Chris Damned penetra a fondo y sin condón el dilatado agujero del culazo de Joey Mills y se lo cubre de esperma | MEN

Hooking Up With Chris Damned

A solas en su oficina, Chris Damned se convertía en un auténtico pervertido. Ya se le veía en su cara de guaperas de tio chulazo, que un hombre así con ese porte, con esa buena percha, no podría pasar ni un solo segundo en pensar en el sexo. Se levantaba de la silla, espiaba a través de las cortinas a los chicos del curro que le molaban, se le ponía durísima y la acariciaba por encima de los pantalones y levantaba un brazo para oler el sudor de su propio sobaco.

Un día estaba tan cachondo que le importó una mierda que alguien pudiera entrar por la puerta y empezó a desnudarse. Fuera camisa, fuera zapatos y calcetos que antes de mandar al suelo se esnifó con mucho gusto deleitándose con su aroma de macho. Se lamió los pinreles antes de quitarse los pantalones, poner las piernas encima de la mesa de trabajo y empezar a cascarse una paja.

El becario Joey Mills pasó por delante de su oficina y le pilló in fraganti a través de la ventana. Lo que vio le gustó. Chris tampoco frenó con lo que estaba haciendo. Se quedó mirando al chavalito y al observar que se aflojaba la corbata y se echaba mano al paquete, comprendió que estaban en sintonía. ¿Cuántos años tenía ese chavalín? Los suficientes como para que papi le metiera una buena tranca por el culo. Le hizo un gesto con la cabeza y le invitó a entrar a su guarida.

A su edad supuso que no habría probado a muchos hombres, así que con más razón quiso dejar una marca en él, algo que no olvidase, para que cuando estuviera con cualquier otro siempre le recordara. Le puso la corbata como venda en los ojos y le colmó de besos en la boca, en el cuello, le comió la oreja y entre los dos le desnudaron. Chris no pudo evitar fijarse en su minga, exageradamente larga y gorda, alucinante en un cuerpecito tan delgado y de baja estatura como el suyo.

Cuando pasó frente a su oficina puede que fuera buscando el almuerzo, porque el hambre con el que pilló su rabo no era ni medio normal. Joey se inclinó para comerle la polla, lo hizo amasándola entre sus labios, cogiéndole por los huevos y jugando con ellos con su manita como si fuera un trilero. Cuando se puso de rodillas para seguir chupándosela, le quitó la venda. Qué ojazos tan bonitos y grandes tenía, para amarle.

Se quedó embelesado mirando esa cabecita moviéndose de atrás hacia adelante, jalándose toda su enorme polla hasta el fondo, metiéndola por las profundidades de su garganta. La idea de poder tener un compañero que estuviera dispuesto a compartir los ratos de descanso con él de esa manera le excitó. Las pajas eran cojonudas y le dejaban aliviado, pero poder follar era mucho mejor. Le lanzó un sustancioso gapo que se quedó pegado en la parte superior del tronco del rabo y vio cómo Joey arrastraba los labios por su polla hasta llegar al salivazo y aprovecharlo como lubricante para su mamada.

Qué bonito era, ahí de rodillas, desnudito, con ese cuerpecito delgado, de apariencia tan virgen, agarrando su polla con una mano, mirándole desde abajo como si no hubiera roto un plato en toda su vida, lengüeteando una y otra vez su cipote. Cuando se entregó a él tumbándose bocarriba en la mesa y abriéndose de piernas, mostrando ese precioso culito suave que parecía tan virgen, hasta Chris tembló de la emoción de poder comérselo a bocados.

Plantó sus morros en el ojete, raspándole con su bigote y su barba de machote e inundó su bonito agujero negro con la lengua. Tenía una hendidura bestial. Le encantó lamerle el agujerito con la lengua de forma lasciva, mirando cómo se retorcía de gusto sobre la mesa, los gestos de su cara, a la vez que su ojete palpitaba, expandiéndose y cerrándose.

