Oliver Marks alivia el dolor de huevos a Leo Levine dejando que ese guaperas se folle a pelo su culo redondito en la consulta | MEN
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Lo que empezó como una desafortunada casualidad, al final se convirtió en una experiencia la mar de interesante. Oliver Marks había ido a la consulta del médico para hacerse un chequeo rutinario antes de entrar en el equipo del instituto. El enfermero le indicó que esperara dentro de la consulta. Como tardaba tanto, se dedicó a explorar le intrumental y se probó la bata blanca, con tan mala suerte de que justo en ese momento entró otro enfermero con un paciente que necesitaba ayuda urgente.
Intentó explicarle que no era médico, que sólo estaba esperando, pero el enfermero se dio media vuelta y dejó allí al paciente Leo Levine, un chico que tendría la edad de Oliver y además bastante apuesto. Oliver se quedó sin saber my bien qué hacer, pero intentó ayudar al chaval a ver si tumbándolo en la camilla mejoraba en algo. En cuanto Leo dijo que lo que le dolían eran las pelotas porque le habían pegado un balonazo en sus partes nobles, Oliver pensó que quizá esa sería una buena oportunidad para hacerse pasar por un médico real y verle la minga a ese tio.
Entre interesante y nervioso, se agachó, dejando que Leo se bajara los pantalones delante de él. Joder, qué fácil. A ver, no es que Oliver tuviera problemas para ligar, que era guaperas, pero que de repente un tio, que seguramente sería hetero, se estuviera bajando los pantalones ahí delante sin tapujos, a punto de enseñarle toda la cola, era bastante curioso.
La sacada de chorra dejó a Oliver babeando. Leo fue bajándose los calzones y de repente se quedó ahí todo colgando entre sus piernas, una pija larga y gordita y un buen par de cojones grandes, colgando y bien marcados. Oliver agarró un palo de los que se meten por la garganta y se lo plantó por debajo de los huevos elevándoselos, luego retiró el palo, puso la mano en forma de cuenco y se los sostuvo encima de la palma. Estaban calentitos y eran enormes.
Leo se subió la sudadera por encima del pecho, mostrando su cuerpazo atlético con los abdominales bien marcados, bronceadito y tatuado. A Oliver se le ocurrió una locura, pero a lo mejor sutía efecto. Pidió permiso a Leo para tocarle la polla, masturbársela y hacerle una mamada, a ver si así se le quitaba el dolor de huevos, un remedio que no fallaba. Leo le sonrió ante la idea de que un médico tan jóven le chupara el rabo y accedió enseguida sin reparos. Todo fuera porque se e quitara ese dolor.
Con cuidado y sin ser demasiado intrusivo, sin que pareciera que estaba deseando chupársela, Oliver le acarició las pelotas, se inclinó y empezó a mamar esa polla gordita metiéndosela dentro de la boca. En unas cuantas caladas ya tenía el rabo bien duro. Le metió a esa polla tan guapa una mamada de tornillo, sin olvidarse de palparle las bolas, ahora más consistentes y pesadas a causa de que se estaban llenando de leche.
Oliver ya había conocido antes a chicos así como él a los que una vez tenía cogidos por las pelotas, se volvían todo oídos y no les importaba hacerlo con otro chico. Esperando que Leo fuera uno de esos, se bajó los pantalones y le enseñó su cola, a todas luces más larga, grande y con unos cojones más grandes que los suyos. Al verla, Leo sonrió y halagó al joven médico por lo grande que la tenía, devoviéndole las caricias y el cuidado que había recibido.
Primero colocó una mano en sus bolas sopesándolas y luego se quedaron frente a frente cruzando pajas, cada uno con el rabo del otro en la mano. Oliver ni siquiera tuvo que robarle un beso, fue el propio Leo quien le coocó un dedido bajo la mandíbula, acercó su cara y se besaron. ¿Acabaría todo así ahora que a Leo ya se le había aliviado el dolor de huevos? Ni de coña. Oliver le quería dentro. Miró al chaval, luego a su polla, se escupió en la mano y se la llevó hacia atrás hacia la raja edulcoránse el pandero. Leo puso cara de asombro, sorprendido por la idea de lo que se venía.
Efectivamente, Oliver le propuso follarle. A ver qué tal se manejaba un chaval tan atlético y apuesto en un culazo grande, blanco y redondito como el suyo. Leo se colocó detrás de él, Oliver inclinado sobre la camilla, y le metió toda la polla sin condón después de derretirse observando ese precioso culazo hecho para él. A su edad era fácil que Leo cayera rendido ante un par de globazos así, ya fueran de chica o de chico y con el tiempo no se le pasarían las ganas de reventarlos.
Le gustaba dominar desde atrás, dar bien por culo. De la camilla se llevó a Oliver hacia la butaca giratoria, inclinándolo hacia adelante y penetrando desde atrás, ejerciendo el digno arte de la seducción y el amor, usando el poder de sus caderas y el impulso de su culete para sacar y meter la polla por el agujero a buen ritmo, sin parar.
La sillita les dio juego. Giró el asiento y donde antes tenía un culo ahora tenía la cabeza de Oliver, mamándole la polla y dándole lubricante grátis. Un nuevo giro y otra vez el culo para follárselo. Leo se sentó en la silla de ruedas en la que lo habían traído y Oliver se sentó sobre sus piernas comenzando a saltar sobre su polla, dejándose la suya suelta, que comenzó a hacer aspavientos asombrosos, por lo larga y grande que la tenía. Imposible no quedarse embelesado viendo ese espectáculo circense que hacía con el rabo y las bolas colgando mientras saltaba.
Abierto de piernas sobre la camilla, con el culete justo en el borde, era la primera vez que Leo veía ese ojete de cerca. Qué buen agujero. Se puso de puntillas para alcanzarlo con la polla y se la enfundó a pelo. Acogedor y apretadito, como le gustaban. Oliver, que era la primera vez que tenía a ese tio follándoselo frente a frente, empezó a emocionarse con ese chaval, le colocó la mano en la cadera y le animó a darle fuerte.
Mirando su cara de niñato guaperas, su sonrisa, lo bien marcados que tenía los músculos en ese cuerpazo bronceado y atlético, Oliver se agarró la pija y se cascó una paja soltándose unos buenos lechazos encima, uno de ellos sobrepasando su hombro izquierdo. Acabó con el torso lleno de leche. Ahora era el turno de Leo de acabar de una vez por todas con el dolor de huevos que le atormentaba.
Con cara de sorpresa y ojos abiertos, Oliver casi podía jurar que antes de que Leo le sacara la polla le había bombeado el primer lefazo dentro, o al menos juraría haberlo sentido. Otra prueba de que así había sido, es que cuando Leo se la sacó, ya estaba soltando carga, mojándole toda la raja con su semen. De perdidos, al rio. Le dejó meter toda la polla mojada y todavía durísima dentro del culo y esperó que se le hubiera pasado el dolor de las pelotas gracias a sus dotes como médico impostado.









