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La Familia Polla: Mi padre me folla a pelo en el remolque del camión y me deja su ADN chorreando por la raja del culo | Family Dick

Me crié en el remolque de un camión. El hijo de puta de mi padre se daba a la juerga y a la bebida y mi madre no paraba de gritarle que tenía la polla más usada que los guantes de una lavandería, porque el cabrón la metía en todos los agujeros que pillaba. Da igual si eran coños, bocas, culos de tias o de tios, era ver un hueco y ahí la metía sin condón, desalojándose los huevos y dejando su estirpe por todas partes.

Me pregunto si soy hijo único. Si tengo que juzgar lo que veo de mi padre, aseguraría que no, que tengo más de un hermanito por ahí en el mundo. Mi madre nos abandonó cuando yo era pequeño. Él la llamó zorra, ella le llamó cabrón, mi padre se quedó con la custodia y me fui a vivir con él al lugar más mundano que podía existir, un tráiler en el que apenas había intimidad ni para cascarse una paja.

Mi padre seguía dándole a la bebida. Cuando cumplí los dieciocho, a menudo llegaba del instituto y ya ni se inmutaba al verme llegar. En lugar de irse a la parte de atrás donde había una pequeña habitación, por llamarla de alguna manera, con unas cortinas a modo de puerta, le encontraba leyendo revistas guarras o viendo alguna porno en la tele pequeña, cascándose un pajote en pleno comedor. Yo pronto me acostumbré a hacer lo mismo cuando necesitaba descargar.

Por lo menos ya no andaba con putas.Y no andaba con putas porque de alguna manera yo me había convertido en su puta particular. Según fue creciéndome la musculatura y la polla, la relación entre hombres entre mi padre y yo fue creciendo de la misma forma.

Todo empezó un día en que encontré a mi padre boca abajo, rozándose la cebolleta contra el desvencijado colchón. Agarré el móvil para después enseñárselo a mis amigos, malas compañías, por supuesto. Me pilló haciéndolo, me tiró contra el colchón y cogió el móvil invitándome a hacer algunas guarrerías de las que no voy a decir que me sentía bien orgulloso, porque lo estaba. Había aprendido a ser un viciado del sexo como él.

Me dijo que me quitara los pantalones y después los calzones. Por aquella época me gustaban boxer sueltos, me encantaba sentir los huevos y la picha colgando, todo libre y también me depilaba rigurosamente para que no quedase a la vista ni un solo pelo, porque entre los amigos sabíamos que en una zona despoblada, un gran tronco se ve mejor. Tenía una picha larga y me sentía orgulloso de ella. Mi padre me había dejado buena genética. No sabía por entonces si acabaría usándola tanto como él pero ahí estaba, incontestáblemente larga.

Era la primera vez que mi padre me tocaba el rabo. Me sentí raro pero me gustó. Tenía las manos frías y el muy cabrón aprovechó para calentárselas con mi polla. La cogía de la base y me la meneaba, aunque yo todavía la tenía flácida. Noté que a él se le estaba poniendo dura debajo de esos calzones de algodón de abanderado de la época del abuelo.

Se la saqué por un lateral como si le ayudase a mear. La tenía larguísima como la mía, más morena y morcillona. La levanté lo justo para metérmela dentro de la boca y empecé a chuparsela. Puse todo mi amor y empeño aplicando lo que había aprendido comiéndosela a mis colegas y teniendo en cuenta que me estaba grabando. Tenía que dar lo mejor de mí.

Se la masturbé tan fuerte con los labios que ya la tenía completamente dura y no me hacían falta manos para conducirla dentro de mi boca. Después de hacer tantas mamadas, tenía buenas tragaderas y mi padre flipó al ver cómo sus veinte centímetros de rabo desaparecían dentro de mi boca al completo y me merendaba uno a uno los pelos de la base de su polla y sus cojones con mis labios.

Al sacármela de la boca, salía toda brillante con mi saliva encima, meciéndose al viento todo lo larga que era. Ni yo mismo sabía cómo coño podía llegar a tragarme esa burrada, pero era un arte que había adquirido. Me tumbé en la cama y recogí las piernas hacia mi pecho dejándo mi rosado, suave y blanquito culo al descubierto. Le dejé grabarme mientras me metía unos dedos y acariciaba mi ojete.

Y ya os dije que mi padre era ver un agujero y metía la polla dentro, pues así ocurrió. Se levantó, depositó el cipote dentro de mi ojete y deslizó todo su largo y enorme miembro dentro de mi culo sin condón. No todos los hijos tienen el placer de asistir al momento en que fueron concebidos, pero podría decirse que eso era lo más cerca que uno podía estar de ese recuerdo, cuando tu padre te mete la polla a pelo y gime mientras se deslecha en la raja de tu culo soltándote todo su ADN, tu ADN.

Después de batirse en suelo contra mi culo, se sacaba su porra todavía morcillona y chorreante de leche dejando el semen por las sábanas y el suelo. Por supuesto después era yo el encargado de limpiarlo (alguna vez le di el placer de hacerlo con la lengua). Él cogía cualquier toalla o trapo que había cerca, se lo acercaba a sus partes y se limpiaba con él todos los restos de lefa. Creo que me volví tan cerdo como él en el momento en que aprovechaba por las noches, cogía ese trapo y me lo esnifaba olisqueando sus lefotes resecos. Olían tan bien… a sexo de macho, a hombre. Menudas pajas me cascaba con el trapito sobre mis napias.

 

Nota: Las imágenes, el vídeo y el texto reflejan una obra de ficción. Los actores no tienen ninguna relación de parentesco real.

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