Brogan y Rob Knocks disfrutan follándose a pelo y preñando a los jovencitos Nicholas Michaels y Archer Black en el mundo del revés | Twink Trade
Stranger Twinks: Chapter One
El trabajo en la heladería de los grandes almacenes no era ni la mitad de divertido para Archer Black que jugar a Dragones y Mazmorras con su amigo Nicholas Michaels. La posibilidad de imaginar un mundo de fantasía y ver su cara de miedo, hacía que le entrara la risa. Se divertía asustándolo. Esa tarde se le ocurrió contarle la historia de un hombre que había descubierto su tendencia sexual, al que le gustaba hacerlo con otros tios. Le gustaban las pollas grandes, muy grandes.
Una noche quedó en el hotel con un desconocido que iba con máscara, sombrero y gabardina negra. El extraño se abrió la gabardina delante del tio que ya estaba esperando de rodillas para chupársela y de entre lo que parecían las piernas, salió colgando una larguísima polla negra de textura como de goma que se metió por la boca del chaval, por su garganta, por todo su esófago, el estómago y le salió por todo el ojete del culo para después volver a serpentear hacia su cuello y estrangularle.
La cara de susto de Nick no tenía precio. Vieron la tele disfrutando de esa noche de Halloween comiendo algunas chuches hasta que cosas extrañas comenzaron a suceder. Las luces temblaron y de repente todo a su alrededor había cambiado por completo. La temperatura había bajado, unas extrañas motas que no eran polvo ni nieve, se mecían suspendidas en el aire, los colores eran más ténues, rozando el gris y, donde antes tenían ropa sobre el cuerpo, ahora sólo había desnudez.
Estaban dentro del refugio de Nick en el bosque, tumbados sobre un confortable colchón. Se encontraban abiertos de piernas, masturbándose con los rabos duros y las pelotas colgando por la raja del culo mientras pollitas larguísimas, suaves y negras, extremadamente largas como fideos de espagueti, se introducían por sus bocas y sus ojetes provocándoles un placer intenso y gratificante.
Las ramificaciones de esos extraños penes aparecían por todas partes, como tentáculos deseando ser chupados, como si encontraran en el calor del fondo de sus anos y entre los labios húmedos de sus bocas, la sustancia que necesitaban para vivir. Ninguno de los dos había experimentado jamás el placer de la puerta de atrás, apenas lo habían intentado en la ducha con la yema de un dedo. Les gustó que ese ser o seres explorasen sus cuerpos a placer.
Estaban uno al lado del otro, escuchando sus gemidos, dedicados a chupar esos falos extraterrestres. Nicholas con las piernas abiertas y separadas, su culete lleno de espinillas juveniles, esa culebra negra dándole placer infinito. Archer, que apenas tenía un año más que Nick, con las rodillas dobladas hacia el pecho, sus piernas peludas, marca inequívoca del hombre en el que se estaba convirtiendo.
No fueron conscientes del tiempo que llevaban allí, pero fueron horas, días, semanas, recibiendo un placer interminable. A petición de las familias, el sheriff Brogan y su ayudante Rob Knocks se lanzaron a la búsqueda hasta que finalmente les encontraron en el refugio. Aunque advertían presencias extrañas en la cabaña, se miraron y lo único que vieron fue a dos chicos disfrutando de su sexualidad. Les parecía excesivo que hubieran estado así tanto tiempo, pero quiénes eran ellos para juzgarles, que se habían pasado cascándosela como monos en el baño una buena parte de su adolescencia.
No iban a devolver a esos chavales a sus parientes sin antes haber dejado que se rebajaran las pollas. Los dos chavales se veía que estaban super cachondos y tanto el sheriff como Rob se echaron a mano al paquete, advirtiendo que se habían puesto demasiado contentos espiándoles. No estaba bien que ellos con su edad, pudiendo ser sus padres, hicieran aquello, pero acabaron desnudos junto a los chicos y les dieron culo de macho para que se los follaran.
No mediaban palabra, con esas cosas negras penetrando sus bocas. Se dedicaban a pegar bien las caderas a los panderos peludos, grandotes y veteranos y las mecían hacia adelante y hacia atrás empotrando. De nuevo Rob y Brogan se miraron. El sheriff conocía demasiado bien a su ayudante, tanto como para saber la guarrada que estaba pensando a continuación, una demasiado irresistible como para dejarla pasar por alto.
Nadie tendría que contar a sus padres que hicieron aquello. La idea de follarse unos culitos tiernos y jóvenes como los de esos dos, no tenía precio. Respingones, redonditos, virginales. Brogan se cogió el de Nicholas y Rob el de Archer y empezaron a darles por detrás recreándose la vista, sintiendo cómo un buen flujo de semen les inundaban los cojones a los dos, mirándose mientras se los follaban.
Les abrieron de piernas y se los zumbaron como misioneros. Brogan estaba a punto de nieve. Los pezones de las tetillas duros a rabiar, destacando sobre sus formidables pectorales cuadrados y pronunciados, pero el que no aguantó más fue Rob. En cuanto Nicholas empezó a gemir y abrazarse a él, no pudo resistir tantas emociones juntas, metiendo las últimas estocadas y sacando la polla a destiempo. Acababa de preñar al chico y, al sacar el rabo, este todavía estaba disparando lefa, dejando la raja de su culo bañada de semen.
Con los cuatro dedacos de la mano, le rebañó el culo y se los llevó a la boca para luego inclinarse y besar al chaval. Después de aquello, Rob desapareció y Brogan tuvo a los dos para él solito. Se fueron turnando para cabalgarle y pajearle la polla con sus lindos traseros. Brogan no podía evitar fijarse en esos cuerpecitos jóvenes que tanto le gustaban, en sus culitos apretados, la abundante pelambrera en la base de sus pollas, los penes colgando, rebotando sobre las pelotas cada vez que saltaban sobre él.
El cabrón de Archer no se retiraba por mucho que él le avisara que estaba a punto de correrse. A ver cómo iba a mirar a su padre a la cara en el siguiente pleno, sabiendo que había bombeado toda la leche dentro de su chico. El sheriff desapareció tras la corrida. Nicholas y Archer se quedaron pajeándose juntos. Quienes fueran que les habían dado esas largas pirulas blandas y negras metiéndoseles por todos los agujeros de sus cuerpos, habían desaparecido, pero les habían dejado un buen calentón que sólo pudieron resolver con un buen par de gayolas.
Archer se la empuñó dejándose la leche encima del rabo y el muslo. Nick fue más osado y se lanzó un buen tiro al pecho. Pronto en el instituto les conocerían como los «jovencitos extraños«, porque de ser buenos estudiantes y no meterse en problemas, pasaron a ser un buen par de gamberros redomados que no dudaban a la hora de llevarse a los baños a cualquier chico que se les cruzara por delante.
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