El chulazo Max Deeds se pajea y se folla a la conductora tetona en el asiento trasero del taxi, se deja comer el ojete y le mete un facial en la jeta a lefazo limpio | FakeHub

Recibió un mensaje requiriendo sus servicios. Miró la foto en el móvil y se puso cachonda poniendo rumbo hacia su destino, pero en mitad del camino tuvo que suspender su cita, porque se cruzó con un maromo que tenía el dedo hacia arriba al lado de la acera y no podía creer lo buenorro que estaba. Le dejó que se subiera al taxi y se acomodara mientras ella le miraba de reojo a través del retrovisor fijándose en todo detalle, sintiendo cómo se le mojaba el coñito por momentos.

El tio era super atractivo, guapísimo, con barbita, con camisa de leñador a cuadros, musculoso, varonil. Empezó como siempre empiezan las conversaciones en el ascensor preguntándole por el tiempo. Siguió indagando a qué se dedicaba, proponiendo cosas en la que ella le veía, por ejemplo como jugador de rugby o striper. Pero no, le dejó caer unas cuantas pistas. Películas, internet, algo parecido a hacer striptease… claro y en botella. Ahora sí tenía el dedo mojado, el que no llevaba al volante y estaba regodeándose en su pepitilla. Ese chulazo era actor porno, seguro.

Se fijó en su paquete o más bien paquetón y no le dolieron las costuras atreviéndose a preguntarse si la tenía grande, porque ella apostaba a que sí, grande y gorda. La muy zorra le propuso una oferta irresistible para que le enseñase la verga, no cobrarle el trayecto hasta la estación. Y con lo caros que se habían puesto los taxis, como para rechazarlo.

Max Deeds se desabrochó la bragueta, se sacó la picha y la meneó para que se la pudiera ver bien a través del retrovisor. Los gritos de asombro de la conductora la delataron. Estaba asombrada por el tamaño de ese miembro y lo largo que era a pesar de estar flácido. Max enseguida se puso el rabo a resguardo dentro de los vaqueros y ella le engañó un poquitín, diciéndole que eso era la mitad del trato.

Ahora quería ver cómo se masturbaba y se ponía la polla bien dura. Le confesó que le gustaba mucho ver cómo los hombres se pajeaban. Max, a regañadientes, volvió a sacarse el rabo por la bragueta y empezó a meneársela. No podía creer lo que estaba haciendo, de camino a la estación, siguiendo las órdenes de una tía, masturbándose dentro de un taxi y siendo observado.

Para ser sincero, veía ya hacia dónde se encaminaban los pasos, podía verlo en los ojos de la chavala, que le miraba lascivamente el tamaño que estaba cogiendo el pene, cada vez más largo y grueso, por la pregunta de si había follado alguna vez dentro de un taxi y porque le estaba llevando a la zona más apartada de unos aparcamientos de supermercado.

Sin estar a la vista de tanta gente, Max se sintió algo más cómodo pajeándose el rabo y más abierto a las propuestas de la tia, que giró la cabeza y se relamió los labios para después decirle que se la iba a chupar. Se metió con él detrás en la cabina y se presentaron dándose la mano, al menos la que él tenía libre. Se llamaba Rebecca.

Le preguntó si tenía novia y si quería una. Max se quedó dubitativo, pero cuando ella enarcó su busco, con su camiseta roja por la que se dibujaban un par de melones con los pezones empitonados y se agachó comiéndose toda su polla, le contestó que no le importaría tener una novia que le hiciera eso todos los días. A pesar de eso, el tio estaba reticente, así que le enseñó las tetazas para acabar de convercerle del todo.

Lo consiguió. Al verle las peras, se le cegó la vista y empezó a masturbarse más rápido. Ella se puso a cuatro patitas con las domingas colgando y él acudió a mamarle las enormes tetas con un apetito sobrehumano. Rebecca se desnudó justo delante de él, poniéndole el culo y el chochito en la jeta, mientras le confesaba que eso no era un taxi normal, que se dedicaba a dar buenos trayectos a chicos, que él era por lo menos en número cincuenta y cinco que se follaba esa semana. A Max, lejos de importarle estar a punto de follarse un coño por el que había pasado un barrio entero de tios, lo único que le importó es que todavía era jueves y la de rabos que le quedaban por comer a esa zorra.

