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Abel Sanztin penetra sin condón el culito de Bruno Cano con su enorme mástil de veinticuatro centímetros y se corre en toda su raja | Fucker Mate

Raw after school

Llegara cuando llegara al piso, parecía que siempre lo hiciera en mal momento. Abel Sanztin era de los que se la machacaba a todas horas y como abrieras la puerta de una estancia de la casa donde él estuviera, te arriesgabas a verle con la varita mágica en la mano practicando hechizos. Bruno Cano recordó la primera vez que le pilló, cuando entró en el salón tras regresar del instituto y se lo encontró con el rabo sacado por la bragueta de los calzones, viendo porno en el móvil y pajeándose su miembro.

Lo recordó porque no podría olvidarlo, porque se quedó inmóvil bajo el dintel de la puerta, porque Abel se levantó con su larguísima pija de veinticuatro centíemetros bien dura mirando hacia adelante, todavía sacada por la bragueta de los gayumbos, un rabo descomunal contoneándose hacia un lado y hacia otro y le propuso quedarse.

El futuro licenciado se tomó la licencia antes de tiempo por su mano, cogiendo ese vasto miembro viril y acariciándolo con los dedos, sintiendo su fotaleza y el calor que desprendía. Que nunca había visto una polla tan grande era un hecho. Por chicos como ese habían inventado la norma del distanciamiento de los veinte centímetros en los bailes de fin de curso, aunque cuando Bruno se agachó y se llevó ese pito a la boca, le pareció que se habían quedado cortos.

Según se metió el rabo en la boca y empezó a jalársela, calculó a ojo la distancia entre su boca y los pelos de la base de esa polla, una distancia inmensa que le obligaría, si es que podía hacerlo, a meterse el rabo por la garganta. Joder, qué buen pito tenía delante, largo, grande y grueso. Su delgada carita contrastaba con la monumentalidad de ese trabuco y la escena parecía casi una indecencia.

Con el roce constante de sus labios, la polla creció dentro de su boca un poco más y se puso más dura. Pasó de mirar hacia el frente a inclinarse ligeramente hacia arriba, toda tiesa. Por un momento, a Bruno le engañó la forma de ese pollón. Aunque grueso, el tener la forma de un buen palote con el mismo diámetro de la base a la punta, hacía parecer que era más fino de lo que realmente aparentaba. Bruno se topó con la dura realidad al intentar colársela hasta el fondo, cuando tragó y tragó y el cipote se quedó encajado a la entrada de su garganta y los labios apretados hacia poco más de la mitad del mástil de ese poderoso rabaco.

Bruno se había merendado unas cuantas pollas, pero mamar esa le hizo un hombre completo. Eran su forma y su extrema longitud lo que hacían que sintiera que verdaderamente estaba digiriendo un buen pollón. Le encantó que Abel cogiera su minga y le metiera una paliza con ella castigándole los morros, que se la rebozara por alrededor de los labios, por la nariz, que le dejara, en definitiva, sentir su dureza y su calidez.

Luego Abel se sentó para seguir con su paja. Bruno se sentó a su lado, besándole y observando cómo se la meneaba. Aprovechó un momento en que se la soltó para cogerla él con su mano y entonces se dio cuenta del enorme tamaño de esa pija, al sostenerla por la base. La zarandeó un poco para comprobar que no era un sueño, se inclinó y se la llevó de nuevo a la boca. Aunque hacía apenas unos minutos que la había tenido entre sus labios, estar en esa postura hacía que la mamada pareciera nueva y distinta.

Calculó que podría ponerle tres manos encima y todavía quedaría parte del rabo sin abarcar. Bruno estaba empezando a tener calor chupando ese enorme rabo y fue perdiendo la ropa por el camino hasta llegar a la habitación. Se estaba quitando los calcetines, a cuatro patas sobre la cama, cuando notó que Abel le agarraba por una cadera, le frotaba el cipote del pollón por el hocico del culete, poniéndole la piel de gallina y haciendo que dilatara a su contacto y en apenas un par de segundos, lo que su boca no había podido devorar, se lo engulló su culo.

