[Fucker Mate] Max Toro se folla a Antonio Miracle a pelo en el bosque

Las pequeñas tentaciones que se convierten en grandes placeres, que a su vez se convierten casi en una droga que uno no puede dejar así como así de buenas a primeras, nos mueven, nos llaman como las sirenas a Ulises en las leyendas y ni con tapones en los oídos ni vendas en los ojos podemos hacer la vista ciega ni oídos sordos, renegar de ese apetito que nos saca de la rutina para darnos lo que nadie más puede darnos, porque ese pequeño espacio que creamos llega a convertirse en nuestro mundo aparte y secreto, el de shh chitón como los niños, el de no se lo digas a nadie, el de las travesuras dentro de un mundo que a veces parece aburrirnos con su rectitud y sus prisas.

Tienen parejas y las aman, cuando salen por las noches no les faltan pretendientes de miradas furtivas que desearían poder llevárselos a la cama, tienen un trabajo que les espera, pero desde que se conocieron no han podido evitarlo, son como una droga el uno para el otro. No mienten a sus parejas cuando a las siete de la mañana dejan su hueco de la cama vacío y salen por la puerta de casa diciéndoles que van a correr. Ellos quedan en el sitio de siempre, una parte del bosque por la que a esas horas no pasa nadie, hacia el interior y entre los árboles, su espacio en el que cada día dan rienda suelta a su verdadera pasión como hombres. Lo necesitan, les gusta, les hace sentir bien y es como su pequeño secreto, el que quieren que no acabe nunca.

El pulso ya de por sí acelerado, se les acelera aún más cuando van llegando y se ven en la distancia. Entonces no entienden muy bien el por qué de esa extraña conexión, de esa química que de repente les hace ponerse cachondos cuando se siguen el uno al otro, aparentando ser sólo un par de colegas haciendo deporte, dirigiéndose a lo más profundo del bosque donde nadie les vea, mientras los rabos les empiezan a apretar dentro de los pantalones, unas pollas enormes y magníficas que les marcan un bulto bestial. Aún ni se han tocado físicamente, pero su mente va un paso más allá y ya pueden imaginarse de rodillas, con el placer de un rabo surcando dentro de sus bocas o el culito apretadito cediendo ante una polla deseosa de que le den calorcito.

Por mucho que pasen los días, el encuentro entre Max Toro y Antonio Miracle sigue siendo tan efusivo como siempre lo ha sido. Al llegar a su destino se besan con ganas, se abrazan y se atraen el uno al otro con fuerza, notando sus músculos calientes y las durezas de sus dos pollas reencontrándose de nuevo, resbalando una sobre la otra, besándose también entre ellas, pero a su manera, como lo hacen las pollas de los tios.

Entonces comienzan su juego sólo autorizado para machos, se arrodillan por turnos comiéndose las pollas y los huevos, lanzándose piropos sobre sus miembros viriles de lo grandes que son. Nadie sabe que ese es su primer y gran desayuno de la mañana. Cada uno disfruta a su manera descubriendo el rabo del otro. A Antonio le encanta ese pollón gordo y morenote de piel robusta, que se lo reboce por la cabeza en la parte de atrás rapadadita, metérselo en la boca y ensalivarlo, sacarlo de ella con el capullo recubierto de piel, hacerle un anillo con los huevos dentro y abrir bien la boca para pegarle una comilona. A Max le gusta tenerlo sobre la roca, con las piernas ligeramente abiertas, a la altura perfecta para poder catarle todo, la barra y los cojones, ladeando la cabeza y poquito a poco introduciéndose entre sus piernas, rozándole con los pelos de la barbita.

