El chulazo guaperas Ritchie Argento se hace un buen pajote meneándose su larguísima, gorda y preciosa polla | Bel Ami Online

El cámara pestañeó varias veces mirando hacia el sofá, como intentando convencerse de que el chulazo que había allí sentado era real y que no acababa de salir de una novela erótica para adolescentes. Ritchie Argento era real, pero que muy real. Iba sin camiseta, dejando a la vista un torso grande y musculoso bien entrenado y llevaba unos ajustados pantalones vaqueros con rotos por todas partes que se acomodaban perfectamente a sus fuertes piernas.

Momentos antes había sido todo un placer grabar su intensa y larga estancia en el baño. Después decían de las chicas, pero la realidad es que a los chicos también nos gusta cuidarnos. A Ritchie le preocupaba su pelazo rubio, al que dedicaba tiempo engominándose para hacerse un tupé que le diera esa imagen de chulazo irresistible. Llevaba puesta una camiseta de Levis blanca que conjuntaba muy bien con los vaqueros, un estilo casual sport que le daba un aire de guaperas malote.

Desapareció la camiseta y poco después hicieron lo propio los vaqueros. La estilizada figura atlética de Ritchie fue quedando patente hasta quedarse tan sólo con un bañador amarillo chillón. Confiado de sí mismo y de lo bueno que estaba, se puso en la mesilla frente al sofá, elevó las caderas y se quitó el bañador. No llevaba nada debajo y su larga y gruesa polla recorrió su muslo izquierdo hasta reposar todo lo grande que era sobre su vientre.

Se puso de pie. Tenía un buen par de cojones grandes y firmes pegados a la base pero marcaditos, que hacían que el rabo le colgase ligeramente hacia abajo y hacia el frente. El pellejo del cipote recubría ligeramente el capullo hasta casi la mitad. La tenía bien larga y cuando se movía le cilimbreaba la polla de una forma que hacía las delicias de cualquier tio hambriento de rabo.

A medida que pasaban los segundos, se le iba amorcillando, a sabiendas de que era grabado y eso le excitaba. El rabo siguió creciendo sin parar y Ritchie acabó tumbado a sus anchas en el sofá, lanzando una sonrisa conquistadora contra la que era imposible luchar. La tenía durísima. Se la cogió con la zurda, la inclinó hacia adelante y por primera vez comenzó a masturbarse su gigantesco pollón.

La mano corría cómoda por un larguísimo rabo que como mínimo necesitaba dos para pajearlo como era debido. El cámara se preguntó que pasaría si la dejase caer ahora que estaba erecta. Ritchie la soltó, colocó las manos en el sofá entre sus muslos apoyándose en el cojín que había debajo y el pollón cayó por su propio peso entre sus brazos. Enorme, delicioso.

Ritchie puso en marcha su músculo del esfínter para enderezar la polla, que se alzó hacia lo alto grandiosa, pero en cuanto relajó el ojete, de nuevo el rabo hacía lo que le salía de la polla, literalmente, danzando a sus anchas hacia un lado y otro, dejándose caer por su propio peso. Todo eso había estado genial, pero estaba deseando ver cómo se la pelaba.

A Ritchie le gustaba pajeársela duro. Rodear la picha con su mano zurda, aplicar mucha fuerza y recorrer la manguera entera despellejándola y haciendo que los huevos rebotaran y se llenaran de leche con cada movimiento. Desde la base hasta la punta. Según se la miraba, creciendo más y más, cada vez más larga, se ponía cachondo y entonces sacaba a pasear a su mano diestra para meneársela a dos manos.

Y todavía sobraban como siete centímetros de polla. La paja avanzaba. Continuaba zumbándosela con la zurda mientras con la diestra se acariciaba su fibrado y suave cuerpo, un pezoncito con la yema del dedo. Ojos cerrados, cara de gusto, arqueó la espalda subiendo el culete hacia arriba y empezó a disparar perdigones de leche que cayeron sobre su cuerpo.

Gotas blancas, charcos de gotas inconexas que harían la delicia de un mamón en busca de tragar lefa y que sin pensárselo dos veces plantaría la lengua encima del torso de ese guaperas para limpiarle y comerse toda esa paja. Vuelta al baño. El jodido guapo cabronazo estaba de vicio allí de pie en la bañera, con ese pelazo rubio, empuñando la alcachofa, haciendo que la lluvia de agua se llevara la leche.

La dura, larga y gorda polla todavía conservaba buena parte de su estado y le colgaba meciéndose lentamente, con el agua cayendo por el cipote como si estuviera meando. Antes de salir de la ducha, lo último que hizo después de secarse, fue acoger su rabo a dos manos con la toalla y meterle una buena limpieza.

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