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Dylan James, Max Arion y Jeffrey Lloyd meten un gang bang a pelo a Allen King | Lucas Entertainment

Ganging Up On Allen King

Allen King se dirigía la bar de los osos, el bar donde se daban cita los tios con las pollas más grandes y gordas de la ciudad, cuando se cruzó con una panda de amiguetes que acababan de llegar de la playa para tomar unas cervezas en una terraza. Al verle pasar, Dylan James, Max Arion y Jeffrey Lloyd le silbaron y soltaron por su boca guarradas a las que Allen no pudo hacer oídos sordo.

¿Quieres que te apaleemos la jeta con nuestras enormes pollas?“, “Ese culazo se merece unos buenos rabos como los nuestros?“, “¿Quieres catar tres sabores de leche?“. Directamente le pusieron tontorrón. Imaginar a tres tios fusilándole a pollazos y si tan grandes las tenían como decían, además de que estaban buenorros, iba a pasar una tarde cojonuda.

Se acercó a la mesa y les hizo una seña para ir al callejón de atrás del bar de los osos. Allí se propasaron con él cuanto quisieron. Besos, caricias, un montón de manos sobando su culazo blanco, suave y precioso, paquetes amorcillados rozándose contra sus muslos. Podía sentir el aliento, el vicio de esos tres tios deseando penetrarle el ojal.

Entraron al bar por la puerta trasera. El chef que estaba en la cocina hizo un guiño a Allen. Su habitación de juegos favorita estaba lista para él. Allen se desnudó y se tumbó sobre el balancín de cuero. Dylan fue el primero en meter la tranca dentro de ese culazo tragón. Los otros dos esperaron pacientes su turno dándose el lote y comiéndose las pollas.

Allen recordó la peli de Porkys, alguna frase que decía un prota de que primero la metiese el que la tenía más grande, por eso de abrir hueco a los demás, pero estos, además de cerdos, eran listos. De menos a más, el siguiente en meterle rabo fue Jeffrey, que menuda barrena tenía, gorda como ella sola. El último en darle por culo contra las tablas fue Max, al que la naturaleza había dotado con la herramienta más grande de los tres.

Eran hombres de palabra y aquellas guarradas que le dijeron para camelarle resultaron ser ciertas. Acabó de rodillas entre los tres, rodeado, admirando sus enormes pollas pajeadas en sus manos. El movimiento acompasado de sus pelotas cargadas, sus gemidos, las respiraciones agitadas. Allen abrió la boca, sacó la lengua y en unos segundos le vino la primera corrida, luego otra y otra más. Esos tres tios corriéndose sobre su jeta.

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