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El entrenador Ed Steel pone en bandeja su culazo potente y musculoso de macho para que Leo Levine se lo folle a pelo después de pillarles a él, a Joey Dane y Sawyer Dixon jugando al juego de la galleta en los vestuarios | MEN

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El entrenador Ed Steel ya les tenía dicho que nada de sexo ni el día de la competición ni el anterior para conservar energías, pero la tensión que llevaban ya acumulada Joey Dane, Leo Levine y Sawyer Dixon sin hacer nada desde hacía más de cuarenta y ocho horas, el tiempo máximo que habían aguantado sin tocársela hasta ahora, era demasiada como para no caer en pecado estando en los vestuarios, equipados ya para salir al campo. Les encantaba el juego de la galleta, soltar la lefa encima y que el último en correrse se la comiera. Leo había llevado una a posta.

El primero en sacársela fue Leo. La pija larga y dura le salió rebotando, alucinando a sus compañeros. Enseguida se la cogió con la mano para darle cera y tanto Joey que fue le siguiente como Sawyer por último, le siguieron los pasos y formando un círculo se pajearon cerca del banco de las taquillas, apuntando hacia la galleta, gimiendo, gozándolo, mirando hacia abajo y observando esas tres pollas bien duras y castigadas.

El orden en que se la habían sacado fue en el que se corrieron, así que Sawyer tuvo que comérsela con toda la leche suya y de sus colegas encima. Incluso sacó la lengua para relamer el esperma bajo la atenta mirada del entrenador, que aunque no comulgaba de puertas para afuera con ese tipo de juegos y actitudes, en el fondo le encantaba ver los culazos de sus chicos y sus mingas colgando cuando se duchaban.

Su preferido siempre había sido Leo, tan jodidamente guapo, con esos ojazos claros, un granuja redomado, indomable y el que más larga y grande la tenía de todos. Ed se había estado tocando viéndoles jugar, pero fingió que entraba a los vestuarios cabreado y que cogía a Leo para que sirviera de ejemplo para el castigo que estaba a punto de imponerles.

Ya en la silla de su despacho, Ed comenzó a dar vueltas todavía fingiendo el cabreo. En realidad no sabía por dónde atacarle, pero al final supuso que un chico joven como ese, siempre pensando en el sexo, no rechazaría una buena mamada viniera de quien viniera. Ed se abrió paso de rodillas entre sus piernas y acarició el paquete del chico con su cara. No le rechazó, al contrario, al sentir las caricias de la nariz, su polla se hinchó y se puso bien dura. Ed se la sacó y por fin pudo masajear con sus labios ese pollón metiéndolo en su boca.

Mientras se la chupaba, miraba al chico, su carita guapa con la boca abierta, exhalando gemidos de gusto. Toma regalo, guapo. Ed sumergió el rabo dentro de su boca y lo dejó pasar a través de su garganta besándole las pelotas. Leo echó la cabeza hacia atrás soltando un gemido prolongado al sentir que su pene erecto entraba por un lugar tan sumamente estrecho.

Si había elegido a Leo, no era sólo porque fuera guapo, sino porque tenía el tamaño perfecto de rabo que se necesitaba para penetrar su gran y musculoso culazo de macho. Se levantó, dio la espalda a Leo y se lo enseñó. No esperaba menos de Leo que esa sonrisa de sorpresa que se llevó al ver ese trasero flipante. Ed subió la rodilla a la mesa del despacho y se lo puso en bandeja.

Sintió las manos cálidas del chico sobando y palmeando sus nalgas musculosas y perfectas, después el rabo duro y caliente colándose por la raja y finalmente todo el pito forzando la entrada de su ojete y follándole a pelo por dentro. No se había equivocado con este chaval, era un buen penetrador, tando dentro como fuera del campo. La energía que le ponía y con una eficacia fuera de toda duda.

El entrenador pasó de tenerla flácida a dura en cuestión de segundos. Echar la cabeza hacia atrás y ver la cara de ese guaperas que le estaba dando por culo se la puso bien tocha. Leo se sentó en la silla frente a la mesa y llamó a Ed para que se sentara encima. Sin duda lo que pretendía Leo era ver ese culazo pajeándole la polla y llevándole al límite. Ed se la cogió con cuidado y empezó a saltar empalado en su rabo dándole la espalda. Toma culo, toma culo. Leo ponía los ojos en blanco y sonreía de gusto al ver ese culo potente tragándose su polla y al tiarrón que tenía encima bien musculoso completamente desnudo, con el tipo de cuerpo que algún día le hubiera gustado tener.

Iba por buen camino, marcando una buena musculatura, pectorales y biceps en la camiseta blanca de algodón de manga larga que tan bien le senataba. Con ella puesta y las zapas, Ed le exigió que le volviera a dar por detrás. Puto niñato, qué buenorro estaba, cuando se levantaba la camiseta y mostraba sus abdominales bien marcados. Cuántas vecs había soñado el entrenador con pillarle en las duchas y hacer esto que estaba haciendo.

Ed se tumbó sobre la mesa de su despacho con las piernas abiertas y disfrutó del largo y duro rabo penetrádole y de las vistas de ese hermoso chico de cuerpo atlético y tatuado. Se corrió encima soltando una buena lechada espesa y grumosa que se resistía a descolgarse de su puño. Leo aguantó hasta el último segundo dentro del culo del entrenador, luego le hizo ponerse de rodillas y se corrió en toda su puta cara lefándole los mofletes y la nariz, teniendo que apoyar una mano en la mesa para no caerse del gusto que sentía con las piernas temblándole. Miró al entrenador con toda la leche encima de su cara y le prometió que saldría al campo a dar lo mejor.

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