El padre Ian Z penetra a fondo el culazo del necesitado Nikko Russo sin condón | Yes Father

Visiting the Sick

Un buen día Ian Z se levantó, se miró la entrepierna y comprendió cuál era su misión en esta vida. Dedicaría su existencia a aliviar a los chavales enfermos compensando con su gorda polla el dolor que sentían. A menudo todos estaban aguardando cama como Nikko Russo y la familia se retiraba a otro lugar para dejarle hacer al padre.

Le encantaba verles así semi desnudos, con la camiseta blanca de tirantes, marcando esos musculitos incipientes que empezaban a destacar en sus cuerpos de hombre, con los calzones puestos enseñando paquetón. El padre Ian se subía a la cama y les daba mucho amor, protegiéndoles con sus besos, quitándoles los calzones para descubrir esas pollazas enormes, jóvenes y hermosas y metérselas dentro de la boca.

Todo con la intención de hacer que dejaran de pensar en sus dolores. Muchos, sobre todo si todavía no habían probado hombre ni mujer, se le corrían en la boca a las primeras de cambio. Nikko aguantaba el pulso con sobresaliente. El chaval era guapete, la tenía grande y tras una buena mamada se le puso durísima, después de haberla tenido un rato morcillona por sentirse extraño con otro hombre comiendo de su instrumento de placer.

Todos ponían esa cara de sorpresa al ver la polla del padre. Podían comprender entonces por qué se estaba dedicando a eso. La tenía larga, gruesa, con un cipote despampanante. Nikko apenas había jalado vergas, pero esa se la comió como ninguna, hasta casi besarle los huevos. Al ver a Nikko a cuatro patas, Ian se puso cachondísimo. Ese cuerpecito joven, con el culazo respingón suave, blanquito, un pollón tieso y gordísimo que destacaba en ese cuerpo que todavía estaba en eedad de crecer.

Nunca les preguntaba si eran vírgenes. Le gustaba pensar que lo eran, más bien podía reconocer un ojete que nunca había sido desvirgado. Le gustaba pensar que él iba a ser siempre el primero. Agarró la huevera a Nikko y le comió el ojete. Lo tenía cerradísimo, pero él iba a abrir la puerta para siempre, porque tenía la bendición. Se dio bien de lubricante en la polla, se arrodilló detrás del chaval y le hundió la verga sin condón hasta tenerla toda dentro.

Esos primeros grititos de dolor y placer eran como éxtasis. La mantuvo dentro un rato, esperando que se acostumbrara al tamaño de un objeto extraño en el ano. Otro agujero relleno, otro agujero desvirgado. Empezó a ventilarse ese culazo arremetiendo con fuerza por detrás, dejando que todos los males desaparecieran y se convirtieran en felicidad.

Por la sotana y la barba, a veces le echaban más edad, pero Ian era un daddy joven que todavía era irresistible para los más jóvenes. Le gustaba acabar cara a cara, frente a frente, follando bocarriba, seguir metiéndola hasta que los chicos se desplumaban la polla de un pajotazo y se regaban sus cuerpos con esos chorrazos potentes propios de la juventud.

Recién corridos, se los seguía follando y cuando llegaba su turno les abría las piernas y les rellenaba el agujero de crema antes de volver a meterla y seguir soltando el néctar dentro de sus ojetes. Tras un minuto de relax, volvía a ponerse la sotana. El color negro disimulaba la tienda de campaña. La familía regresaba y veía que el enfermo se había recuperado, milagrosamente. Gracias a una buena polla y una buena follada.

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