéndose por su hueco, los huevos cargados de amor de ese macho rozándose contra su nalga derecha. Holiver comenzó a perder las fuerzas al poco tiempo. Se agarró al cojín que tenía más a mano y hundió los morros en él en busca de consuelo.

Flaqueó del todo y se entregó a ese hombre en cuerpo y alma, poniéndose bocarriba, estremeciéndose de placer al notar esa enorme polla hundiéndose dentro de su cuerpo. Jeba estaba encantado con que un chaval así de guapo le entregara todo. La polla firme y dura en todo momento, recreándose con ese cuerpazo musculoso revolviéndose de gusto sobre el sofá.

Le dio la estocada final. Jeba se puso de pie en el sofá, abrió las piernas y con Holiver debajo de él, le plantó un pie en la cabeza para que no la moviera y le clavó la polla a full. Luego se lo llevó de vuelta al reposabrazos del sofá, donde el calentón había comenzado. Al verle arrodillado sobre el reposabrazos, con ese culazo impotente, las piernecitas abiertas, unos buenos muslazos y la dote colgándole, no pudo resistirlo y le metió otra estupenda batida sin condón.

Cuando Jeba se la sacó del culo y comenzó a masturbarse compulsivamente, casi tenía decidido que ese culazo se convertiría en su paño de lágrimas, pero luego pensó que si lo hacía así, él sería el único que podría disfrutar de la cerdada, así que decidió que era mucho mejor compartirla. Dio un toquecito en el trasero a Holiver y el chaval se agachó y se dio la vuelta, apoyando la parte superior de su espalda contra el reposabrazos del sofá, dejando que Jeba explorase su musculoso cuerpo de arriba a abajo y se le hincharan más las pelotas.

Estaba cerca pero a la vez demasiado lejor. Fue entonces cuando Holiver comprendió que se trataba de todo un tirador olímpico. Se recostó hacia atrás, sonrió pícaramente sacando la lengua, excitándole aún más, esperando la ducha de semen. Un gemido, casi un gruñido. Un chorrazo de leche comprimida empezó a salir de su enorme pollón y a pesar de la distancia salió con tanta potencia que chocó y salpicó contra su torso.

Al ver semejante espectáculo, Holiver echó la cabeza hacia atrás y disfrutó notando los lefazos cayendo a saco sobre su cuerpo, mientras la leche resbalaba por sus pectorales, por sus abdominales, por su cuello, por sus caderas, todo duchadito de esperma. Jeba sacudió su polla y la dejó colgando, toda morcillona, corrida, venosa, llena de vida. Holiver se la cogió y se inundó la boca con ella, regocijándose con el saborcito de la leche todavía saliendo de ese enorme cipote.

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