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Camp Chaos Kauai: Matthew Camp se suelta una paja en la camioneta y se folla a Levi Wolfe a pelo | MEN

El calor del sol rozándome en la nuca, los destellos del retrovisor, la radio sonando en la camioneta, una carretera solitaria rodeada de campos abiertos de diferentes tonalidades. Probablemente no me cruzaría con otro coche en mi camino al rancho. Nadie en kilómetros a la redonda. Respirando libertad. Una sensación de libertad que me ponía cachondo.

De haberme encontrado con alguien haciendo auto stop, le hubiera ofrecido comerme la polla a cambio del viaje. Hice lo que un hombre con mucho tiempo por delante, y una sola cosa en la que pensar, tenía que hacer. Una mano al volante, con la otra me desabroché el botón de los vaqueros y me los bajé. Tenía la polla enorme y durísima. La dejé libre.

Aparqué cerca del rancho. Me levanté la ajustada camiseta blanca por encima de los pectorales y empezé a acariciarme los pezones, mientras con la otra mano me pajeaba la polla. Mi cipote rozaba el volante. La música se confundía con mis gemidos de gusto en el interior de la camioneta. Me la pelé entera. Me escurrí en el sillín del conductor mientras me sacaba toda la leche, el esperma brotando entre el volante y yo, el caldo de mis huevos manchándome los pelos por debajo del ombligo, el semen escurriéndose entre mis ingles. Me sentía libre. Un hombre libre.

Matthew Camp levantó el culete para volver a ponerse los pantalones. Ni siquiera se limpió la paja. Si algo le encantaba de los vaqueros es que lo disimulaban casi todo.

Su mundo era un caos. Su propio caos dividido entre el arte y el sexo. Le gustaba la pintura y tocar la guitarra, también mensajearse con tios a los que no conocía de nada, escuchar sus historias más cerdas, también las más románticas, ver sus fotos íntimas. Quedar con tios que le molaban, introducirles en su mundo de caos, levantarse con ellos por la mañana y gozar ante el espejo del baño de esos momentos íntimos de un hombre.

Los dos en calzones, marcando paquete, inevitablemente rozándolos en el reducido espacio. Matthew aprovechó para frotar el suyo contra el culazo de Levi Wolfe. Lo llevó a un lugar especial y mágico de la casa. Un colchón en el suelo y el espacio iluminado por luces fosforescentes que invitaban a perderse en los placeres de la mente. Levi se había tumbado boca arriba. Matthew volvió a desabrocharse los vaqueros. Al hacerlo, el olorcito a semen reseco le dio una buena hostia en las napias.

Se inclinó para meterle la polla por la boca. Entera, hasta los huevos. Le dejó las bolas aplastadas contra el bigote, tapiándole las narices con los cojones. Dejó que se la mamara un rato mientras él se dedicaba a descubrir con sus dedos la raja de su estupendo culo. Era un culazo peludete y redondito. Le desplegó los cachetes con ambas manos y sumergió los morros dentro.

Se retorcía de placer cada vez que le rozaba el ojete. Matthew se puso encima, colándole la polla entre las piernas, besándole en el cuello, dejando que sintiera su cuerpo varonil y musculoso sobre su espalda, el roce de sus pezones, el calor de sus abdominales, la punta del rabo a punto de colarse por su agujero. Le dio la vuelta, le abrió de piernas y lo penetró sin condón.

Levi se trasladó a otro mundo. Necesitaba tocar para saber que aquello era real, que aquel chulazo se lo estaba beneficiando. Pasó una mano curiosa por detrás, rozando suavemente los grandes huevos de Matthew, su polla caliente que en esos momentos estaba perforando su culo sin contemplaciones. Matthew se tumbó boca arriba. Estaba espectacular. Una alegría para la vista. Todo un macho, algo peludo, guapísimo, atractivo, con la verga dura y enorme, las piernazas ligeramente separadas. Levi le pajeó un poco la polla y se sentó encima. Cuando lo hizo, Matthew se relajó disfrutando de la follada, pasando sus fornidos brazos por detrás de la cabeza.

A cuatro patas. Le encantó sentir la potencia de esa polla penetrándole, el calor de las manos grandes de Matthew posándose sobre sus caderas. Se la sacó de culo, escuchó el movimiento de paja y unos brotes de semen perturbaron los pelos de su trasero antes de convertirse en múltiples trallazos que disparaban sobre su espalda.

No necesitaba más. La mano de Matthew entre sus piernas, su guapísima cara tan cerca de la suya, penetrándole igual de bien con la mirada, su aliento. Levi reunió los ingredientes que le hicieron soltar un alegre e intenso chorrazo de lefa. Ya estaba irremediablemente dentro del mundo de Matthew, dentro del caos de Camp.

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