Le encantaba ver cómo el plátano se le iba transformando debajo de los apretados slip a medida que le chupaba todo el cuerpo. Luciano More dio en el clavo al juguetear con su lengua y sus labios en los pezones. Salvador Mendoza echó la cabeza hacia atrás gimiendo de gusto y algo duro y grande comenzó a crecer de forma desmedida, luchando por salir por un lateral.
Como un gatito tierno y ronroneante, Luciano no dejaba de besar todo su cuerpo de arriba a abajo hasta detenerse finalmente en su entrepierna. Repasó con la boca la forma del rabo y los huevos que se dibujaban por encima, tiró de la goma hacia abajo haciendo lo que más le gustaba, desvestir a un tio, y ahí estaba, el pollón libre y enorme campando a sus anchas, las pelotas colgando y hasta podía verle esa preciosa rajita del culo que tanto llamaba la atención entre sus muslazos.
Impulsivamente le agarró la trompa todavía morcillona y se la metió en la boca. Le puso la capucha, se la quitó, acompañó la mamada con una paja para cubrir todo el rabo y después retiró la mano para zambullir todo ese enorme pene en el interior de su garganta, ahora que todavía podía.
Después de varias caladas, esa pollaza ya estaba bien dura. Aún así siguió intentándolo con bastante éxito. El secreto estaba en abrir bien la boca y pensar que podía lograrlo. Las ganas de comer pollas hacían el resto. Salva miró hacia abajo y no paraba de gemir cada vez que ese gañán hacía desaparecer su miembro viril entre sus gruesos y apetitosos labios.
Salva no era de los de pedir cosas en la cama, pero algo le hacía sentir la necesidad imperiosa de ordenar a ese mamón. Después de ver cómo se sacaba su pollón de la boca y respiraba aire puro, con todas las babas colgando, le mandó comerle los huevos. Joder, que después de comerte el pito, te den un buen masaje en las bolas, es como si te tocasen un interruptor que te calmase tu lado animal. La polla te lo enciende, el masaje en las pelotas te lo calman, como la relajación que sientes al mear.
Pero ese cabrón era de los de darle varias veces al interruptor y le volvió loco a punto de causarle un cortocircuito. Se comió una vez más la polla entera, apretando los labios contra la rugosa piel de los huevacos y Salva tuvo que recular al sentir que no podía aguantar tanto placer penetrando una cavidad tan estrecha. Y a pesar de recular, necesitaba sentir de nuevo esa sensación de gustito que le creaba una buena cantidad de leche en las pelotas.
Hacía tiempo que Salva no veia su rabo tan brillante y lustroso por una mamada. Que estuviera tan mojado era síntoma de que al chaval le gustaba su polla. El mamoncete no paraba de echarle saliva encima facilitando que el miembro resbalara entre sus labios y se metiera hasta el fondo. Qué guapo era el cabrón y qué bien le sentaba una buena polla hinchándole los carrillos con esa barbita de varios días de seductor de varones.
Cómo le ponían los tios que succionaban rabo como si fuera un biberón, que a veces se la sacaban y miraban hacia arriba abriendo la boca y sacando la lengua, esperando hostias de rabo y a que su macho les diera de comer lo que merecían. Pues parecía que se la había dejado bien preparada para el siguiente paso. Salva miró su pollón enorme, duro, majestuoso, tan tieso que formaba un ángulo casi perfecto de ciento ochenta grados en paralelo con su torso. Sí, se podría decir que se la habia dejado tope de dura.
Luciano se fue dando la vuelta sobre la cama, dando la espalda a Salva pero sin dejar de mirar su trompeta. Acopló las rodillas al colchón y se apoyó en los antebrazos. Debido a la inclinación de su polla, para meterla Salva tuvo que ayudarse de una mano. Primero se chupó los dedos, mojó la entrada del culito de Luciano y después mojó su cipote, inclinó el rabo depositando el cipote dentro de su agujero a buen recaudo y después se la soltó, impulsándose con su culazo para penetrarle poco a poco a pelo.
