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Arad Winwin masajea a dos manos la gigantesca y gordísima polla de Buck Richards, se lo folla y le mete un facial pringándole la barba de lefotes y haciéndole tragar leche | Gay Room

The Baearded Client

Ajeno a lo que ocurría en la propia ducha de su casa, Arad Winwin se dispuso a desplegar la mesa para masajes, las toallas y los aceites. Escuchaba el sonido del agua de la ducha caer sin ser consciente de que en esos momentos Buck Richards, un tiarrón grandote, atractivo y con mucha barba comenzaba a enjabonar su cuerpo convirtiendo sus manos en esponjas que se colaban por la raja de su culo y que frotaban con garbo su gigantesca y gordísima polla.

Arad era ante todo un tio profesional y para nada tenía en mente hacer cosas sucias ni obscenas, ni siquiera cuando ayudó a su cliente barbitas a quitarse el albornoz y le vio la pedazo chorra gorda colgando. Fue a continuación cuando todo transcurrió de forma natural y sin pretensiones. Se sonrió a sí mismo cuando Buck se tumbó bocarriba en la camilla y él le colocó la toalla blanca por encima de sus partes, por eso de mantener las vergüenzas a salvo. Sonrió porque ese cabrón la tenía tan grande que ni siquiera la toalla daba para taparle polla y huevos a la vez.

Mejor que quedaran los cojones a la vista que la polla. Casi se corre en los calzones al echarle aceite por encima de los huevos, viendo cómo cobraban vida y se retraían hacia la base por el contacto frío del líquido. Masaje a masaje, chorro de aceite tras chorro de aceite, la vista de Arad no podía desviarse de ese pollón inmenso que le llamaba tan poderosamente la atención y se la acabó agarrando.

Hizo como que se la tocaba para inclinarla y poder echarle aceite por encima de la base del rabo. Buck se sorprendio alzando un poco la vista, gimiendo porque ya la tenía durísima y notar una mano encima sobándosela le dio gustillo. Arad ya no la soltó. Se la abarcó a dos manos, recorriendo ese gigantesco mástil, haciendo resbalar las manoplas por todo su pito aceitoso.

La forma en la que se la pajeaba, las dimensiones de ese pollón, lo brillante que se lo estaba dejando, ese cipotón gordo y duro en la punta deseando que una boquita lo atrapara entre sus labios. Era casi hipnótico mirar sus manos recorriendo hacia arriba y hacia abajo en un bucle ininterrumpido esa inmensidad. Al ver lo dura y grande que se ese masajista se la había puesto, Buck siguió gimiendo de placer, echó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos y se dejó hacer lo que fuera que Arad tuviera pensado para dejarle completamente relajado.

Tumbado bocabajo, le pasó el pito por entre las piernas y siguió masajeándoselo. Era como una tercera pierna que sobresalía entre sus muslos. Aprovechó para meterle un dedo por ese culo grandote y peludo. No lo rechazó, al contrario, se abrió un poquito más de piernas para disfrutarlo. Arad supo que ese tio estaba cachondo y preparado y agradeció al destino haber cruzado a un tio tan apuesto, barbudo y bien dotado como ese en su camino.

Se puso en la cabecera para masajearle la espalda y a la vez dejar que Buck viera lo empalmado que estaba. Esperó a que abriera los ojos y él mismo tomara la iniciativa. Pasaron pocos segundos desde que lo hizo hasta que Buck empezó a bajarle los pantalones y a tragarse su polla a bocajarro. Hasta la garganta. Cómo aguantaba las arcadas que le provocaban el cipote atravesando el camino más allá de su campanilla.

Arad también se dio el festín padre con su verga. No recordaba haberse comido algo así de grande en su puta vida. Era como mamar un puto morcillón maleable a la vez que duro, gordísimo y caliente. El cipote ya le llenaba la boca entera. Cuando se lo folló bocarriba en la camilla, tuvo que aguantarse la corrida al ver a ese tiarrón predispuesto a todo, al observar esa polla morcillona y gigantesca danzando sobre su vientre.

Arad veía su propia minga entrar y salir de su culo a duras penas, porque los huevos de ese tio lo obnubilaban todo. Era como la polla de un Dios del mismísimo Olimpo, como si lo hubieran sacado de uno de esos comics de tios grandes con barba a los que dibujaban rabos de tamaños descomunales follándose a chavalitos. Igualito, solo que ese no era un dibujo, era puto real.

Ese machote se dejó una buena corrida encima y Arad hizo lo que mejor se le daba hacer, masajear de nuevo su torso, esta vez con leche natural de hombre recién ordeñada. Buck todavía le iba a dar una sorpresita inesperada. Cuando Arad juró que se corría, Buck se puso de rodillas, abrió la boca y se dejó meter un facial. A Arad le salió la leche como un tiro, empapando de chorretes blancos esa barba espesa llena de pelos, metiéndole los lefotes en la boca.

Ver las gotas de esperma suspendidas en los pelos de su barba le hizo correrse como un salvaje. Y lo cerdo que era ese tio buscando los lefazos a posta para meterlos dentro de su boca, tragar y volver a por más. Arad estaba tan satisfecho que se retiró a la camilla a recuperarse y allí dejó a Buck, de rodillas, buscando sobre su cuerpo y su cara los lechazos para atraparlos con la punta del dedo y rebañarlos hasta la última gota.

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