Y así según lo tiene, Antonio se da la vuelta sobre la roca y se queda de pie encorvando un poco la espalda hacia el frente, dejando un magnífico y deseable culo redondito y enorme ante los ojos de Max que no sabe por dónde empezar del impacto que siempre le provoca ese pandero de ensueño. La polla le tiembla ahí abajo y se pone más dura y tiesa que nunca, como intentando decirle a su dueño que le deje penetrar por el agujero. Max contiene las ganas y comienza a preparar el ojete de ese culazo sumergiendo los morros, haciendo que se abra ante el contacto del roce de su barba y con lengüetazos. Cada vez que saca su cara de esa preciosa raja que lo atrapa, observa la reacción del culo. Le encanta verlo mojadito con su saliva, abriéndose y cerrándose, pero más le gusta cuando comienza a bajar sin previo aviso, cuando Antonio comienza a hacer una sentadilla y posa ese agujerito recién abierto justo encima de su cipote desnudo.

Max llevaba un condón en el bolsillo como siempre. A Antonio siempre le gusta hundirse el cipote un poquito en el ojete antes de que se lo ponga, le pone cachondo, pero esa vez es diferente, esa vez el culazo sigue bajando y no para. Max tampoco lo para y se queda atónito, con la boca abierta y loco del gusto, contemplando las vistas de su enorme polla desnuda deslizándose y desapareciendo dentro de un culo que sigue bajando hasta tenerla toda dentro.

Si eso era lo que quería, poder disfrutar por fin del contacto de su piel gruesa, de su cipote calentito abriéndose camino dentro de su agujero, lo va a tener. Max se encabrona soltándole guarradas y se lo folla por detrás, disfrutando de esa nueva sensación de libertad, del fresquito mañanero que le golpea con su brisa en la parte baja del rabo que saca cada vez que lo empotra. Ni la rugosidad de las rocas ciñiéndose sobre sus cuerpos impiden que los dos se centren en el gusto que les está proporcionando aquella llamada salvaje de la naturaleza. Antonio se tumba sobre una de ellas y le abre el culo para dejarle entrar de nuevo. Después vuelve a ponerse a cuatro patas dejando que lo cabalgue.

Ese ojete perfecto, peludito alrededor, que se abría y cerraba pequeñito al principio, ahora cede ante el paso de un pollón gordo. A Max le encanta abrirlo a pollazos durante un rato, sacársela después de una buena fricción y agacharse rápido para mirar las paredes del ojete, con el tamaño del diámetro de su rabo, cerrarse cuando no la tiene dentro. Le flipa. Tanto como tumbarse boca arriba y disfrutar de la vista del cuerpazo de Antonio practicarle una sentadilla de frente, pasándole una mano por detrás de la polla, colocándosela para ensartarse encima, mientras él se pone cachondo mirando el rabo y los huevos del chaval posándose sobre su torso. Le mola tenerlo así enganchadito, con el culo rebotando con ligeros saltitos, meneándole bien la polla, batiéndosela con ese culazo que es la hostia, qué bueno está el cabrón.

Antes de volver a sus vidas y abandonar ese pequeño edén lleno de placeres y secretos entre hombres, Antonio se hace una paja a su enorme rabo mientras Max no para de embucharle toda la polla dentro de la boca para alimentarle de gusto. Cuando Antonio no puede más, se libera la boca y empieza a gemir como un animal, sacudiendo el cuerpo a la vez que sacude su rabo echándose encima toda la leche. Se queda un ratito masajeándose el rabo dejando que salga todo lo que queda, con el regusto de la corrida y el viento refrescándole allá por donde tiene lefa pegada.

Max también quiere lo suyo y le pregunta si quiere leche. No hace falta que Antonio responda aunque lo hace, basta con esa mirada fija en la polla de su colega que no deja de machacársela para saber que la desea. Para ayudarle a que salga más espesita y con más ganas, le posa la lengua por debajo de las pelotas y se las acicala. Unos lametones son suficientes para que a Max le empiecen a flaquear las piernas y suelte la leche, con un chorrazo calentito de lefa espesita cayendo en la comisura de la boca de Antonio y dejándolo bien guapo, más de lo que él ya es, tanto que Max no puede resistirse y se agacha para pegarle un morreo y pringarse los labios con su propia leche.

Los dos se van tan contentos a continuar con sus vidas, sobre todo sabiendo que ese oasis les estará esperando de nuevo mañana al amanecer.

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