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Paddy O’Brian enchufa a pollazos y a pelo al magnate de la tecnología Jay Roberts en su gran mansión | MEN

The Broligarchy Part 1

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Han pasado muchos años, tantos que Paddy O’Brian ha llegado a olvidar la motivación que le llevó a alcanzar el lugar en el que está ahora, pisando el césped artificial de la mansión de uno de los hombres más poderosos del mundo, Jay Roberts. Más joven, junto a otros chicos, luchaba contra la broligarquía, contra esos ricachones tecnológicos henchidos de dinero que derrochaban y siguen derrochando toda su riqueza moldeando la política, los medios y las masas a su antojo, vestidos de camaradas, de compañeros. Lobos con piel de cordero.

Puede que entonces, la idea de encontrarse frente a frente con alguno de ellos fuera su objetivo, poder lanzar el mensaje de miles, millones de personas, directamente a los que ejercían ese poder, que supieran que no les creían, que había una resistencia que lucharía contra todo el sistema. Pero el tiempo y la desidia, la previsión de un futuro sin final feliz, el abandono de la mayoría frente a un sistema que continuaba siempre igual, habían hecho de Paddy un hombre al que poco o nada le importaba ya lo que otros decidieran hacer con el mundo.

Todos esos años, Jay se había fijado en Paddy. En sus intervenciones, en sus apariciones en los medios. Pensó que si podía dominarle a él, podría doblegar a todos. Le parecía un hombre muy interesante, con ideas muy claras y que además estaba muy bueno. Le invitó a su casa y lo primero que hizo Paddy fue perderle el respeto, fumarse un gigarro en su salón y apagar el pitillo en su lujosa alfombra. Podría tener todo el dinero del mundo, pero jamas tendría lo más importante, honor y dignidad.

Intentando encontrar una vía abierta al diálogo, Jay recurrió a la naturaleza, a la de su propio cuerpo. Estaba bien. Si Paddy quería resolver el asunto sin tecnología de por medio, allí estaba él. Sin camisa, sin pantalones, tal y como vino al mundo pero más crecidito. De hombre a hombre. Paddy pareció entrar en razón. Le gustaba la anatomía masculina. Se fijó en los pectorales de Jay, en su torso, en su culete. No estaba nada mal.

Sentado en el sofá, Jay comenzó a dar un masaje a Paddy en los pies, nada más tocarle se puso cachondo y se le puso durísima. Con una mano se pajeaba y con la otra seguía adorando el pinrel. Al verle la polla tiesa, Paddy también se puso duro, se levantó y enseguida supo cuál era el punto débil de tios como ese. El sexo. Algo divino, innato al ser humano, algo que la tecnología jamás sería capaz de replicar.

El cabrón estaba nervioso, jadeando. Jay estaba deseando verle la minga a Paddy. Podía ver el pedazo paquete que se le marcaba bajo los pantalones y eso le excitaba. Paddy se la sacó por la bragueta y Jay terminó de exhalar un gemido de auténtico gusto al ver el pollón grueso y duro como una roca. Le agarró el miembro, sacó la lengua y con ella le acarició el enorme y gordo cipote que le supo a gloria.

El joven Paddy y el de ahora coincidieron en el mismo punto. Ambos juraron que algún día tendrían a uno de esos broligarcas a sus pies y ahí estaba Jay. Jugó con él y se sentó en lo alto de su sofá de millones, plantando su culo de macho del populacho en el respaldo, separando las piernas peludas, los cojones entre los muslos igual de peludos y la polla toda tiesa apuntando hacia arriba.

De los pies, Jay pasó a su rabo, tragándose toda la polla hasta donde pudo, soltando unas buenas arcadas cada vez que intentaba dejarla pasar por el interior de su garganta. Paddy le animó a seguir practicando su objetivo pasándole una pierna por el cuello, atrapándole, apretando y dirigiendo la cabeza hacia su entrepierna. Entre mamada y mamada, Paddy le plantaba los pinreles en la jeta y paseaba por ella las plantas de sus pies.

