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Salvador Mendoza empitona el culazo tragón de David Chacon a pelo con su grandiosa polla y le mete un facial con siete metrallazos de lefa | Fucker Mate

Special Visitor

La de veces que David Chacon había tenido una y otra vez el mismo sueño húmedo, una de sus mayores fantasías. Hacía autostop en una carretera perdida cuando un camión pasó por su lado y paró unos metros más adelante. El echaba a correr, abría la puerta y daba las gracias medio babeando al ver a un tiarrón grandote, guapo, atractivo, musculoso y potente en el lado del conductor.

Intentando esconder una erección entre las piernas, se sentaba tímidamente en el asiento del copiloto y se pasaba todo el viaje mirando el paquete que al camionero se le dibujaba enorme bajo los vaqueros. Sin poder resistirse tras un par de horas de viaje, formaba un cuenco con su mano y le metía un agarrón.

El camionero, en lugar de retirarle la mano, daba un pasito con el culo hacia adelante sobre el asiento y se ponía algo más cómodo, retirando una mano del volante para desabrocharse la bragueta, sacarse una inmensa polla y agarrar después con esa misma mano la cabeza del chaval atrayéndolo hacia su mango. David se la metía calentita dentro de la boca y la empezaba a masturbar con los labios sin parar, oliendo el sudor a polla del camionero, sus gemidos constantes, hasta ese quejido, cuando su boca se inundaba de leche que brotaba por el exterior de sus labios, pringando los cojones y la braguera de los vaqueros.

Amanecía húmedo cada mañana, con un charco de semen en los calzones y más empitonado que los cuernos de un toro. No tenía ni idea de que esa mañana su sueño estaba un poquito más cerca de hacerse realidad. No en una carretera perdida, ni haciendo autostop, sino en su propia casa, cuando el amigo de su hermano llamó a la puerta.

El juego de seducción comenzó en el recibidor. En cuanto David abrió la puerta se puso cachondo. Los amigos de su hermano estaban buenísimos, pero ese tiarrón superaba a todos los que había visto hasta ahora. Guapísimo y tremendamente atractivo, con pantalones slim marcando buenas piernazas y un buen paquete, camiseta negra pegadita a su musculoso torso, las mangas ajustadas a sus biceps, David se agarró a la puerta para no caerse, porque lo que le apetecía en ese momento es que ese macho le cogiera en volandas y se apoderase de su trasero clavándole la polla.

¿Por qué Salvador Mendoza le miraba de arriba a abajo sonriendo? Hostia, ni se había dado cuenta de que había salido a recibirle casi en pelotas, con los calzones de follar puestos y con el rabo morcillón de recién despierto. Le dejó pasar y se fijó en algo que no esperaba, algo que empezaba a aumentar de tamaño en el paquete del amigo de su hermano. El pasillo era tan estrecho que, cuando le dejó pasar, sin querer queriendo le rozó con esa prominencia en la barriga.

Fue automático, sin necesitar más palabras. El tio le pasó una mano por la espalda, con la otra le cogió la cara, le empezó a besar, le empotró a lo bestia contra la pared y le dio la vuelta pegadito detrás de él, conduciéndolo pasito a pasito hacia el dormitorio. Una vez allí, al borde de la cama, Salvador se bajó los vaqueros por debajo de los muslos y dejó que David hiciera el resto de la tarea.

David se puso de rodillas venerando a ese empotrador. Frente a sus ojos tenía una visión fantástica, digna de otro de sus sueños húmedos. Unos calzones tipo slip negros super ajustados, marcando un buen culazo y por delante un gigantesco pollón duro y gordo que luchaba por salir por alguna parte, por lo que ahora lo tenía tirando hacia la derecha, a a penas un centímetro de salir por la goma. David tiró de los gayumbos, liberó al pollón y el aroma a rabo llegó hasta sus narices.

Acercó la boca a esa barra de veinte centímetros, le echó el aliento, la enderezó con la mano y se la metió dentro de la boca recordando el sueño húmero del camionero. A la tercera calada consiguió que Salva le agarrara de la cabeza con las dos manos echando el culete hacia atrás, porque fue a por todas y se la coló por la mismísima garganta, poniéndose los huevos por corbata.

