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Sir Peter empotra el culazo de Manuel Reyes con su gigantesca polla y le mete una preñada | Fucker Mate

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Le habrían contado el cuento del niño que tiraba migas de pan para no perderse por el camino cientos de veces antes de irse a la cama, así que Manuel Reyes dejó cuatro fresas sobre el torso de Sir Peter, una entre sus fornidos y peludos pectorales, las otras tres siguendo la senda de su six-pack. La casa estaba cerca, una cabaña con la entrada hecha de tela que se dispuso a descorrer para averiguar que en su interior había un roble enorme.

Se abrazó a él con sus manos, intentando abarcarlo, lo chupó para obtener alimento de su savia. Era tan grande que apenas podía meterse dentro de la boca el cipote. Lo relamió de abajo a arriba, dejándose impresionar por su tamaño, buscando la manera de darle todo el amor que sentía por encontrarse a salvo en un lugar como ese. Volvió sobre sus pasos para recoger una a una las fresas del camino. Ya no las necesitaría para ir en busca de otro lugar.

Manuel se quitó los calzones. La visión de esa enrome picha, tan gorda, su tacto, había hecho que se le pusiera bien tiesa. Se arriesgó a ir andando de rodillas para juntar la suya y la de ese macho. Mira que él tenía un buen trabuco, pero el grosor de esa cachiporra hacía empequeñecer sus atributos de una manera bestial. Aquella no era solo una de las pollas más guapas que había visto nunca, sino que el conjunto del hombre que la portaba le ponía a mil.

Sir Peter se puso en pie. Era impresionante que lo mantuviera tan tieso mirando hacia arriba con el pedazo pollón que tenía, pero ahí estaba, con ese porte, tan atractivo, muculado y pollón. Manuel abrió la boca todo lo que puso sin hincar los dientes e hizo un poder para tragar. Llegó hasta la mitad del rabo con sus labios. Miró hacia arriba y sonrió, con sus ojitos claros, su barbita, con su guapísima cara. Como para no tenerla dura.

Se levantó, se abrazó a Sir Peter y le agarró la mancuerna. El calor que desprendía ese macho, lo bueno que estaba, le estaba abriendo el culo como una perra en celo. Por un momento perdió el control, cuando las manos de Sir Peter se colocaron en su trasero. Podía poseerlo todo y cuanto quisiera, pero mejor a pelo. Volvió a agacharse para hacerle una nueva mamada. Un tio así se merecía tener una boca chupándosela todo el puto día.

Esta vez se la amamantó a dos manos, le succionó los huevos estirando para ver cómo se izaba la bandera ante sus ojos y no dejó de mirarlo con sus ojazos claros para mantenerla viva y alerta. Se tumbó en la cama con la cabeza apoyada en el borde. Un gag the fag era una locura en esas circunstancias, pero lo intentó. Las vistas de la entrepierna de Sir Peter aproximándose a su cara fueron impresionantes. Unos buenos muslazos, la raja de su culo, sus pelotas y un pollón que se inclinó para introducirse a bocajarro por el interior de su boca dejándolo sin respiración.

Mientras tragaba, Sir Peter ya se había puesto manos a la obra con su ojete. Le había abierto completamente de piernas y le estaba raspando la rajeta con su barba, escupiéndole y metiéndole la lengua por el agujero. Uno con el ojete y el otro con la polla, estaban tan felices. Manuel se dio la vuelta, dio la espalda a Sir Peter y le ofreció su culo. Él le hizo una última comida pajeándole la pija entre las piernas antes de ponerse de rodillas por detrás.

Se le escapó un gemido intenso al sentirla dentro sin condón, tan caliente, dura y gorda. Era lo más puto grande que jamás le habían colado por el agujero. Sir Peter le cogió por los brazos y los entrelazó con los suyos. Le dio matraca por la retaguardia haciendo que Manuel rogara, suplicara por la vida de su culo. Quizá si se sentaba sobre sus piernas y tomaba el control haría que Sir Peter dejara de empotrarle como lo hacía, tan bestia.

No sirvió de nada, apenas unos segundos, los primeros en los que Manuel pasó la manita por detrás y fue hundiendo esa enorme polla dentro de su culo, porque después de eso, Manuel cayó rendido sobre el cuerpazo infatigable de Sir Peter y fue presa de una tanda de culeadas que le dejaron completamente entregado a ese hombre, sintiendo el calor de su aliento, cara a cara, dejándose amar.

Si Peter lo tenía abrazado por la cintura, fuerte, lo que hacía que Manuel no pudiera levantar el culete ni un centímetro. Se llevó una buena follada. Cuando le soltó, se retiró hacia atrás. El rabo salió de su interior y se estampó directo contra los abdominales de ese potro. Le miró de arriba a abajo con el cuerpo que empezaba a bañarse en sudor, haciendo destacar cada músculo de su escultural cuerpazo. Menudo empotrador.

Se dio la vuelta y volvió a sentarse sobre su rabo, dejando reposar la espalda sobre su potente torso. Sir Peter le cogió por los muslos y se lo folló en volandas destrozándole el ojal con su gigantesca verga. Después se puso de pie y lo montó a caballito, impulsándole con sus fuertes brazos, dejando que el peso del cuerpo de Manuel cayera sobre su firme pene.

Cayeron en la cama de nuevo. Manuel pajeó la minga con su culo. Estaba tan excitado que se corrió encima del torso de ese macho, pringándole los abdominales y los pelos de los pectorales de lefa. A la vez, Sir Peter le metió una preñada. Sacó lentamente el rabo de su culo y por el ojete empezó a salir toda la leche. Con el semen de de Sir Peter chorreando entre sus piernas, Manuel se inclinó y relamió su propia lefa siguiendo el sendero de las gotas. No había lugar como el hogar, un hogar con un buen roble, fuego en la chimenea y un vaso de leche de buenas noches.

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