Serían ricos, tendrían poder sobre todos, pero ahí estaba Jay, como uno más, rendido a los encantos masculinos y comiendo rabo. No eran tan diferentes. Nadie les molestaba, ni mayordomos ni seguratas. Un salón amplio, espacioso, con grandes ventanales, luminoso, cuyo silencio apenas quedaba interrumpido por los gemidos apagados de ambos y el soniquete de las chupaditas que metía Jay calzando bien los labios y apretando esa mancuerna, dándole bien de saliva.

Caliente, jodidamente excitado, Jay sintió la necesidad de tener a ese hombre dentro de él. Le pisó la polla con el pie, rozándola suavemente con sus calcetines de ejecutivo. Dura, caliente a tope, radiante. Paddy le coló un pie entre las piernas y le rozó la raja con los dedos, despertando al tigre que llevaba dentro. Jay se giró hacia la mesa que había frente al sofá, se inclinó y le dio culo.

Pensando en jugar un poco más con él, Paddy se hizo de rogar paseando su miembro potente por toda la raja, pero Jay fue un poco más listo, echó el culete hacia atrás y empezó a sentir cómo toda esa pedazo de polla dura y caliente le atravesaba el ano. Se le puso la carne de gallina de la emoción y Paddy comenzó a follárselo a pelo dándole por detrás.

Subiendo un pie a la mesa, Paddy le dio por la retaguardia metiéndole bien de rabo, mientras Jay todavía gemía de gusto sin poder creerse que pudiera tener algo tan grande y duro perforándole. Paddy sacó el rabo y en su lugar usó el dedo gordo del pie. Se sentó en la mesa y dejó que Jay cabalgara sobre él, anclado en su pene, tragándoselo entero como si estuviera sentado en una barra de hierro.

El tio estaba disfrutando la mazorca como un campeón y cada vez saltaba más fuerte, con más ganas y más apetito. Se había dejado la polla suelta y la tenía tan larga y cachopa que rebotaba sobre su vientre a cada saltito, dando un buen golpe. Paddy le puso de lado y le folló el culito a pelo haciéndole la cucharita. Su culo musculoso y peludo de macho no paraba de mecerse hacia adelante, hacia atrás, la polla entre sus piernas dura como una roca abriéndose camino por el interior del ojete.

Jay abierto de piernas, disfrutando de la estampida, sudando, con el pelo desordenado. Paddy se revolvió hasta colocarse encima de él, en posición dominante. A Jay no le quedó otra que rendirse a los encantos de ese hombre tan guapo, atractivo, cachas, peludo, dotado. Llegó a pensar en si toda su vida había estado confundido, en si de verdad la tecnología era para el pueblo o para dominar al pueblo.

Paddy había ganado al menos esa batalla, que no la guerra. Sacó la polla del culo de Jay y junto a un gemido desgarrador y potente, comenzó a soltarle la leche encima, empapándole el bajo de los huevos, entre los muslos, su esperma correteando por el interior de la raja del culo. Por supuesto que alguna vez había soñado con escupir a la cara a uno de esos hijos de puta, pero era mucho mejor eso, marcar el territorio con su semen.

Jay le pidió más, que se la metiera toda mojada otra vez dentro del culo. Paddy tenía todavía trempada para varios minutos y así lo hizo. Jay se hizo una paja corriéndose encima, soltando un buen charco de leche. Relajadito como solo un hombre puede quedarse después de soltar la paja, se soltó la manguera que se quedó toda tiesa como una banana, sin saber que esa había sido su última descarga. Le había fallado al sistema y eso tenía sus consecuencias, aunque Paddy se adelantó a todas ellas acabando con su vida. Acababa de descubrir que el sexo era el camino hacia la salvación del mundo y ese camino apenas acababa de comenzar.

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