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Lucio Saints y Maximo Fuentes sementales follándose a pelo | Kristen Bjorn

Horseplay

Un paseo por el bosque a lomos de los caballos, Lucio Saints y Maximo Fuentes pararon en un abrevadero para hacer un alto en el camino a la casa señorial. Ellos empezaron a hablar de sus cosas y los animales de las suyas. Yegua y semental intercambiaron miradas y al semental se le puso más grande y dura que un puto brazo, toda voluminosa y morcillona cilimbreante entre sus patas.

Lucio miró a Maximo. Intentaron ocultar bajo unas risas nerviosas el rubor en sus mejillas y las tiendas de campaña que se les estaban empezando a montar bajo los vaqueros. Con su mirada penetrante y esa media sonrisa que mata: “Joder con ese, la tiene como yo”, le dijo Lucio señalando la entrepierna del caballo. Y dejó a Maximo loco.

Hay veces que entre hombres ya no son necesarias más palabras. Interrumpieron su breve descanso y jodieron el festín que se iba a pegar el semental con la yegua para dirigirse cuanto antes a su destino. Y es que a veces ser un animal da asco, así es la vida. La entrada a la casa era ya lo suficientemente espaciosa para dejarse el hambre de sexo entre sus paredes.

Cómo no abandonarse a los brazos de Lucio cuando empieza a quitarte la ropa, cuando te escupe en la boca como si fueras un puto perro callejero, cuando bufa con esa cara de macho empotrador y atractivo mientras te mete un buen agarrón al paquete, marcándote la polla entera por encima de los pantalones, cuando acto seguido te agarra la cabeza con sus manos calientes y te hace suyo. Maximo abre la boca una y otra vez, la acerca para que el escupitajo llegue bien adentro, para recibir esos cachetitos en la cara que le aseguran que se está portando bien.

Acercamiento de rabos, refrote de paquetes, Maximo se agacha para descubrir si es cierto que Lucio la tiene parecida a la del caballo cuando está dispuesto a follarse a la yegua. Se siente una yegua. Lucio tira de la goma de los calzones hacia abajo y lo que cuelga de allí despierta todos los sentidos, un majestuoso rabo gordo, largo y morenote con capuchón.

Maximo agacha la cabeza para merendársela desde el cipote. Apenas provoca el primer roce con los labios, el pollón crece unos cinco centímetros de golpe. Eso tiene buena pinta. Aprovecha ahora que puedes, se dice a sí mismo Maximo, ahora que la polla está todavía morcillona. Lucio le coge por el cogote, por los pelos y le aprieta bien la cabeza hasta el fondo para que se trague todo ese rabo, para que le aplaste los huevos con la barbilla. No contento con ver cómo su pollón desaparece dentro de esa boca viciosa, le recoloca la cabeza para que trague más y así meterle el cimbrel por la garganta.

Le atraganta, claro que le atraganta, porque esa polla está ya durísima y no entra tan fácil como antes. Maximo sale a respirar y de su boca manan las babas de gusto colgando entre sus labios y esa enorme pija. Quiere volver a intentarlo. Se deja manejar otra vez la cabeza, mira hacia arriba para ver la cara de ese macho, para sentir toda su potencia entrando por su garganta. La cara roja como un tomate. Sale, respira de nuevo y cuando Lucio menos se lo espera, Maximo se mete la polla de nuevo hasta los huevos, esta vez sin ayuda, haciendo que Lucio tenga que recular.

Cuando Lucio agarró el paquete de Max, ya se dio cuenta de que ese miembro merecía sus respetos. Ahora es el momento. Desnuda a Max, lo sienta en el sofá, con una mano le aprisiona los brazos para que no se mueva y con la otra mano le masturba la polla con fuerza y energía.

La visión del semental en el abrevadero no se ha ido de sus cabezas. A Lucio le apetece jugar y recrear la escena. Pone a cuatro patas a Max y le abre ligeramente las piernas, lo justo para poder cogerle la polla entre medias y tener a tiro el culo, las pelotas y el rabo de ese animal. Lamidas de ojete, toquecitos en las bolas, pajote, un triplete al que es difícil sobreponerse.

Lucio le presenta su enorme pollón. Con un par de caderazos lo acerca al culo y hace resbalar el rabaco a lo largo de toda la raja. A la tercera va la vencida. Sin manos, conduciendo su rabo a la entrada del oscuro agujero, se la calza a pelo dentro del ojal como un buen mamporrero. Le agarra los brazos contra la espalda. No deja de gritarle guarradas con esa voz de macho que le pone y se lo cabalga como el semental a la yegua.

Está dura, es enorme, Max siente que se le desgarra el ojete del culo, que se hace más ancho, que le invaden montones de sensaciones. Lucio quiere ver el agujero que le ha dejado. Le saca la polla, le coge los cachetes del culo con la mano y lo que ve es impresionante, un ojal de varios centímetros que se expande y se cierra. Le vuelve a meter la polla para cavar hondo. Max ya tiene los ojos en blanco, está en el paraíso de los hombres.

Jamás ha estado con un macho así de cañero y potente que le pusiera las cosas en su sitio. Recupera la cordura y piensa. ¿Y si ahora que está así de caliente ese macho también pudiera convertirse en yegua? Lo intenta y da en el clavo. Se ve que la herradura de la buena suerte que cuelga de la puerta ha surtido efecto. Ahora es Lucio el que deja descansar su espalda sobre el sofá y se abre de piernas.

Max agarra su polla gorda blanca con la mano y la conduce hacia el culazo de ese empotrador. Menudo chulazo musculoso y varonil, así meciéndose al compás de su follada, con los brazos tras la cabeza, biceps marcados, esos sobacos que son vicio puro. Lucio le da de hostias en el pecho, le grita que se lo folle más duro, le fostia a pollazos los abdominales.

Están confundidos, ya no saben si son yeguas o sementales, pero se lo están pasando cojonudo. Lucio se sienta, se pone el rabo en vertical y Max clava su culo sobre esa polla. Cómo echaba de menos tener el ojete así de abierto. Se casca una paja, ya no puede más, los lechones empiezan a salir disparados de su polla, blancos y muy espesos, mojando sus muslos, la pierna de Lucio y la alfombra. Leche y más leche mientras de fondo ese gordo pollón no deja de penetrarle el culo.

Lucio echa hacia atrás a Max hasta sacar el rabo de su interior. Un pajazo, otro, otro más y empieza a sacar toda la lefa de sus cojones echando todo el pringue en varias direcciones. Entre los dos recogen los restos, los de uno y los del otro y conducen los dedacos sucios llenos de semen al ojete abierto de Max. Un último escupitajo en la boca, una última palmada en la cara y ve alejarse a ese macho con la polla colgando. Se acuerda de la imágen del semental en el abrevadero.

VER AHORA A LUCIO Y MAXIMO EN KRISTENBJORN.COM

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