Jacob Lord juega al morbo con Jonathan Miranda haciéndole sentir placeres mundanos antes de follárselo a pelo | Men At Play

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Cualquier vecino de a bien de Jacob Lord diría de él que es un hombre exquisito en sus modales, el marido perfecto para cualquiera de las casamenteras del barrio, pulcro y delicado, siempre de punta en blanco. Y así es de puertas para afuera. Pero en cuanto echa la llave y baja las escaleras del sótano, se convierte en una fiera indomable, en el macho perfecto para cualquier chico que quiera adentrarse en las profundidades de su guarida y probar placeres de otro mundo.

Un buen día, follando con un tio que le ponía a mil en la cama, Jacob se dio cuenta de dónde residía realmente el placer, en las cosas pequeñas, en los gestos, en el morbo, y cuanto más experimentaba, más convencido estaba de ello. Pasar un dedo por los labios mojados de un tio, sentir su textura, la boca entreabierta soltando un gemidito apagado pero cargado de placer, sentir el aliento encima y la reacción de su polla poniéndose dura apenas por ese gesto.

No fallaba. Ahora tenía a Jonathan Miranda a su merced, atado en una silla de madera, con los ojos vendados y acababa de conseguir hacerle reaccionar de esa manera. El tio estaba muy bien dotado, la tenía grande y hermosa, pero seguro que podía hacerla crecer más, llevarle al límite, quizá hasta conseguir que se corriera sin tocársela siquiera.

Aquello eran palabras mayores. Ver esa mazorca tiesa llamaba la atención a cualquiera y no iba a poder resistirse. Siguió su juego. Plantó una mano en la mandíbula de Jonathan, acercó su cara a la suya, sacó la lengua, la metió en su boca con tacto y durante un rato se deleitaron con un buen beso. De ahí pasó a comerle el pezón y luego no pudo resistirse a comer la polla.

No lo hizo a saco, se tomó su tiempo, lengüeteando el cipote, haciendo resbalar sus labios lentamente por la barra de su duro pene, haciéndole gemir de gusto, haciéndole sentir cosas. Con los ojos vendados, el resto de sentidos de Jonathan incrementaron un nivel. Pudo escuchar la corrida de una cremallera frente a su cara, Jacob le metió la polla en la boca y después, con toda ella empapada en saliva, la condujo al pezón, rodeándolo con su glande mojado y lleno de precum. Jacob desató a Jonathan, tomó asiento, cogió al chico por las caderas y los sentó sobre sus piernas, clavándosela y follándoselo. No pararía hasta verlo correrse. Cuando subiera las escaleras, volvería a ser el vecino ejemplar, mientras por la puerta trasera salía un chico, camisa en mano, abrochándose todavía el cinturón.

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