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Hugo Dupre pone el culo a Simeon Krayev para que se lo folle a pelo con su larga polla después de intercambiar pajas y mamadas | Freshmen

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Llevaban días tanteando la idea de dar a sus pajas una nueva dimensión. Hugo Dupre y Simeon Krayev habían visto multitud de retos que les fascinaban, entre ellos el de correrse en una galleta y que le último en hacerlo tenía la penitencia de comérsela con toda la lefa de los demás encima. Ese reto tuvieron que reconocer que se la puso bien dura a los dos, pero no eran tantos como para llevarlo a cabo. Tenía que ser algo más íntimo.

Todavía les gustaba meneársela en el sofá, los dos al ladito, subir una pierna encima de la del otro, cruzar pajas mirándose a los ojos y acabar lanzando lefazos de puro vicio, pero de tanto hacerlo día sí día no, necesitaban una motivación extra. Les gustó la idea de follarse la almohada, la vista de sus culitos empotrando, así que le dieron un toque extra comprando un par de calabazas. Un tio que habían visto en internet probándolo, decía que la sensación de follarse toda esa pulpa hacía que tu polla entrara apretada pero a la vez suave y que el roce de la pulpa contra el pene era la hostia.

Comenzaron el ritual pajeril en la habitación de Hugo, como casi siempre. Los dos la tenían bien larga y les gustaba mirarse. A Simeon le encantaba cómo le quedaban los gayumbos a Hugo, calzones boxer apretados que remarcaban su culazo y el pedazo de paquete. Simeon era más de andar desnudo por casa y la caidita de su rabo, tan largo, colgando entre las piernas como un plátano, era una belleza masculina digna de admirar.

Como que pasaron de las calabazas y encontraron en lo habitual la motivación que necesitaban, porque nunca se cansaban de esa rutina. Simeon bajando la goma de los calzones a Hugo, decubriendo lo larga y dura que la tenía ya, enderezándola con dos deditos y flipando con lo larga y tiesa que era, toda venosa, con un cipote que estaba hecho para rechupetear con los labios y la lengua hasta el infinito.

Mientras le iba comiendo la polla y los huevos, a él se le fue poniendo durita y al ponerse de rodillas para que Hugo se la chupara, la tenía más dura que una roca, toda apuntado hacia arriba, rebosante de juventud. Lo mejor del pollón de Simeon es que era tan grande que dejaba boquiabierto a cualquiera, porque a nadie se le hubiera pasado por la cabeza que un chico delgadito pudiera tener semejante pijote, ademas ambivalente, porque tan pronto tenía el cipote al descubierto como podías pasarle el pellejo por encima y admirar su preciosa forma y tamaño con el capuchón puesto.

Nunca habían cruzado la línea, las pajas les bastaban, se corrían y se calmaban, pero esa tarde el deseo les pudo y fueron un paso más allá. Simeon le hizo la cucharita a Hugo y se lo folló de lado sin condón sobre la cama, luego abierto de piernas, mirándose, tocándose, disfrutando de sus cuerpos desnudos y cachondos. Hugo se cabalgó el pollón de Simeon y se quedó en sentadillas cascándose una paja mientras este le arreaba desde abajo. Toda la leche salió despedida mojándoles los muslos. Luego se acercó al rabo de Simeon, que se cascó una gayola apuntando hacia la jeta de su amigo. Hugo se llevó una buena dósis de lefa en los morros y en la nariz y un día más se quedaron desnudos, corridos y gozando de esas sensaciones tan buenas, solo que esta vez habían acabado follando.

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