El Batallón Sagrado de Tebas 2: Ryan Bones penetra el culazo de Francois Sagat y le decora los morros con lefa en la arena de entrenamiento | MEN

La guerra no tenía tiempo para elegir cita en la mejor temporada del año y se presentaba cuando menos se esperaba. Nevara, lloviese o un sol abrasador se cerniera sobre la arena del gymnos, las parejas de combatientes del Batallón Sagrado de Tebas entrenaban sin descanso ante sus propias órdenes con el único objetivo de pulir sus habilidades para una batalla que podría conducirles al honor y la gloria o a su propia muerte.

La crudeza y el amor estaban presentes en cada entrenamiento y era común ver a las parejas de luchadores en la arena comerse las pollas o follar mientras otros seguían empuñando espadas y forjando puños. Tras una dura sesión, ya fuera el compañero o el conductor el que era vencido, la costumbre decía que tenía que hincar las rodillas en la arena y comerse el rabo empalmado de su pareja.

Ryan Bones empezó a trempar y su poderosa y gorda pollaza salió empinada, destacando sobre las tiras de cuero de la falta. Francois Sagat se agachó, le cogió por los grandes huevos y empezó a disfrutar de un enorme capullo que le llenaba la boca entera. Sus labios se amoldaron al gran pedazo de carne que rodeaba el cipote y empezó a despellejar la pija haciendo correr la piel por el delicioso tronco.

El placer de mamar un buen rabo y sentir que tras unos cabezazos su lengua se impregnaba de un sabor saladito, ver cómo tu polla se sumergía dentro de una boca acariciando todos tus sentidos, todas esas sensaciones bien compensaban tantas horas de duro trabajo. A medida que chupaba, entre las tiras de cuero de la falda de Francois también se alzaba un mastodonte de dimensiones titánicas.

Era el contraste entre el amor y la lucha lo que animaba a todos a seguir entrenando duro en la arena. Ver cómo un compañero ofrecía su culazo, cómo unas manos fuertes le separaban las nalgas dejando a la vista un agujero capaz de ofrecer un placer inconmensurable y una lengua hábil jugueteando y entrando en él, les daba ánimos para continuar a sabiendas de que en unas horas acabarían haciendo lo mismo ante la vista de los demás.

La misma banqueta que servía de apoyo para reposar los pies cansados y para forjar la espada con piedra, también servía de punto de anclaje para los que eran follados. Francois apoyó los brazos en ella arqueando la espalda y dejó que Ryan le metiese la polla por el culo hasta el mismísimo fondo. Cuando su pareja le enfilaba por detrás, un inmenso mundo de alegrías le inundaban la mente y alguna que otra zona de su cuerpo que no podía localizar con exactitud, haciéndole cabecear como un perro.

Sabían que ningún otro ejército de otras tierras lejanas disfrutaba de los mismos placeres y eso era precisamente lo que les hacía fuertes. Habían aprendido a abandonar los convencionalismos, a dejarse llevar por el placer que les ofrecían sus propios cuerpos.

Se dirigieron junto a la linde de la arena, a los postes de madera que delimitaban el gymnos donde se ataban los caballos de guerra. Francois levantó una pierna y la colocó en la primera mitad del poste. Ryan le metió la polla y el rabo morcillón y medio erecto y las pelotas de Francois empezaron a campanear como diosas. Ryan tuvo la deferencia de pasar su manaza grande y fuerte por entre sus piernas y cogerle toda la huevera colgante. Tener esas muestras de cariño era importante.

Ahora la banqueta sintió el peso del culo y el cuerpo de Ryan que sentó sobre ella sus posaderas. Con las piernas abiertas y estiradas sobre la arena y los brazos en cruz apoyados sobre los postes, esperó a que Francois se sentaba sobre sus piernas y empezara a saltar sobre su rabo. Veía su cabeza rapada, su nuca, su fuerte espalda, su trasero tragándose toda su tranca y podía sentir el tacto calentito de sus huevos colgantes chocando contra los suyos, aparte de algún bandazo desviado de su larguísima polla sobre los muslos.

Francois se masturbó aún saltando sobre la polla. Unos fuertes y sonoros gemidos precedieron a su corrida. Unas hileras de semen blanco empezaron a desfilar cortando el viento. Virutas de leche mojando la arena que otros besarían más tarde. Francois volvió a acercar su cara a la polla de Ryan y en cuanto vio que por el cipote empezaba a manar lefa caliente, paseó todos los morros y la barba por el capullo decorándoselos de semen.

Aquellos que habían disfrutado del amor sobre la arena, eran después bien reconocidos entre sus compañeros a la hora del almuerzo en las mesas. Podían distinguir sus barbas blancas, todavía con los mecos calientes colgando de ellas. La fuerza de este batallón a mediodía no venía del pan y la sopa que comían tras los entrenamientos, sino de las vistas de las caras de sus compañeros mojadas de placer.

Montones de rabos se alzaban bajo las mesas, manos que hacían lo mismo agarrando pollas a dos bandas, caras descompuestas por el gusto y gemidos de corridas de pajas grupales para dar rienda suelta a los más bajos instintos animales de unos hombres curtidos en la batalla que necesitaban liberar varias veces al díael amor que les rebosaba por los huevos.

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