El guapísimo Peter Penn, de ojos azules y con el pelito revuelto, se masturba a solas y explora su ojete con el dedo | William Higgins

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Con esa carita guapa, los ojazos azules, el pelito revuelto y su cuerpo delgado pero atlético, Peter Penn era de esos chicos que no hacía demasiado ruido pero que a la chita callando se iba labrando un hueco en los corazones enamoradizos de los estudiantes de su instituto a la par que se iba colando en las pajas nocturnas, así como en las que caían a deshoras en los baños.

No eran pocas las miradas futivas que se producían en las duchas de los vestuarios después de una buena sesión de entrenamiento en la clase de educación física. Todas dirigidas a su cuerpo cada vez más irresistible y a ese culazo que tenía. Además de las miradas, algunos no podían evitar sacar la lengua y pasearla por los labios, humedeciendolos, pensando en hacer una y mil guarrerías con él.

Aunque fuera de los calladitos, Peter tenía las mismas inquietudes que el resto de chicos de su edad. Le gustaba pelársela como a todos y encontrar su propia forma de hacerlo para darse placer. Lo clásico era masturbarse colocando el pulgar por arriba, el resto de los dedos por debajo y darle al manubrio, pero él había aprendido de otra forma que era la que le funcionaba mejor, abrazándola con la palma de la mano por abajo y colocando los dedos encima.

Como le gustaba mucho explorar, algunas veces probaba como todos, a saco con el puño, otras le gustaba hacérsela suavecita, colocando las yemas de los dedos y dando presión. A todo eso agregaba unas caricias al ojete del culo que se la ponían durísima y casi le fulminaban la leche en los huevos. Entre el gustazo de tocarse y el placer que le daba explorar su ojete, ambas cosas a la vez le hacían entrar en éxtasis. Así acababa, con el culo en pompa, besando la colcha de la cama, pajeándose duro con la polla entre los muslos y metiéndose un dedito por detrás, imaginando que uno de esos tios cachas que poblaban las duchas de los vestuarios le robaba la virginidad.

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