[Lucio Saints] El asturiano Marco Sanz sorprende con su enorme rabo en el casting «Jump to Fame»

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Nada haría presagiar que un chico con una cara tan dulce, casi de cachorrito, que te mira con ojos tiernos casi como diciéndote «adóptame«, tuviera intenciones de ponerse delante de la cámara enseñando su cuerpo desnudo y su gran porra para ponerte cachondo. Y es que al final todos los tios, ya tengan carita tierna o de malote, todos sin excepción, nos hacemos buenos pajotes y estamos deseando compartir nuestro rabo y todo lo que sale de él con otras personas, a veces sacando nuestro lado exhibicionista, porque a quién no le mola, cuando se siente a gusto consigo mismo, enseñar lo que tiene a los demás y conseguir hacer que se toquen mientras nos miran.

Al ver al asturiano Marco Sanz, seguro que a muchos veteranos del porno gay con más de 30 se les habrá montado la tienda de campaña deseando follarse y colar la polla por ese culito tierno de yogurín de 19 añitos, vamos, hacer un cross generation de la hostia de papá se folla a hijo y terminar metiéndole la leche por la boca para que desayune bien y siga creciendo tan hermoso.

Lo que decía, desde los angelitos hasta los malotes, desde los universitarios hasta el matón de barrio. Marco opina lo mismo, aquí todos los hombres practicamos sexo sin excepción. Aquí está él para demostrarlo, estudiante de filología clásica nada menos, pero igual que todos, se mete pajas y confiesa que le gusta que le metan buenos pollones por el culo. En realidad en cuestión de sexo, la inteligencia de cada uno queda a un lado, la aparcamos y dejamos paso a un mundo repleto de instintos animales. Según va hablando en la pequeña entrevista ya empiezo a imaginar cómo deben quedar esos finos y húmedos labios tan guapos arropando el diámetro de una polla. La verdad es que en un tio así con cara de pillín, enseguida puedes imaginar la expresión de su cara cuando se lo follan, pero en un chaval así de guapete y tierno siempre me entra la curiosidad de saber qué cara pondrá cuando una porra gigante se cuele por su trasero.

Ya en plena faena, desnudo y apenas con los calzones puestos, empieza a sacar su lado de diablillo, echando unas miradas a la cámara como si nos retase a follárnoslo e incluso sonrisas picaronas de las que invitan a meterle la polla más y más adentro hasta que la borre de su cara y la convierta en un gemido de gusto. Para ser tan delgadito, con el torso plano, piernas y brazos largos pero finos, el tio se saca de los gayumbos un buen rabo gordo y empalmado.

Y dice que es pasivo, pues yo me lo follaría, pero de vez en cuando se la sacaría del culo y me sentaría sobre esa polla para probar su potencia, porque no tiene desperdicio. Además de gorda, larga, tanto que no le da al chaval con una sola mano para pajearse tanto palo y tiene que usar las dos. Poco a poco se va acomodando en el sofá. Esto es como cuando eres invitado en una casa, primero sientas el culo y pones los pies en el suelo, pero cuando ya hay confianza, uno pone los pies en el sofá para hacer de él su espacio íntimo. Cuando lo hace, separa un poco las piernas y deja entrever un buen hueco peludito en la raja del culete.

A medida que la polla se le pone más dura y roja, la boca se le reseca, se muerde el labio cuando siente el gustillo además de lubricarse los labios con la lengua. Los huevazos se le marcan perfectos a cada lado de la base de ese rabo gordo, con la piel áspera pegadita a ellos marcando cara contorno de unas pelotas inmaculadas que deben estar ya cargaditas de rica leche.

Después de machacarse bien la polla, nos enseña su gran secreto desplegando los cachetes del culo y elevando las piernas. Menudo ojete tiene el cabrón, para reventarle a pollazos y regarlo de lefa. Ya de entrada lo tiene rojito, con una hilera de pelillos alrededor del agujero para dar la bienvenida a los rabos. Ya se percibe que es apretadito cuando se lo separa con los dedos, apenas unos centímetros de diámetro de dilatación, por lo que debe ser la hostia empezar a metérsela y notarla bien ajustadita. Habría que lubricárselo bien al meterla para no sentir la imperiosa necesidad de correrse dentro a las primeras de cambio.

Agarrando de nuevo la palanca, imaginando la de pollacas que se clavarán en su culo a partir de ahora, de esos chavales con los que ha soñado pajeándose a solas en la habitación tantas veces, cierra los ojos y se abandona al placer de machacarse el rabo sin parar. El tio no frena ni rebaja el ritmo, ni siquiera cuando un disparo de semen sale catapultado desde la punta de su polla y sobrevuela todo su cuerpo hasta perderse más allá del sofá.

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Marco-Sanz

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