Hugo Dupre se folla a pelo a Occitan Prince y se corre sobre él soltándole un buen lefazo encima | Carnalplus X Stag Homme
French Connection: Out to sea
Lejos de las miradas de los demás chicos del instituto, el barco se convirtió en el refugio donde Hugo Dupre y Occitan Prince podían sacar a relucir las ganas que se tenían el uno al otro. El mar les ofrecía todo lo que necesitaban a su edad, un lugar en el que avanzar libres hacia tierras desconocidas y apasionantes, intimidad, poder mirarse a los ojos, pasearlos por sus cuerpos semi desnudos, tocarse, todo con la libertad de no sentir las miradas y los cuchicheos de los demás en sus nucas todo el tiempo.
Cómo gozaba Hugo el momento en el que Occitan le comía la boca y luego bajaba besándole por todo el torso en dirección a su entrepierna. El roce de su cabello largo y suave, de su nariz templada, sus labios húmedos. Bastaba tan solo ese instante para que a Hugo se le levantara en el frontal como una lanza y formara en los boxer una tremenda tienda de campaña.
Sin esperar a que se los bajara del todo, Occitan se la sacaba por encima de la goma y se la mamaba, succionando fuerte, atrapando la esencia de esa polla larga, dura y grande entre sus labios, provocando en Hugo una reacción de placer inconmensurable. Era lo mínimo que se merecía un chaval guapo, atractivo y musculadito como él, ahí de rodillas en la cama y con los gayumbos bajados por debajo del culete, que se la comieran bien comida.
La polla cada vez más dura, el cipote cada vez más hinchado, brillante y reluciente con las babas encima. El espejo a su espalda reflejaba la silueta de un santo varón con buenas espaldas y un culazo sobresaliente, suave, blanco y redondito, hecho para cautivar. Hugo tumbó a Occitan en la cama y le bajó los calzones. Descubrió su encantador rabo morcillón descansando en dirección hacia su cadera.
Se coló entre sus piernas y le devolvió la mamada. Solían decidir quién daba primero sobre la marcha y a menudo Hugo salía ganando, porque a piedra no le ganaba nadie de lo dura que se le ponía al instante. Occitan había perdido y sabía qué hacer. Se recostó en la camita, alzó una pierna y Hugo fue dando pequeños pasitos de rodillas hacia él, hasta que encontraba el hueco de su culo y se la metía sin condón.
Hasta Occitan se sorprendía a sí mismo a veces de cómo era capaz de abrir el ojete para otro tio. Entre el roce de un rabo duro y caliente intentando penetrarle y el cuerpazo que tenía delante, un torso musculado y atlético como el de Hugo, dispuesto a entregarle todo, era fácil abrir la cerradura. Qué cachondo se ponía regalándose la vista con esos pectorales, un torso de tez blanquita y bien cachas, sus sobacos peludos, la intención en su cara.
Los gemidos de Hugo cada vez eran más intensos y le encantaba lo nervioso y excitado que se ponía cuando se le ofrecía a cuatro. Un escupitajo directo a la raja, un momento para contemplar el culazo que tenía delante, rabo en mano, zarandeándose la polla y venga para adentro, a pelo, a gozar del apretón de ese agujero hecho para consumir pollas.
Mirar hacia abajo y ver su rabo perdiéndose entre esas dos delicias era un acto de fe, porque cada vez que lo hacía, sentía que la lefa le recargaba las pelotas hasta tal punto de creer que no podría contenerla. Y así era hasta que se acostumbraba a la holgura de ese agujero, a las caricias que el ano desplegaba sobre su firme pene. Algunos momentos jodidos de no poder contenerse más y otros en que se sentía con fuerzas para cobijar ese culete entre sus muslos y dominarle desde atrás con fuerza y dureza.
Acababa con el pecho casi encima de su espalda, susurrando los gemidos en su oreja, follándoselo a pelo desde arriba, abrazándole con ganas, sintiendo que podía poseerlo cuantas veces quisiera y como quisiera. Le agarró por los pelos y le obligó a enderezarse sobre la cama. Volvieron a comerse las pollas, más como descanso para Hugo, que estaba a punto de reventar pero prefería tomarse un tiempo de caricias y poder seguir follándoselo.
Le abrió de piernas, le agarró por los muslos hasta tener el culo al borde de la cama y se la endiñó. Occitan cerró los ojos y disfrutó de todas esas sensaciones, la de la polla firme entrando por su agujero, los gemidos de los dos degustando sus cuerpos desnudos. Hugo salió de su interior, se la machacó toda dura entre las piernas, el cipote rojizo y le sorprendió con un lefazo que salió volando más allá de su cabeza, cargadito de leche.
El segundo viajó casi igual de potente, en dirección a su hombro, depositando sobre su torso unos buenos mecos. Hugo siguió cascándosela, gozándolo, corriéndose encima del pene y las bolas de Occitan, que se quedó pensando en que no había especímen de hombre mejor que pudiera haber elegido como compañero para hacer esas cosas tan íntimas. Guapo, atractivo, cachas, con un culazo impresionante, un rabo siempre duro y dispuesto y encima jardinero, regando a tutiplén.









