Markus Kage empotra al vergón Milo Madera a pelo después de que Ethan Chase les deje bien calientes | MASQULIN

Truth or Dare

Beso, verdad o atrevimiento. Ethan Chase llegó a casa y se encontró a su compañero de piso Markus Kage con una nueva cita. Lo cierto es que le gustaba tenerle para él solo, porque no le gustaba compartir su polla y su amor con nadie, pero dadas las circunstancias, lo mejor era afrontar que nunca serían pareja sino follamigos y, si se podía, pillar cacho de la situación.

Como buen animador sociocultural que era, Ethan les propuso un juego al que nadie decía que no, uno más antiguo que las pesetas, pero siempre tan efectivo como el juego de la botella. A Markus le tocó contar la verdad, así que levantó el cojín en el que estaba sentado y confesó que guardaba su juguete preferido en el sofá, un dildo bien largo y gordo. A Ethan le tocó atrevimiento. Robó a Markus el dildo de la mano y se lo metió dentro de la boca dejando a los otros dos alucinados porque se comió casi veinte centímetros de tranca. Sólo de pensar que pudieran ser las sullas ya les amorcilló la chorra debajo de los pantalones.

Fue a Milo Madera a quien le tocó dar beso y eligió a Markus para pegarle un buen morreo. A partir de ese momento todo se descontroló. Milo se bajó los pantalones del chándal y una polla larguísima empezó a asomar. Según se iba bajando los calzones parecía que no iba a acabar nunca de lo larga que era, hasta que los bajó del todo y salió un buen pito moreno rebotando, no demasiado gordo pero de buena circunferencia, más largo que una baguette. Se la meneó delante de Markus y le retó a chupársela. Markus hizo más que chupársela. Le echó un par de huevos al asunto y tragó más allá de sus capacidades.

De eso fue la cosa a partir de ahora, de atrevimientos. Ethan, que era un redomado cabronazo y jugaba a ser cupido, retó a Milo a dejarse dar por culo por Markus. El tio se puso de pie, echó el culete hacia atrás y Markus aprovechó para meterle toda la pollaza sin condón mientras guiñaba un ojo a Ethan agradeciéndole que le hubiera echado una mano, ya que de otra manera, seguramente hubieran tenido que pasar unas cuantas cervezas y una peli antes de llegar a ese deseado momento si hubieran estado a solas.

Lo que sacó Milo en claro de esa noche fue que de nada servía ser el tio que la tiene más larga en una habitación, que de repente llegaba un fornido macho de pelo en pecho, con un cuerpazo musculado y grande como un armario empotrado, con una polla gorda y traviesa y te hacía poner el culo para partirlo en dos. Gozó teniéndolo encima, ese hombretón sudado y machote, cerró los ojos dejándose llevar, sintiendo el suave roce de toda su espesa barba sobre su cara, besó sus labios, abrió los ojos y le miró fijamente momentos antes de dejarse llevar los dos por el placer de sentir un buen par de corridas surcando sus exuberantes rabos.

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