Fueron unos segundos de vicio. A cada centímetro que le entraba, Luciano gemía de gusto. Salva logró sacarle un gritito al pegar un empujón con las caderas hacia adelante y meterle más trozo de polla de la cuenta. No podía entender cómo ese mamoncete que se había tragado su polla hasta los huevos, tuviera el culito tan estrecho. Le cogió por las caderas empujando hacia atrás y le empaló el ojal con su gorda y enorme polla sin contemplaciones.
Se apoyó en su espalda con las manos, apretando tan fuerte hacia abajo que Luciano terminó tumbado bocabajo sobre la cama. Salva se puso en posición de sentadillas y le rebanó el culo a pollazos taladrándolo desde arriba, adecuando su postura a la inclinación de su polla para meterle un buen gancho. Le dio tan duro que le taponó a huevazos el agujero.
Follándoselo a su antojo, Salva no paraba de meterle el tronco duro y firme por el culo, con las bolas cargadas de leche meciéndose entre sus piernas. Un espectáculo con el que cualquier pajillero, por experto que fuera, se correría al instante si pusiera la cara demasiado cerca del punto en el que la polla estaba calzando ese culazo atragantándolo a pollazos.
No sabía si hacía bien en tumbarse en el suelo bocarriba y elevando el culo para que ese machote se lo taladrara. Era una apuesta arriesgada y casi se arrepiente al ver la forma en que Salva miraba su ojete, mordiéndose el labio inferior, señal de que se lo iba a destrozar, escupiendo saliva desde arriba para lubricarle el agujero, dándole unas palmaditas en la entrada y unos toquecitos con el rabo, llamando a la puerta antes de entrar a lo grande y sin permiso.
De espaldas no podía verlo, pero ahora en esa postura sí. Salva colocó el rabo dentro de su culo, hizo una sentadilla como si estuviera en el gym, flexionando los brazos y apretando los puños y Luciano pudo ver cómo la gigantesca polla le iba penetrando el ojal hasta desaparecer dentro de él y quedar a la vista sólo los pelazos de la base de la polla de ese empotrador.
Cómo le gustaba que un tiarrón así de grande y dotado se apropiara de su culo. La tenía tan dura que si se retiraba demasiado se escapaba del interior. Entonces, viendo que Salva le tenía agarrado por los muslos para dejarlo bien abierto de piernas, era Luciano el que estaba al quite para agarrar el rabo y dirigirlo de nuevo al calentito interior de su cueva.
Luciano sabía lo mucho que ponía a tios activos como ese ver sus enormes pollas penetrando culitos redondetes de melocotón y le iba a dar lo que quería. Dejó que Salva se tumbara a cuerpo de rey sobre la cama y disfrutara del espectáculo. Se sentó sobre sus piernas dándole la espalda, se clavó la verga dentro y se inclinó hacia adelante, pajeándole la pollaza con el culo de tal forma que Salva podía ver con todo lujo de detalles su pollón bien masturbado entre un par de nalgas de lujo.
Logró lo que buscaba, encabronar a ese macho para que volviera a ponerlo a cuatro patas y se lo follara como un puto animal. Luciano aprovechó para ir cascándose una paja y cuando Salva le dio la vuelta y lo ladeó sobre la cama como una puta, Luciano, que ya estaba a punto, vio a ese tiarrón tan atractivo, cuerpazo musculado, con su enorme tranca entre las mano y se corrió de puro vicio, dejándose unos buenos lechazos sobre la barriga, mordiéndose la mano mientras su polla no paraba de escupir el resto de lefa que brotaba como una fuente y caía espesa sobre los pelos de su polla.
Desgañitándose como un animal rabioso, Salva acudió pajeándose a su culo, apuntando con el cipote directamente a la entrada. Luciano pudo sentir cómo le resbalaba la lefa de ese machote por las nalgas, por la parte baja de las pelotas y se le colaba por el agujero. Disfrutó mirando cómo se corría, los gestos de su cara, cómo se le inflaba la polla soltando leche.









