Vadim Black machaca duro el despampanante culazo peludo de Paolo Bruni | Randy Blue
De peque quería ser bombero, pero cuando Paolo Bruni creció y se vio desnudo ante el espejo, ya convertido en todo un hombre hecho y derecho, guapo, tez bronceada, cachas, con unas piernacas más fuertes que el vinagre, el blanco bajo sus caderas dejando la marca del bañador cuando tomaba el sol y de él naciendo una buena pelambrera en la entrepierna, que le quedaba de putísima madre y de entre esos pelazos negros luciendo una buena tranca larga y gorda, cambió de idea y quiso que otros le apagaran el fuego que llevaba dentro, porque si él viera a un tio como el que estaba ante el espejo, sin duda querría follárselo hasta dejar la leche correr por encima de su cuerpo.
Así que ya no pidió en su carta a los Reyes Magos el camión de bomberos, sino al chico más guapo de la galaxia, uno que fuera atractivo, que no pudiera dejar de mirarlo de lo bueno que está, tatuado, jovencito, con pinta de estar dando sus últimos pasos hacia la edad adulta, pelito corto, barbita, con una polla bonita y juguetona y sobre todo que tuviera una sonrisa tal, que no pudiera dejar de mirarle a la cara, a punto de enamorarse. Los reyes cumplieron su fantasía y le dejaron al lado del árbol a Vadim Black, que sobrepasó todas sus expectativas.
Se había levantado muy pronto y al verlo se puso cachondo perdido. Le recordó a esas primeras veces que se levantaba pronto de la cama para masturbarse, con ese puto nervio en el cuerpo, ese ardor que no cesaba hasta haberse rascado bien la polla y soltar la leche. Pues así estaba al ver a Vadim, un tio jodidamente guapo, un deseo inconfesable, el típico chulazo de instituto con el que las pibas decoraban sus carpetas y con el que los pibes se pajeaban en silencio pensando en su cara, en su musculadito cuerpo, en su culito respingón.
Era su regalo. Le invitó a tumbarse a lo largo del sofá y acudió con la boca a la goma de los pantalones de pijama que llevaba puestos. Agarró con los dientes los cordones y, cuando se los hubo desatado por completo, tiró hacia abajo y descubrió su dote. Joder, qué bien habían atinado los reyes con sus deseos, hasta en eso habían acertado, un rabo del tamaño perfecto para cometer fechorías y además super duro.
Mientras otros en otras casas del vecindario abrían regalos comiéndose palitos de caramelo, él se estaba zampando una buena tranca. Se la chupó y luego se puso a cuatro dándole su generoso culo. Culo es quedarse corto, porque lo que tenía Paolo era un grandioso culazo. Despampanante, como dos bombonas grandes, blanquitas y peludas. Vadim apuntó con el rabo hacia las pronfundidades de la raja y se perdió dentro de ellas.
Paolo giró la cabeza y le gustó lo que vio, a ese niñato buenorro dándole por culo con saña. Paolo deseó que ese momento no acabara nunca. Podía sentir la polla dándole donde más le gustaba y era un gusto al que no llegaba a acostumbrarse, como si cada vez que se la metía y le acariciaba el interior del ano con la verga fuera la primera.
Se tumbó a cuerpo de rey, abierto de piernas y se dedicó a disfrutar de las vistas, de ese chavalito haciéndole todo el trabajo. Le encantó que tuviera la iniciativa de cogerle la polla y masturbarle mientras se lo follaba a pelo, un dos por uno. Cuando se corrió encima, Paolo la sintió como esas primeras pajas mañaneras juveniles que te dejan embobado con los mofletes rojos del rubor, borracho perdido del vicio de darle a la mancuerna. Gracias Reyes Magos por este regalito tan guapo.
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