Adrien Monteiro se pajea a solas con mano dura su larga y gruesa tranca descapullada | Freshmen
Los chicos de su clase no son como él. Suele verlos en los baños en el recreo. A veces están tan cachondos que acaban formando un círculo, curiosos, disfrutando en camaradería, sacándose los rabos por las braguetas, masturbándose juntos, pasándose los brazos unos a otros por encima de los hombros, disparando la lefa al que tienen enfrente. Adrien Monteiro no es como ellos de decidido, pero le gustaría. Le gustaría formar parte de ese círculo, que los demás vieran lo larga y grande que la tiene, ver sus miradas posadas en su rabo, la leche saliendo de él.
Desde que les vio así no puede parar de pensar en ellos. De alguna forma sabe que, hasta que no cumpla esa fantasía, seguirá inspirándole sueños húmedos y una buena cantidad de pajas. Cada día que sale de la ducha, antes de ir al instituto, se sienta en su sofá preferido, cierra los ojos y se toca el rabo por encima de la toalla de baño. La retira cuando la tiene toda dura.
Le mola mirársela. La tiene muy guapa, larga y muy gruesa, descapullada, con un cipote enorme y unas pelotas bien bonitas. La aprieta bien y se la azuza, de vez en cuando eleva el trasero e imagina un culito encima, penetrándolo. Todavía no ha llegado a hacerlo. Lo ha visto, tiene ganas, muchas, pero todavía es demasiado joven, o eso cree él.
Le gusta cuando de la raja del cipote le brota ese líquido transparente pero pegajoso. Lo recoge posando la yema de su dedo y se la conduce a la boca para saborearlo. De las pelis guarras que guarda su padre en la estantería detrás de los libros viejos que nadie lee, había una diferente al resto. Nada de chicas, nada de tetas, todo hombres en la portada. Desde que la vio, es su favorita. No sabe por qué su padre la tiene ahí en esa colección íntima, pero a él le vale.
En esa peli ha visto cómo lo hacen entre los hombres, cómo uno toma el control y mete el pene al otro dentro del culo. Se pone a cuatro en el sofá mirando hacia el respaldo, sin dejar de masturbarse y se lleva una mano al culo metiéndose el dedo para, de alguna forma, emular lo que están sintiendo los tios de las películas cuando se la meten. Ya solo con la punta del dedo le da una satisfación enorme, indescriptible, tan guay que todo se acelera y se ve abocado a terminar la paja. La leche blanca y espesa sale disparada a una buena distancia hacia arriba. Por eso sabe que sería perfecto para ese círculo de compañeros, que se quedarían con la boca abierta al ver su semen saliendo a chorro.
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