Salva le agarró por los pelos y le hizo cabecear y tragar a mayor velocidad, provocando unas deliciosas arcadas con su enorme pito, unas arcadas que terminaba ahogando con el cipote bien metido dentro. Desde abajo las vistas eran tan hermosas que bien merecían echar unas lágrimas. El rabo húmedo sobre su cara, sintiendo su calor en la punta de la nariz, ese macho musculoso con fuertes pectorales azotándole con su enorme barra, demostrando su virilidad y la cara tan atractiva que le hacía desearlo una y mil veces dentro de su cuerpo.

Los buenos hermanos normalmente ofrecían a los amigos de sus hermanos un refresco o algo para comer, pero David estaba empezando a comprobar que había cosas mejores que ofrecer y a partir de ahora lo tendría muy en cuenta después de esa experiencia. Salva se tumbó sobre la cama de su amigo sin saberlo. Allí David había pillado a su hermano en muchas situaciones abriendo la puerta sin llamar antes y con la que más había disfrutado es cuando lo pilló masturbándose, justo a tiempo cuando regaba de leche varias revistas porno abiertas alrededor de la cama como si fueran su muro de descarga.

Así pasó cuando cambiaron de generación llegando a sus manos, que la mayoría estaban tan pegajosas que no se podían ver algunas páginas sin romperlas. Pero David lo aprovechaba acercando las napias, oliendo el semen reseco y cascándose un pajote con el aroma. David se subió a la cama, se metió entre las piernas de Salva, le enderezó la minga, le agarró por las bolas, empezó a chupar el pollón como si fuera un helado de cucurucho italiano, pero terminó inclinando la cabeza y volviendo a tragar rabo hasta atragantarse.

Después de varios minutos chupándosela efusivamente, cada vez que se la sacaba les unía una hilera de babas entre la polla y su boca. David se dio la vuelta colocando su cuerpo sobre el de Salva en forma de sesenta y nueve y siguió chupando rabo, esta vez a la espera de ver qué tal se le daba al coleguita de su hermano eso de comer culos.

Pues bastante bien, por no decir que fue maravilloso. Fue sentir el contacto de la lengua en su ojete y a David se le erizaron todos los pelos y se le puso la carne de gallina. Llevó las manos al trasero desplegando las nalgas y lo siguiente fue mejor aún. Otro lametón, un besito en el ojete, el raspado de su bigote, la puntita de la lengua, todos los morros hundidos en su exquisita raja.

Rabo húmedo y ojete húmedo, todo estaba ya preparado para la acción. David se puso a cuatro patas, dando la espalda a ese macho empotrador, apoyando los codos en el colchón y elevando un poco el culo para dejarlo abierto. Salva se subió a la cama, plantó decidido cada pie en el lado exterior de las piernas de David, hizo una sentadilla inclinando el rabo hacia adelante dirigiéndolo hacia el agujero y le clavó todo el pitote sin condón.

En cuanto hundió el cipote se soltó le rabo. David gemía de gusto, pero todavía quedaban muchos centímetros de placer por meter. Podía haber sido cuidadoso y condescendiente, pero si ese cabrón tenía agallas para atragantarse con una plla de esas dimensiones, no tenía por qué ser menos por el culo. Salva culeó hacia adelante y se la clavó entera a traición de una sola estocada, hasta taponarle el ojal con las pelotas.

El resultado es que el chaval gimió como una puta, pero como una de las buenas. Tener veinte centímetros de otro hombre así de repente explorando tu cuerpo no era algo fácil de asimilar, pero confiaba en sus capacidades. Le sacó el rabo igual que se lo había metido, de repente. La reacción fue la esperada. El pequeño cabroncete se quedó con el culete ne alto, mirando hacia atrás, desplegándose uno de los cachetes e incitando al macho a meterla así de nuevo.

A Salva no hacía falta que se lo repitieran dos veces. Hizo otra sentadilla y zambulló el pedazo pepino entre sus nalgas, quedándose esta vez más rato dentro y follándoselo. Los gemidos seguían ahí, pero las paredes de su culo ya empezaban a dilatar lo suficiente como para que se acostumbrara a semejante tamaño de rabo. Salva la tenía tan tiesa y tan inclinada hacia arriba, que se veía obligado a inclinarse hacia adelante al penetrar un culo, una cualidad que lo hacía si cabe mejor amante.

