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Diego Sans se folla el culito virginal de Oliver Carter y se corre a lefazos en toda su cara colándole el semen por la boca | MEN

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Acabar en casa de un completo desconocido o invitarle a ella, no entraba en los planes ni de Oliver Carter ni de Diego Sans esa mañana nada más levantarse. La idea de ambos era ultimar algunos detalles en el portátil tomando algo en la terraza de la azotea del edificio antes de acudir al trabajo, pero un giro del destino, más bien un descuido por las prisas y un café en la mano que acabó en el jersey de Oli, hizo que ambos se conocieran de una forma que jamás habían imaginado.

A Oliver le habían educado bien desde pequeño. Nunca aceptó un caramelo de un desconocido, asistía a misa todos los domingos y fiestas de guardar y no salía de casa sin protección. Iba a rechazar la propuesta de Diego de que fuera a su casa, por eso de las molestias, para ver si alguno de sus jerseys le servía y era de su talla, pero le pareció un tio honesto, así que por primera vez en su vida, desoyó los consejos de sus padres y acabó entrando en casa de un desconocido.

No sólo desoyó los consejos fraternales, es que directamente se los pasó por el forro de los mismísimos cojones. Nada más entrar por la puerta, mientras Diego se dedicaba a prepararle otro café en la cocina, también por las molestias, Oliver se quitó el jersey, la camisa que llevaba debajo y hasta los pantalones. Al girarse, Diego se encontró con ese jovencito alto, guapete y con un cuerpo atlético casi al desnudo. Estaba buenísimo.

Avazó unos pasos y el chaval se mostró receptivo, así que siguió invadiendo su espacio personal, metiendo las manos por detrás de sus calzones, palpando un culazo que se la puso morcillona, bajándoselos y desvistiéndose, admirando la cola larga y gruesa que le colgaba a Oliver en todo el frontal, sostenida sobre los huevos. El paquete de Diego ya tiraba hacia abajo y hacia adelante con fuerza, haciendo que la goma de los gayumbos ya se encontrara por debajo de los pelazos negros de su pubis.

El chico se inclinó y comenzó a succionar la polla de Diego mientras se tocaba la suya. Con esa carita tan guapa, esos ojazos y esa boca tan suave, la minga de Diego no tardó en ponerse dura como una roca. Joder con el chavalín, para no haber aceptado nunca un caramelo de un desconocido, ahí estaba, jalándose una buena verga hasta los huevos, metiéndosela por toda la garganta y tragando.

Diego no sabía bien qué hacer con Oliver con esa cara de buenecito y a la vez de granuja. Por una parte se veía en la necesidad de tratarle bien, pero esa forma de tragar tan jovencito que era le volvía loco, así que decidió agarrarle por los pelos y apretar bien la cara del chico contra su entrepierna, obligándole a tragar polla. Ya tenía el pelito revuelto cuando le subió a la encimera de la cocina y esa mañana iba a desayunar culo.

Dios, qué cosa más bonita. Redondito, blanco, con la rajita abierta sin un solo pelo y un ojete de apariencia virginal, como si jamás un hombre hubiera catado esa joya. Como el chico iba bien dotado, Diego le pasó la polla entre los muslos y se la pajeó mientras le acicalaba el ojete con la lengua. La tentación pudo con él y le metió una buena relamida desde el cipote, pasando por el tronco del largo pene, los cojones y luego el ojete, que consiguió sacar a Oliver un buen gemido de gusto.

No solo lo relamió, también se lo metió en la boca, dejando al chico con los ojos en blanco, viendo cómo ese tio se zampaba su rabo. A tiro y más cómo apoyado en los taburetes, Diego solo tuvo que ponerse un poco de puntillas para penetrarle sin condón. Qué ajustadito, cómo entraba la polla bien apretada. El contraste entre los muslos del chaval y los peludos de Diego empujando para meterse dentro de él, ponían el nivel de morbo en su punto más álgido.

Le dio por culo azuzándole bien el pandero y luego se lo subió de nuevo a la encimera para hacerle la cucharita y cobijar su polla morenota dentro de ese ojete prodigioso. Diego no fue el único en dirigir la follada. Oliver tenía sus fantasías y decidió poner en marcha una de ellas, hacer un sesenta y nueve. Se giró y sentó su culo en la cara de Diego, que empezó a comer ojete con los cojones y el pene del chaval acariciándole el cuello y el pecho mientras este se dedicaba a comerle el rabo.

Diego se tumbó sobre la encimera, Oliver hizo una sentadilla sobre su pene y se lo clavó entero, pero entero. Al inclinar la cabeza hacia adelante, Diego vio desaparecer su pene tieso dentro del culo del chico y lo siguiente que vio fueron sus pelotas asentándose en los pelos de la polla y el pene rebotando sobre sus abdominales. De recatadito tenía poco Oliver, qué forma de saltar y tragar polla por el culo y cómo sonreía disfrutándola dentro de él.

Se lo llevó a los taburetes de la cocina y allí le abrió de piernas. Le penetró a pelo visualizando ese cuerpazo, esa carita y esos ojazos. Oliver también tenía su regalo enfrente, un chulazo atractivo, fuerte, peludo y desnudo atacándole lo más sagrado. Se corrió encima soltando un buen virutazo cargado que fue directo entre los pectorales.

Si una cosa había aprendido Diego era que un tio tenía que ser precavido y esperar a que el otro decidiera dónde quería que se le corriera encima. Por eso solía sacarla a tiempo siempre que le era posible, porque así el otro tio podía decidir durante esos segundos preciosos. Oliver eligió en la cara. Se arrodilló sentádose sobre sus talones, abrió la boca y sacó la lengua.

Toma tu puto bautizo, mamón. Chorrazos vivos de semen saliendo del pito a toda hostia, reventándole la jeta con fuerza, colándose tan fuerte por su boca que le follaban directamente la campanilla y le hacían tragar. Cinco, seis, puede que más chorrazos, había perdido la cuenta, pero le dejó la cara to guapa, con su semen chorreando por el bigote y la barbilla.

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