Oliver Di Mond se vicia con el lujoso culazo del guaperas Manuel Capri y se lo folla a pelo en la camita dándole una buena paliza con los cojones | The Male Muse
El fotógrafo Oliver Di Mond tenía un as en la manga. Junto al estudio tenía un cuarto convenientemente decorado e iluminado, muy chill y sensual, por si después de un gran trabajo con la cámara, nacía con el modelo de turno una relación más allá del terreno profesional. De esta forma, lo que ocurría bajo los focos no se mezclaba con lo que sucedía en la cama.
El jovencito madrileño Manuel Capri fue un flechazo instantáneo para él. Tenía todos los ingredientes no sólo para empalmar en segundos el rabo de cualquier tio, sino para hacerse desear. Una cara guapísima con una bonita sonrisa. Cejas y barba bien pobladas que le conferían un aire jodidamente viril de machote empotrador, muy masculino. Un cuerpazo tan atlético como sexy y también con un toque masculino que entraban ganas de darle pero bien, con el pecho bien peludo y unas axilas igual de peludas, lamibles y esnifables a tope.
Aunque buen profesional, Oliver supo enseguida que ese tio le estaba poniendo burraco. Muy pocas veces le había temblado la mano cogiendo la cámara al fotografiar a un modelo. Era un temblor de nerviosismo, de estar ante un tio puto guapo y desear hacerle de todo. Para colmo, Manuel había elegido una sesión de fotos para adultos, lo que hizo que cada vez estuviera con menos ropa hasta acabar en pelotas bajo los focos, con el rabo y unos buenos cojones colgando.
El pulso acelerado a cada toma. No mezcles trabajo con placer, Oliver, se decía a sí mismo. Pero cuando Manu se dio la vuelta dejando a la vista su culazo musculoso y redondete, ahora que este no podía verle, Oli puso los ojos en blanco de placer y se tocó el paquete, amoldando la pija tiesa dentro de los calzones hacia un lado de tal forma que no se le notara, o que al menos no se le notara demasiado.
Acabada la sesión, fotógrafo y modelo finiquitaron su relación laboral y entonces Oliver le propuso otro tipo de relación, una personal. Abrió la puerta que daba a la habitación de al lado. «¿Esta es para una sesión de fotos más heavy?«, preguntó Manu. «No, esta es para follar«, le contestó Oli sin tapujos. El chico le sonrió y se fueron a la cama.
Los dos se desnudaron, apenas con los calzones puestos. Oli se quedó sentado al borde, a los pies del colchón, a la expectativa. Manu se subió a la cama y se puso detrás de él de rodillas, acariciando su cuerpo, uno esbelto y musculado, grandes espaldas, pelo en pecho, cadenita de plata al cuello remarcando la masculinidad de su torso. Se besaron y poco a poco empezaron a entrar en terreno peligroso.
La mano de Manu fue bajando hasta agarrar el paquete de Oli, que la tenía ya bien dura, con el pito empujando el frontal de la tela, luchando por salir. Oliver se dio media vuelta, encaró a Manuel de rodillas y se dieron el lote. Mientras le metía la lengua, fue colando las manos por la parte posterior de los calzones de Manu. Qué sensación tan placentera y deliciosa palpar ese culazo que tanto le había gustado, grande, redondete y suavecito al tacto. Mejor que la piel de un melocotón.
Se bajó los gayumbos y mostró su pene erecto a Manu, largo, grueso y morenote, con un buen cipote. Enseguida Manu se fue agachando, le acarició las pelotas por debajo y se metió la butifarra en la boca. Le sorprendió que fuera más gorda de lo que su vista apreciaba. Ladeó la cabeza y se la siguió comiendo, mirando de cuando en cuando a Oli para que no se relajara.
Manu ya se había comido lo que quería, ahora le tocaba el turno a Oli. Manuel se tumbó en la cama, levantó las piernas para sacarse los calzones, los colocó con cuidado a un lado y se abrió de piernas. Entre ellas pudo ver la cabeza de Oliver comiéndole todo bien comido. Su lengua internándose bien por caminos desconocidos, el roce de su nariz tibia bajo las pelotas.
Si le gustaba su culo, se lo iba a dar en bandeja. Se revolvió en la cama y se quedó a cuatro, con las rodillas en el borde del colchón, los pies sobresaliendo, obligando a Oliver a ponerse de rodillas en el suelo si quería ponerse las botas contemplando, tocando y preparando ese culazo del demonio. Comiendo culo, Oli no se dio cuenta de que estaba en su salsa, con las piernecitas separadas, la luz roja de los leds que circundaban la cama iluminando la polla y los grandes cojones que le colgaban entre los muslos. Huevazos de toro.