Lo suyo era follar a lo bestia, con cariño pero empleando la fuerza y más con chavalitos así que se lo tragaban todo. Forzó el cuello de David hacia abajo haciéndole besar las sábanas y después lo cogió apresando su cuello con el brazo y atrayéndolo hacia su cuerpo, como si aquello fuera una clase de lucha libre. Y no dejaba de serlo, porque aquello era un juego de hombres.

Cuando David escapó de su brazo y Salva se puso de pie, miró hacia su polla empitonada. Estaba enamorado de ella y él parecía un puto borracho deseando beber de ese rabo. Salva dejó que se la chupara, pero poquito, antes de empujarle sobre la cama, ponerle de nuevo a cuatro patas y enfilarle la polla por el culo clavándosela certera y sin manos como un dardo en el centro de la diana.

Que entrara tan fácilmente sólo era una señal de que las paredes de su culo habían dilatado a tope. No era para menos, el resultado de una pollaza tan grande y deseada. Para cuando eso sucedía, Salva tenía otras técnicas efectivas con las que chavales tan jivencitos y manejables como David disfrutaban. Consistía en taladrarles el culo, pero a contracorriente, aprovechando lo firme e inclinado que tenía su rabo. Esa inclinación combinada con la extrema dureza de su miembro, conferían a los tios un placer extra que pocas veces habían experimentado antes o quizá nunca.

A veces la mente de David le permitía explorar nuevas fantasías sexuales con el camionero en sus sueños húmedos. Imaginaba que se apeaban en una gasolinera y se iban a mear juntos al baño. Una vez allí, el camionero le cogía por detrás y le estampaba contra la pared cubierta de pintadas de rabos y palabras con las que se definía, le bajaba los pantalones, se sacaba el rabo por la bragueta y se la metía hasta desahogar sus huevos en el interior.

Le molaba follar con desconocidos y Salva era para él lo más parecido a eso, porque nunca le había visto. Aunque las paredes de la habitación de su hermanito no estaban pintadas, sino que eran blancas como una patena, David se quedó mirando hacia una de ellas mientras Salva se colocaba detrás de él y lo empitonaba con su grandioso y voluminoso rabo.

Miras hacia atrás y encontrarse con ese macho tan guapo y varonil que miraba hacia abajo, enfocado en meter bien la polla dentro del culo, era el placer máximo. A David se le contagiaban las ganas de sexo cuando sentía el calorcito de sus grandes manos posadas en cada nalga de su culito, mientras una inmensa herramienta gorda y larga le atravesaba el interior.

Aprovechó para explorar con ese empotrador todas las fantasías pasadas y futuras. Necesitaba imperiosamente que se lo follara en todas las posturas posibles para así después alimentar sus pajas con el recuerdo. Disfrutó montándole dándole la espalda y cara a cara. Con la entrepierna encarcelada entre el colchón y un culo tragón que no paraba de masturbarle la polla, Salva terminió rindiéndose.

Tiró a David sobre la cama, le colocó la cabeza en el borde del colchón y empezó a pajearse sobre su cara. Cuando le llegó el gusto de la corrida, preparó el rabo inclinándolo hacia adelante, apuntando hacia la boca del chaval, aminoró una marcha y le plantó en la jeta un impactante lefazo lechoso en la boca y la mejilla que viajó más allá de su cara hasta mojar la colcha.

Fue sólo el principio de la mansalva de lefazos que estaban a punto de hacer que David se viera obligado a cerrar la boca para no atragantarse con tanta leche. La ducha de esperma cayó al completo sobre su cara regándosela por completo. El galán soltaba lefa como si tuviera una manguera entre las piernas y acompañaba cada chorrazo con un gruñido.

Pocas cosas había que sorprendieran a David con lo cerdete que era, pero aquella era una de ellas. Jamás había conocido a un tio que tuviera los cojones tan cargados. Cuando creyó que la corrida había concluído y se disponía a saborear el cipote, otro chorrazo traicionero salió de la polla y no le quedó otra que tragar. El olor a boca invadía sus napias y el sabor de los cojones de otro hombre invadía sus sentidos. La boca llena de leche, tal y como se la había dejado aquel camionero de sus sueños húmedos.

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