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Carlos Leao empala a Joaquin Santana con su gigantesca polla morenota y le mete un baño de lefa | Fucker Mate

Forbidden Fruit

Había gente a la que le animaba el día de buena mañana ponerse la música a toda hostia mientras se duchaban, vestían y preparaban para iniciar la jornada. A Joaquin Santana lo que se lo alegraba era ver a Carlos Leao semidesnudo andando por la casa, con su escultural y musculado cuerpo moreno, con unos calzones ceñidos que resaltaban las curvas de su culazo y el contorno de su polla y sus huevos.

Se acercaba a la mesa donde cada mañana se lo encontraba desayunando. Metiéndose una fresa en la boca, mordisqueándola y chupándola lividinosamente, con un gesto le indicaba lo que quería y Carlos se levantaba acudiendo a su encuentro. Mientras lo hacía, Joaquin no dejaba de mirarle el paquete, porque sabía muy bien lo que guardaba ahí dentro.

Carlos también sabía lo mucho que le gustaba su rabo, así que le dio media vuelta, lo abrazó y le restregó la cebolleta por los cachetes del culo. Joaquin no podía hacer más que rendirse al gusto que le producía notar algo tan grande rozándole sus zonas íntimas. Se dio la vuelta de nuevo, se agachó, tiró de la goma hacia abajo y antes de que saliera el rabo, ya se lo estaba metiendo dentro de la boca.

De un color más moreno que el del resto del cuerpo, esa polla era una puta locura. Aún morcillona, era tan grande como dos rabos de un hombre normal. Aprovechaba ahora que todavía no estaba dura para demostrarle cuánto le quería, tragándosela entera hasta las pelotas. Cuando la tenía bien chupada, le molaba hacerla resbalar sobre sus labios, mirarla grandiosa tan cerca, dejando que Carlos le arrease con unos buenos manguerazos en la jeta.

En casa no tenían plátanos, porque cuando a Joaquin se le antojaba uno, sólo tenía que poner a carlos sobre la mesa, empinarle el nardo y ahí lo tenía, disponible para mamar las veinticuatro horas del día. Y este plátano, además de grande y hermoso, no se acababa nunca. Ahora sí estaba realmente dura y cada vez le costaba más demostrar como antes todo su cariño. Apenas unos centíemetros le separaban de la meta de la base de su gigantesca polla.

Pajeó con vicio el puto rabo todo tieso. Era como un dildo enorme del color del chocolate que lubricaba de forma natural soltando algo de precum cada cierto tiempo. Joaquin notaba que en ese momento se le abrían todos los agujeros de su cuerpo, cuando posaba los labios sobre el enorme cipote y los hacía resbalar sobre su suave superficie, cuando el gordo cabezón le llenaba la boca y sus labios seguían arrastrándose incansablemente despellejando el rabo.

Dejó que Carlos se masturbase un rato mientras él se dedicaba a succionarle los huevazos. No era de los tios a los que le colgaban exageradamente, pero los tenía bien puestos, juntitos, cerca de la base del pene, dos pelotas de buenas dimensiones que también le sirvieron para guarrerar y llenarse la boca. Sabía que estaban cargaditos de lefa toda para él y que tendría que trabajar duro para conseguir que ese regalo se quedase el máximo tiempo posible encerrado ahí dentro para disfrutar a tope antes de salir.

Tras dedicarle un homenaje a sus pelotas, siguió devorándole el trabuco. Él apenas era un chiquillo al lado de ese machote. Si algo había descubierto de los hombres grandes y fuertes con rabos enormes, era que a la mayoría les gustaban más pequeños que ellos. Una de las razones era sexual. Se ponían super cachondos al ver sus enormes trancas cubriendo espacios imposibles, dominando con sus grandes cuerpos el de chavalines que parecían casi indefensos.

Joaquin se metió entre las piernas de Carlos por última vez para adorarle el rabo. Tuvo la impresión de que cada vez lo tenía más grande. Ya se lo estaba chupando hasta sin manos y cuando el pollón se le escapaba  escurridizo de entre sus labios, se zarandeaba empinado rotando sobre su base, potente, inconmensurable, presumido, para regresar al fondo de su boca.

Carlos cogió al chavalito en brazos llevándoselo en volandas hasta la habitación. Le dejó caer sobre la cama y lo convirtió en su juguete. Lo primero que hizo fue ponerse encima de él transversalmente, separarle las piernas de par en par y descubrir su precioso agujero, dedicándose a escupir sobre él, relamerlo y esparcir la saliva con los dedos mientras le follaba la boca con el rabo. Con tanta guarrada, terminaron haciendo un sesenta y nueve de culo a polla.

No sabía cómo coño podría caber su gigantesca polla por un culo enapariencia tan estrechito, pero le presentó su cipote al ojete, miró incrédulo cómo se lo tragaba sin condón y continuó arrastrando su largo rabo hacia el interior del cuerpo del chaval hasta que empezó a follárselo. Le encantaba ver su rabo tan grandote perforando ese culito, sacando hasta verse el capullo, escupiendo desde arriba para darle cera y volviendo a meterlo dentro.

El instinto animal empezó a apoderarse de Carlos, que sintió la necesidad de follárselo como a una mala puta. Lo tumbó boca abajo, agarrándole la cabeza contra el colchón con las manos para que no se levantara y empezó a petarle el culo a pollazos, cascándose hasta los huevos. Joaquin estaba en la gloria, sintiéndose usado com un hueco en el que descargar la ira, notando cómo de vez en cuando Carlos se la sacaba del culo y hacía resbalar la polla caliente, dura, enorme y sus cojones por la raja de su trasero.

Montarse encima de ese macho y contenerse la corrida fue harto difícil. Ya se había preparado antes con un dildo gigante en el suelo haciendo sentadillas, pero tener una real dentro del culo y que encima ese macho te pajease el rabo mientras le hacías el trabajito porculero, la polla resbalando sobre sus abdominales, hacían complicado contenerse.

Volvió a tumbarlo boca arriba abierto de piernas, pero esta vez para follárselo. Tenía a Carlos enfrente, atractivo, potente y musculoso, agarrando sus piernas con ambas manos para desplegarle el ojal. Pudo ver en primera fila su cara de concentración y sus músculos tensos cuando le empalaba con su enorme herramienta. Otra vez lo volvió a hacer, en mitad d ela follada, le sacó el rabo y lo deslizó sobre sus pelotas. Joaquin miró hacia abajo. La minga morenota, toda potente y recta se elvaba como una diosa.

Sin manos, Carlos volvió a colocar su engrasado cipote en la entrada del culo y Joaquin lo abrió para él como nunca. Tios así le hacían dilatar el ojete a distancia. Por unos segundos que parecieron interminables, el capullo se quedó acariciando la entrada de su agujero y cuando entró lo hizo con todas las de la ley, arrastrando con él los más de veinte centímetros restantes de placer.

Joaquin se corrió de gusto y mientras lo hacía, Carlos sacó por última vez la polla del interior de su recto. Fue gateando con cada rodilla a cada lado de su cuerpo, pajeándose la polla. Joaquin pudo ver cómo se iba acercando ese enorme instrumento, un pollón tan largo como la mitad de su torso, durísimo e impactante. Mientras gateaba en dirección a su boca, no llegó a tiempo y el semen empezó a brotar de su enorme raja decorándole los pectorales. Un trallazo de leche salió disparado y le obligó a elevar la cabeza por inercia. Ese macho no paraba de sacar leche por su rabo, dejándole un charco de lefa encima. Desde luego no envidiaba para nada a aquellos que preferían animarse por las mañanas con la música a toda hostia.

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