Thony Grey se casca un pajote bien lechero en el sofá | Sean Cody

El jefe le ha ascendido por su éxito con las ventas de inmuebles. Con lo guapo que es Thony Grey y el tipo que tiene es fácil adivinar cómo lo consigue. Ojazos, cejas pobladas y gruesas que le dan un aire varonil a su mirada, ese pelito engominado, algo más largo en la parte de arriba, repeinado hacia un lado, hacia la parte rapada lateral de su cabeza. Se lo compran todo. Y a veces una tarjetita con el número de teléfono anotado en el reverso también ayuda. Para los que no están muy convencidos y necesitan un empujoncito adicional.

Si llega ese momento, Thony les cita en otra de las casas vacías. Las paredes pueden parecer frías sin muebles, pero él enseguida calienta todo el espacio alrededor, cuando comienza a desabrocharse la ajustada camisa que marca sus musculazos y descubre que bajo esa apariencia de chico jovencito aparentemente inexperto, hay todo un hombre de pelo en pecho con abdominales de hierro.

Y por si eso no convence, tiene más para mostrar. Se baja los pantalones enseñando primero el culazo, un buen par de nalgas peluditas de las que hay que agarrar a dos manos y expandir hacia afuera para poder verle toda la raja. Después se los baja por la parte delantera y muestra sus atributos mejor guardados, una picha larga y gruesa que enseguida atrapa con su mano para pajearla.

Es un chico con recursos. A falta de lubricante, se ensaliva los dedos y se la zurce hasta dejársela dura. Disfruta meneándosela, mucho más cuando sabe que alguien le está mirando. Se ve en su cara, cuando cierra los ojos y gime. Ha crecido tanto que se la puede agarrar a dos manos. Le van los culos grandes, meterla hasta los huevos y batirlos sobre un buen pandero a toda hostia, es de los que follan rápido, bien y con energía.

Separa las rodillas y se da la vuelta mirando hacia el sofá, haciendo como que se está follando a alguien. Sus muslos peludetes, su culazo, las bolas colgándole entre las piernas, la curvada forma de su gran espalda. Está para clavársela por detrás y hacer un trenecito junto a su amigo imaginario, escuchando esos gemiditos de placer que suelta el cabrón y que da gusto escucharlos mientras te come la oreja, como si de un momento a otro se fuese a correr.

La primera engaña, la segunda vez que tengas la suerte de cruzarte con él ya aprenderás a identificar su verdadero cántico de corrida, una serie de gemidos más agudos y seguidos que culminan con un baño de leche, un montón de chorrazos largos pintándole de blanco el pechote y los abdominales. Entonces desvela sus secretos para ascender, ofreciendo al posible comprador la casa y poder relamerle el pellejo mojadito y todo lo que se ha dejado encima.

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