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William Seed empotra sin condón el formidable culazo del joven doctor Mike Monroe en la consulta y se corre apuntando hacia su boca | MEN

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Agujas, tensiómetros, ese olor a agua oxigenada, a medicina, a enfermería. Si había un lugar que a William Seed le ponía de los nervios, ese era la consulta del médico. Y puede que a la mayoría de tios con los nervios se les arrugaran los huevos y se les quedara la picha hecha un capullo, pero su cuerpo respondía justo al contrario, empalmando como un toro bravo.

Eso, cuando uno llevaba la bata de paciente, era un gran problema, porque te dejaba totalmente expuesto, sin posibilidad de esconder el rabo apretado contra la tela de los calzones acomodándoselo bien para disimular. Le alegró que el médico fuera un hombre para no tener que avergonzarse más de la cuenta, pero resultó que al jóven doctor Mike Monroe le iban las pollas.

Bueno, William supuso que también era la tarea de un médico de familia calmar a un paciente en la consulta, así que animó a Mike a reducir sus nervios cuidándole la polla. O habría que decir pollón, porque la cara de Mike al retirar la bata y ver ese pedazo de rabo duro y tieso, bien gordo, era la de haber visto una cosa grande y descomunal.

Se inclinó y le tocó la barra, suavemente, deslizando la mano por encima, hizo un cuenco con ella para sostenerle los huevos. La idea era la de masturbarle y hacer que se relajara, pero la tenía tan guapa que tuvo que metérsela en la boca. Con la mano apretaba fuerte arrastrando la piel del pene hacia arriba y hacia abajo, manteniendo el cipote siempre entre sus labios, dándole un buen repaso con la lengua, soltando saliva, dejando la polla empapada y resbaladiza en cuestión de segundos.

Empezó a tragar y cada vez que se la metía a fondo, William apostaba más fuerte y le enculaba la boquita, pretendiendo follarle la garganta. De hecho llegó un momento que se puso tan cachondo que cerró los ojos, se tumbó en la camilla y empezó a hacer movimientos propios de una empotrada, dejándose llevar. El doctor le levantó la bata hasta el pecho, descubriendo que su paciente no sólo era atractivo a rabiar y tenía unos ojazos azules para enamorarse perdidamente, sino que además estaba mazao.

Cuando uno sabía mamarla de lujo, ocurrían cosas como aquella, que le agarraban de los pelos y apretaban su cabeza con fuerza hacia la entrepierna. William no iba a conformarse con una paja y una mamada, quería más de ese joven y guapo doctor. Se encargó de desnudarle, descubriendo su cuerpo atlético, con unos pectorales varoniles y peludetes, pero lo que más le agradó fue bajarle los pantalones por detrás y ver ese pedazo de culo que se gastaba el niñato, algo peludito, más blanco que el resto de su cuerpo, redondete y musculoso.

El cabrón estaba apretadísimo. Le costó cuatro esfuerzos penetrarlo sin condón, colando su gruesa polla desnuda por esa raja peluda hasta encontrar el hueco del amor. Una vez la tuvo dentro, empezó a darle por culo, levantándose la bata con los dientes, para que si al chico le daba por mirar hacia atrás, viera el torso musculado del chulazo que se lo estaba dando todo.

Tremendo culo. Subió una pierna a la camilla para impulsarse dentro de él con más fuerza, metiéndosela hasta las pelotas. Se tumbó en el suelo, dejando que el doctor hiciera una sentadilla empalándose en su polla, William apoyó los pies firmemente en el suelo, dobló las rodillas e impulsó su pandero hacia arriba fusilando a ese mamón con su rabo a pollazos.

El soniquete de las caderas chocando contra sus nalgas, de la polla mojada penetrándole, inundó la consulta. Will había entrado en un estado de locura total que sólo podía dominar pegándole unas buenas enculadas desde abajo. Satisfechó, se relajó y entonces Mike comenzó a pajeársela lentamente con el culo, arriba y abajo, sacándola y metiéndola por el ojete.

El suelo, al principio frío, empezó a calentarse con el calo que desprendía William por todo su cuerpo, pero prefirió la silla de ruedas para seguir follándose al joven doctor. Esta vez le dejó cabalgar dándole la espalda, apreciando la forma de su culazo, mientras por delante al chaval le colgaba y rebotaba toda la pirula sobre las pelotas, bien guapas, tanto la polla como sus huevos.

Le abrió de piernas sobre la camilla, se hizo un hueco entre ellas y le metió la última pollada. Mike se la cascó y se sacó una paja de júbilo, sacándose toda la leche blanca, ensuciándose más allá del ombligo. William se lo folló un ratito más, sintiendo cómo se le inundaban los huevos de lefa al ver a otro tio correrse. A punto de soltarlo todo, animó al doctor a agacharse, le cogió por los pelos, se la pajeó apuntando directo a su boca y se corrió en ella, con los lechazos cayendo hacia abajo, mojándole los muslos.

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