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Rico Marlon y Allen King se follan sin condones en una velada íntima | Lucas Entertainment

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A la luz tenue del crepitar de la madera de una chimenea encendida, Allen King estaba encantado de brindar con vino junto a un chico tan guapo y atractivo como Rico Marlon. A diferencia de él, que iba más de sport, con camiseta y vaqueros, Rico había elegido una indumentaria más de gala, con camisa lisa de color pastel y unos chinos que marcaban perfectamente la forma de su precioso culo y también de su refulgente paquete.

A Allen se le estaba poniendo dura cada vez que se acercaba acaramelado, porque algo empezaba a empujar misteriosamente de la entrepierna y el bulto que se dibujaba en la bragueta de ese chulazo le llamaba poderosamente la atención. Allen iba más acorde a las circunstancias, puesto que en pocos minutos el alcohol de esas copas y las ganas que se tenían, haría que la ropa en aquel encuentro fuera lo de menos.

Muy pronto las correcciones pasarían a otro plano de existencia. Ese chaval ahora tan educado y galán estaría en breve tumbado sobre su espalda, despeinado, sudado, desnudo, gimiendo como un animal mientras penetraba con su enorme polla el culazo de Allen sin darle respiro, acogiendo su trasero entre sus musculosos muslos y apretando duro, haciendo fuerza, intentando colarle el rabo sin condón y super ajustado hasta el mismísimo fondo.

Pronto Allen habría perdido vaqueros y camiseta y se dedicaría a saltar alegremente sobre el pollón del colega, hundiendo su gran palo entre la raja de sus nalgas, cabalgando al viento con la picha tiesa dando bandazos de arriba a abajo. Pronto se quedaría abierto de piernas en el sofá, recibiendo rabo, después de un certero escupitajo en la cueva de su culo que sería el único lubricante necesario en aquel encuentro.

A Allen ese tipo de chicos le recordaban a los chulos de su clase, a los que se metían con él, a los que se las daban de ser los follarines del bosque y el alma de cada fiesta. Pero había descubierto la forma de tratarles, cuando estaban a solas fuera del grupito con el que alardeaban y se hacían los valientes.

Seguían siendo esos auténticos perros cerdos que te escupían en la cara, pero que a la vez se morían por una boca experta que les limpiara el sable, los que mientras te soltaban un gapo desde arriba, poniéndote el cipote de sus enormes pollas en el paladar, te susurraban desde arriba que no se lo contaras a nadie, los que al ver el tamaño y la longitud de tu polla, de repente se abrían de piernas y, bajo amenaza de no decir nada, gemían como putas cuando les dabas por detrás.

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