Se olvidó de todo cuando la tia se dio la vuelta y le comió la polla hasta los huevos. Subía y bajaba la cabeza con rapidez, apretando los labios con fuerza sobre el rabo y metiéndosela por la mismísima garganta. No se había equivocado. Ese tio la tenía bien larga y gorda. A Max no le sorprendieron sus capacidades como pitonisa, porque después de merendarse a tantos chavales, al final de un vistazo podía saber cómo calzaban.

Y Max calzaba de puta madre y estaba bien bueno. La tia se sentó sobre sus piernas clavándose ella solita la polla sin condón y dejando al chaval los dos melones delante de su jeta para que se pusiera bien cachondo y jugase. Max estaba ruborizado y tenía mucho calor. Tuvo que elevar la vista y pensar en otra cosa para no meterle una preñada justo en ese momento. Respiró hondo y empezó a jugar con sus enormes tetas, chupando sus pezones y restregándolas por su cara.

Se la folló a pelo a cuatro patas en los asientos traseros. Menos mal que su polla era lo suficientemente grande como para darle gusto, porque la tia era una salida de mucho cuidado. Acostumbrada a follar con tantos tios cada día, Max se vio también en la obligación de dar la talla y a juzgar por cómo gemía la muy zorra, lo estaba haciendo bien.

Después de una interrupción en que creían que les había pillado un guarda de seguridad, fueron más cuidadosos y no dejaron todas las puertas abiertas para que los gemidos no alertasen a nadie. Lo retomaron con ella tragándose de nuevo su polla y él magreando las dos tetazas colgando con las manos abiertas.

Nunca una tia le había querido comer antes el culito, pero Max no era de los mojigatos que se negaban a experimentar, así que elevó las piernas, dejó resbalar un poco el culazo sobre el asiento y la tia empezó a lamerle el ojete. Y joder qué gustito daba. Ahora comprendía muchas cosas. La agarró por la cabeza con una mano para que siguiera metiéndole la lengua y también para tener un punto de apoyo, porque se estaba poniendo demasiado contento.

En cuanto la tia levantó la cara, le metió una buena paliza con la polla azotándole la jeta. Max estaba en la gloria disfrutando de esa guarrilla que ahora se abría de piernas y le invitaba a comerle el coño. Max se agachó y le puso los morros entre las piernas mientras no paraba de pajearse el rabo. Rebecca también estaba encantada de tener a ese santo varón entre sus piernas, tan espectacularmente guapo, mirándola desde abajo de vez en cuando con esos ojazos. Se corrió viva.

Qué bueno estaba el cabrón. Acudía a su polla siempre que podía entre postura y postura para chuparle la minga, no, para devorársela, para dejarle encima todas las babas y que después pudiera follársela como lo hacía, como un macho empotrador de pro.

Rebecca acabó mamándosela con fuerza en el asiento, empleando mano y boca. Max estaba ya en las últimas, a punto de darle todo su semen. La tia no paraba de soltar guarradas, de decir lo mucho que le gustaba que los hombres se le corrieran encima de la cara, en la boca. Si la quería ne la cara, la iba a tener en la cara.

Max se puso de pie, encorvado sobre los asientos traseros, la piba no paraba de pajearle el rabo. Le vino el gustillo y empezó a soltar perdigonazos de lefa por todas partes, chorrazos sobrevolando la cabeza de la rubia, unos buenos impactos de lefa sobre su cara, rebotando en su nariz, metiéndole un buen maquillaje de esperma calentito y delicioso. La rubia se relamía el semen mientras él dejaba caer su rabo y por el cipote le colgaba todavía un pegote. Menuda corrida y menudo viaje. Para repetir.

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