El culo de Manu era una auténtica salvajada, una locura. Nerviosito perdido, Oli aprovechó el poco hueco que había en la cama para ponerse detrás de él de rodillas. Paseó su pene por la raja, por las nalgas, simulando que se lo follaba. La idea de hacerlo era muy loca. Quizá no aguantara mucho tiempo ahí dentro. Preparado o no, se agarró la polla por la base, toda dura, y la dirigió hacia la entrada.
Vio su rabo entrar centímetro a centímetro entre esas suculentas nalgas, sin condón. Los dos gimieron a la vez, Oli por la visión paradisíaca y lo apretado que estava, Manu porque acababan de clavarle una bien tocha. Oliver respiró hondo, aguantando para no correrse, y cuando estuvo preparado, empezó a mecer las caderas hacia adelante y hacia atrás penetrándolo.
Empezó suave, pero a medida que iba calentándose viendo que Manu no paraba de gemir, girando su cara guapa para encender a Oli, este comenzó a meterle caña dándole duro, dejando que los impactos de los choques de sus muslos y caderas contra ese culazo inundaran la habitación con una sinfonía de lo más embriagadora. Se inclinó sobre Manu y se lo folló como un perro, dándole unas buenas enculadas por detrás, lo mínimo que se merecía ese tio guapo con ese pedazo de culo follable.
Se fundieron de puro vicio. Con Manu bocarriba abierto de piernas, Oli se le echó encima, se unieron en un abrazo y empezó a hacérselo bien rico, metiendo y sacando rabo. Cada vez que le penetraba a fondo, Manu podía sentir los cojonazos de Oli impactando una y otra vez contra su pandero. Entre las miraditas que se lanzaban de puro vicio, Oli sirviendo dote de macho y ese culo que era flipante, se estaba caldeando el ambiente que daba gusto.
Ambos iban bien servidos de huevos y Manu decidió hacer los suyos tortilla al cabalgar sobre Oliver, dejando que quedaran bien apretaditos entre sus muslos y el pubis de Oli al sentarse. Oliver fijó la mirada en la entrepierna de Manu. Ya lo que le faltaba para bingo. Además de ser guapo, cuerpazo y nalgón, Manu tenía una chorra larga y gordita. Le encantó sentirla rozándole los pelos de la base de la polla y el vientre.
Después de otra mamadita para lubricar el rabo, Oliver le puso bocabajo en la cama, se echó encima de él y le enculó soltando adrenalina, empujando una y otra vez con su culazo de macho, con el cuerpo ya bañado en sudor, la espalda chorreando. Le puso a cuatro para darle una última vez por culo y acabó con él abriéndole de piernas, dándolo todo para la traca final.
Jugando al borde del placer, Manu se agarró el rabo y se masturbó viendo a Oliver dejándose el sudor de la frente encima de él. Ya había reparado antes en la masculinidad que desprendía ese tio, pero ahora era mucho más palpable. Su pelito moreno y revuelto, guapísimo, tremendamente atractivo, con la barbita remarcando sus facciones, ese bigote por encima de su labio, el pecho peludo, la cadena al cuello, sus musculados hombros, la forma en la que le bailaba el flequillo por delante de la frente y de su rostro cada vez que la metía fondo.
Manu se la cogía, se masturbaba y paraba, en un intento porque aquello no acabara, porque se habría pasado todos los días de su vida mirando a ese cabrón así, empujando dentro de él para darle y darse placer. Llegó un momento en que apenas tuvo que hacer nada, Oli le daba tan fuerte que le bastaba con colocar la mano en la polla para que la paja se hiciera sola.
Tres chorrazos salieron disparados de seguido en un intervalo de menos de un segundo, directos al entrepecho. Los siguentes salieron igual de lejos pero más espaciados, hasta que el semen se le quedó chorreando por la cola, mojándole el pulgar y los alrededores del ombligo. Menuda descarga. Manu se quedó to ciego, gimiendo de gusto, disfrutando de ese momento exclusivamente masculino, el cúlmen del placer.
Por qué Manu había decidido ese momento y no otro para correrse, fue para sincronizar su corrida con la de Oliver. Acababa de apreciar que Oli había parado en seco, que le temblaban los brazos y las caderas. Nada más darse cuenta de lo que estaba pasando, cuando sintió el flujo de esperma de Oliver dentro de él, preñándole, se dejó ir sin más. Oliver se rindió sobre el cuerpo de Manu, los dos sudados, corridos. Cuando el pene erecto de Oli fue recuperando su naturalidad, Manu sintió cómo salía de su interior y con él un chorro de leche correteando entre sus nalgas en dirección a las sábanas.
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fotografías por @The_Male_Muse
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