Veinticuatro centímetros de polla dura y larga rellenándole el ano. Bruno sintió que le llevaban al paraíso, uno donde los gemidos estaba a la orden del día, porque no podía parar de gozarlo. Todo eran sensaciones nuevas, puntos nuevos de placer que jamás otro chico le había tocado porque ninguno la tenía tan larga como para llegar a ellos.

Abel sabía cómo encular para satisfacer a un hombre, con un ritmo constante dando buen uso al gigantesco pene del que le había dotado la madre naturaleza. Al ponerse de rodillas con Bruno en la cama, todavía detrás de él, se le fue un poco de las manos, y es que ver ese hermoso culito suave y redondo le hizo perder las formas y lo penetró a lo bestia sin medir la fortaleza y la longitud de su polla. Bruno respondió con gemidos cada vez más altos y cayendo de bruces sobre las sábanas.

Pero Abel no paró, ni cuando Bruno ya estaba tumbado bocabajo. Se puso en posición de flexiones sobre él y siguió metiéndole todo el trabuco, jodiéndole a pelo ese culito respingón que tan bien se amoldaba a su polla. Agarró sus dos nalgas con ambas manos y fue sacando su verga lentamente, muy lentamente, apreciando cada centímetros que le sacaba del interior. Al tenerla completamente fuera, la dejó caer sobre el culazo y hasta a él le sorprendió lo jodidamente larga que la tenía, una kilométrica butifarra que era casi como un brazo.

Pausadamente volvió a metérsela por el agujero del culo, observando cómo su enorme rabo se colaba dentro. Le encantaba agujerear culitos así y disfrutaba mirando cómo su polla creaba un impresionjante hueco en ellos. Por cómo tragaba, Abel, supo que Bruno ya estaba preparado para cabalgar sobre su mástil. Se sentó en la cama y dejó que Bruno se empalara toda su polla por el culo.

Su ano tragoncete se devoró toda la polla y empezó a saltar con ayuda de Abel, que le tenía cogido por debajo de los muslitos. Bruno se tumbó bocarriba y elevó las piernas. Abel le ayudó a separaralas más situando cada mano por el interior de sus piernas, en la zona de las rodillas. Así, con el culete bien abierto, se lo trincó a pelo y dejó que le chaval disfrutara de las vistas, viendo cómo ese enorme pollón se colaba dentro de su cuerpo.

Bruno no aguantó mucho más así, se agarró el rabo y se pajeó mientras Abel le penetraba y se sacó la leche. Abel se fijó especialmente en la levadura que se había dejado espesita por debajo del ombligo, la recogidó con sus dedos, le hizo darse la vuelta, separar las piernas, le frotó con ella la entrada del ojete y se lo dedeó como cuando daba lubricante a un fleshjack antes de meterla y le reventó el culito con ese nuevo lubricante natural.

Se lo folló a saco hasta que el gusto le recorrió la espalda, entonces la sacó justo a tiempo para ver cómo de su larga manguera manaba el semen que depositó en la hermosa rajita de ese culo. Y cuando ya casi se había sacado toda la nata, zambulló su polla dentro del agujero, desplazando con ella toda la leche que se quedó alrededor del ojal y sobre el tronco de su larga polla. Mientras todavía la tuvo dura, se siguió follando ese culito corrido pringado de lefa.

El puño de Abel estaba húmedo, cubierto de semen. Bruno giró la cabeza y Abel alargó la mano para darle de comer y después inclinarse para besarle. Bruno agradeció que durante ese acto Abel dejara su largo rabo morcillón, todavía imbatible, reposando calentito y mojado entre los cachetes de su trasero. Notó que el cipote le hacía caricias sobre la parte baja de la espalda. Empezó a echarla de menos dentro de su ardiente agujero.

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