Blake Ryan se hace dos pajotes en mitad del gym y juega con su culazo metiéndose los dedos por el ojete | Sean Cody

En el gym, es de los que siempre se quedan hasta que los demás se van. Espera a que el último salga de los vestuarios y entonces Blake Ryan se queda a solas, repasando con la vista y con la imaginación cada uno de los lugares, cada una de las máquinas donde uno de sus chulazos preferidos ha plantado su trasero.

No sólo repasa esos sitios con la mirada, también físicamente. Le gusta recorrerlos, hacer un tour, sentir el calor que han dejado otros tios al sentarse, el sudor de las manos sobre el acero de las pesas, el olor a macho impregnando cada rincón de ese jodido lugar que le pone tan cachondo. Cuando hay tios alrededor no puede hacerlo, pero a solas sí.

Se baja los pantalones de deporte. Lleva puestos unos calzones rojos abiertos por detrás y que le dejan bien recogiditos por delante el rabo y las pelotas. Siempre bien preparado por si algún chulazo quiere metérsela. Después de pelársela un rato y admirar el tamaño de su grandísima polla rompe culos, se pone a cuatro patas sobre uno de los cajones donde los chavales esperan su turno al lado de la máquina de press de pectorales.

Cierra los ojos, conduce una mano hacia la parte trasera de su chásis y se mete un dedo, luego dos. Imagina que uno tras otro la pandilla de chicos le fustiga el ojete con sus largas y hambrientas pollas en edad de follar. Querría ser su putita a todas horas, ser el agujero que complaciera a todos los tios de ese local. Se pone en pie y se masturba la polla a todo trapo pensando en esa guarrada. No puede parar. Un gusto inmenso se agolpa detrás de su nuca y como respuesta por la punta de su robusto y gordo, deslumbrante cipote, empieza a manar la leche.

Si deja pasar apenas algunos segundos, sabe que se no querrá probar su propio semen, así que antes de que pase el momento, se inclina y relame su esperma diseminado por encima del cajón de cuero negro. Se rechupetea los dedos. Su leche sabe rica, aunque a veces ese regusto amargo le echa para atrás y le impide tragar.

Vuelve al centro del gym y se la casca una vez más mientras mira a su alrededor. Imagina a todos esos chulazos, musculitos y guaperas curiosos dirigiéndose hacia él, palpándose los paquetes, bajándose los pantalones, con las mingas amorcilladas esperando una boca que les dé caña. El más cabrón se tumba en el suelo y él se monta sobre su polla mientras el resto mira y se masturba sobre su cuerpo bien follado.

Así es como se viene encima por segunda vez, con una corrida más elaborada y gustosa que le deja los huevos casi secos. Una vez más coge la lefa con los dedos y se la lleva a la boca antes de que pase el momento y sus papilas gustativas le recuerden a qué sabe su semen, un saborcito ante el que muestra especial atracción tanto como rechazo, porque es antinatural relamer la propia leche de tus huevos, pero el simple acto es algo tan cerdo que invita a cometer locuras.

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