Ethan mete un folladón a pelo a Dane y se corre en toda su cara | Corbin Fisher

Frosting Dane

Que los dos rubios se habían atraído desde el primer momento saltaba a la vista. La forma en la que se comían la boca no era normal o sí, lo normal para dos tios que se desean. Dane estaba encantado con los besos de Ethan, mientras que este estaba dedicado a dos tiempos, uno a enseñar a ese chavalito cómo hay que comerse la boca y otro a sobarle la tranca por encima de los pantalones.

Sí, a Ethan le flipaban las pollas grandes y por cómo sobaba la de Dane dedicándole ampliar caricias con la mano, se estaba poniendo muy cachondo imaginando el tamaño de esa. No tardó mucho en desabrocharle el botón de los pantalones y dejarle en gayumbos. Llevaba unos ceñidos de licra, como el de los ciclistas, lo que daba mucho más valor a la pedazo tienda de campaña que había ahí montada, porque no era fácil hacer destacar un bulto bajo ese tejido, así que quien lo marcaba bien era porque estaba muy bien dotado. Ethan sabía mucho de esas cosas.

De pie siguieron morreándose, quitándose toda la ropa. Se quedaron en calzones, abrazados y rebozando los paquetes. La de Dane no paraba de resbalar sobre los marcados huevos de Ethan, sosteniendo con su pija toda la chorra. Ethan le bajó los gayumbos y la durísima, larga y gorda pollaza de Dane salió disparada hacia arriba pegando una buena hostia a Ethan en toda la mandíbula.

Pero el primero que hincó las rodillas en el suelo y se puso a comer rabo fue Dane. Qué boquita tenía el cabrón, hecha para chupar pollas. La dejaba resbalar entre sus labios húmedos, dejándose penetrar hasta la garganta y entonces la succionaba como cuando sorbes de un flash de coca cola, como si pretendiera sacar el jugo de las pelotas a través de la picha.

Y si sólo fuera la imagen de ese querubín alimentándose del mejor producto de un hombre. Que va, escuchar el sonido de la mamada era como alimentarse los oídos con una buena banda sonora. Chupa que te chupa, succionando como un desatascador, con esos gemidos que soltaba de vez en cuando con la boca llena de rabo y ponían la nota de alegría en el hilo musical de la habitación.

Se había puesto de lado para mamar, lo que a Ethan le permitía verle la enorme tranca bien tiesa. No sabía si estaba preparado para dejarla entrar por su boca, pero cuando Dane se puso de pie en el sofá y se acercó para recibir su dósis de mamada, fue esnifar el olorcito a rabo, verla acercarse tan grande e imponente que abrió la boca y se puso a deglutir como un cerdaco.

No era sólo la polla, eran esos huevos. Dios, cómo se mecían sigilosamente en la recámara, sobre todo el derecho, ahí colgando con un trozo de pellejo de la bolsa de los cojones más destacado que el otro. Tuvo que hacerlo, porque se estaba enviciando. Ethan metió una mano entre sus piernas, colocó el dedo índice en su ojete y lo hundió dentro.

Ay, cómo gemía y ese precum que salió camino de su lengua y que tan bien le supo. Lo siguiente que le metió fue la polla y además sin condón. Se la metió por la retaguardia, hundiéndola entera dentro de ese culazo blanquito, con ese par de globazos. Si mientras se lo zumbaba hubiera podido mirar desde abajo, se hubiera corrido de gusto. Los cojones meciéndose hacia adelante y atrás, la polla gorda y grande rebotando como el badajo de una campana a las doce del mediodía.

Ethan sólo podía ver una parte y con eso disfrutraba igualmente, mirando esas turgentes nalgas rebotando al machacarlas con sus caderas. Dane se corrió como un perro a cuatro patas ensuciando el sofá.

Se tumbó y le pidió a Ethan que le diera de comer rabo para hacerse una paja, pero al quedarse mirando esa carita guapa y sus morretes, Ethan no aguantó por más tiempo. Le avisó de que se corría y le metió una tanda de lefazos que se le metieron por la boca atragantándole con la leche y le dibujaron varias lineas rectas desde la comisura hasta el cuello y el pelo de la nuca.

Más calmado y con la minga corrida, Ethan observó desde arriba esa carita pringada con su leche, eligió el mismo dedo que le había metido minutos antes por el culo y recogió el semen haciéndolo resbalar por su mejilla y conduciéndolo hacia su boca para que se lo comiera todo. Ya en la ducha, se fijó en el culazo que se acababa de follar, en la apertura entre sus piernas, por donde destacaban unos cojones que colgaban llamando poderosamente la atención. Ese chaval tendría mucho peligro en las duchas de los vestuarios de unos tios con ganas de meter la polla en un agujero. Pero este era suyo, no lo iba a compartir con nadie.

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