Las Cosas Que Te Hacen Mirar (parte 1): Dato Foland se folla a Ken Summers en el Boyberry con Aitor Bravo mirando | MEN | Alter Sin

Aitor Bravo nunca se acostumbrará a esas cosas que le hacen mirar y ese es uno de los motivos por los que se deja caer por el Boyberry día sí y día también. En su día a día está acostumbrado a ver esas pequeñas barreras invisibles que frenan el deseo y la naturalidad. Si le toca el culo a un tio, este se retira dando un sobresalto, en lugar de disfrutar de la mano en su trasero, como si aquella acción fuese indecente aunque en el fondo le gusta. Si entra a un baño, se coloca en la fila de meaderos junto a otro chaval y agacha la cabeza para mirarle la polla, el chaval le mira extrañado y acaba enseguida sacudiéndose el rabo y guardándolo en la bragueta, en lugar de dejar que otro hombre se deleite con la forma y el tamaño de su polla.

Por eso le gusta tanto desconectar del mundo en el que vive y sumergirse en otro donde esas barreras desaparecen por completo. Aquí tocar un culo significa “me gustas, vente conmigo” y nadie se retira con sobresaltos, al contrario, giran la cabeza, te lanzan una sonrisa y si están disponibles te siguen a la cabina para regalarte su culo, su rabo, su lefa, su amor, todo lo que tienen encima. Mirar la polla a otro tio en el baño, también te garantiza otra sonrisa de oreja a oreja y a continuación una mano que va hacia tu cabeza, que te fuerza para que te quedes de rodillas y empieces a chupar. Sin barreras, haciedo caso al deseo.

Prefiere las últimas horas del día, cuando los estresados ejecutivos como Dato Foland se dejan caer por allí antes de llegar a casa. Ese lugar se convierte para ellos en una transición, un pequeño secreto, hartos de cumplir órdenes o de llegar al lugar donde no tendrán intimidad, aquel es el hueco que necesitan para imponer su ley, donde se sienten completamente necesitados y realizados. Aitor mira a los ojos de Dato a través de las rejas y puede ver todo eso mientras se folla al chavalín de Ken Summers. No le retira la mirada, la mantiene mientras sigue penetrando ese ojete que le necesita y le implora más. No le importa que mire en el momento cumbre, cuando el chavalito pone la cara entre inocente y vicioso y él le emborracha a lefazos descargándole toda la leche de las pelotas encima.

Fuera, en la calle, de haber irrumpido en la intimidad de una habitación entre dos chicos, no hubieran continuado follando. Hubieran activado el protocolo de emergencia agachándose para recoger pantalones y calzoncillos y se hubieran embutido como pudieran las pollas en unos gayumbos que se les quedaban pequeños con la trempera. Pero allí es distinto, está permitido mirar porque te dejan mirar, porque una vez rompes esa barrera que te impulsa a retirarte, ya no hay nada que te frene y sólo pueden suceder cosas buenas.

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