Se sentía poderoso con los morros dando placer a ese culito, pero necesitaba follárselo imperiosamente. Desconocía si esa era su primera vez o no, pero para él ese agujero estaba abierto lo suficiente como para saber que podía encajar y apretar con su polla. Antes de levantarse, acercó el trasero del chaval a la esquina de la mesa, le escupió encima dejando claro que ese era el único lubricante que tenía y sin echar mano del bolsillo de su pantalón para sacar un preservativo, le hundió la polla entera y desnuda por el ojal.

Con la de agujeros que se había follado y ese le hizo sentir muy especial. Dejó la polla dentro y miró hacia abajo. Vio sus huevos colgando, lo poco que se veía de la base de su rabo, ese culito tierno. Esta tan a gusto ahí dentro, tan apretado, que por un momento sintió un escalofrío recorriéndole el cuello y la frente, que si se movía, aunque fueras un solo milímetro, iba a descargar un torrente de leche dentro del chaval.

Respiró hondo y empezó a follarle. Intentó evitar el contacto visual con esos ojazos tan bonitos, con ese cuerpecito precioso encima de su mesa, meciéndose con sus arrebatos, jadeando, abierto de piernas, entregándose a él. Creyó que sería más fácil darle por la retaguardia, llevárselo junto a la ventana, dejar que se apoyase contra el armario y darle por culo, pero la visión de su carita imberbe tan juvenil con una expresión de gusto, su espalda arqueada, su culito respingón, le pusieron más cachondo todavía.

Le llevó por todos los rincones de la oficina por donde solía meneársela a solas, pero ahora disfrutando de su inestimable compañía. Le dio una palmada en el culete y, confiando en su autoestima, se sentó en uno de los sofás para que Joey cabalgara encima de su verga, rezando para no correrse antes de tiempo. Joey se la clavó de espaldas y empezó a saltar. Se ladeó un poco para poder ver a Chris y besarle, también para que viera su enorme pirulón danzando arriba y abajo con cada salto. Pero no hacía falta que se lo enseñara, Chris ya podía sentir los golpes de ese largo y gordo rabo palmeando sus muslos y sus pelotas.

Se dejó complacer retirando los brazos hacia los lados, el chavalito saltando sobre su polla, masturbándosela con su precioso culo y cuando Chris sentía que se le iba de las manos, le cogía por las caderas y le enculaba desde abajo. Le cogió de los muslos, se los separó un poco más y recostó la espalda de Joey contra su pecho. Le reventó el culito a pollazos.

El espacio en la oficina parecía hacerse cada vez más pequeño para los dos. Joey tumbó la espalda en el suelo y dejó el culete hacia arriba apoyado en el asiento del sofá, ofreciéndolo como recipiente para que Chris lo penetrara de arriba a abajo. Chris aceptó la propuesta, dejó el trasero de Joey entre sus muslos, apoyó los brazos en la mesa que tenía enfrente y le taladró el agujero.

En qué momento se le ocurrió sacar la polla y mirar hacia abajo. Vio de fondo esa cara bonita, su boca entreabierta cargada de placer y el pedazo agujero que le había abierto en el culo a ese chaval, uno que llevaba su propio nombre, el diámetro de su enorme polla. Se la metió a fondo enfundándola dentro y la volvió a sacar para verlo de nuevo. Era flipante. Al darse cuenta, Joey se echó las manos a las nalgas y las expandió hacia afuera para que Chris pudiera recrearse mejor con las vistas.

Qué cosa tan bonita, qué dilatado, qué bien se ajustaba su polla en su interior. Se juró que iba a penetrarlo hasta que los dos se dieran por vencidos y cumplió su palabra. Al ver que Chris no iba a frenar, Joey se agarró la polla y se cascó una paja, dejándose encima de la cara, el cuello y el pecho una lluvia de semen. Antes de ver el agujerazo en ese culo, Chris había pensado muchos sitios donde correrse, pero después de ver la luz de la oscuridad de ese pozo sin fondo, lo tuvo claro.

Se la cascó y cuando estaba a punto de correrse, inclinó la polla hacia adelante, apuntando hacia el hueco. Rezó por tener puntería, esa que no tenía al atinar en el retrete cuando meaba, y acertó de pleno, con un primer lefazo que se perdió por las profundidades de ese agujero mojándole las entrañas y los siguientes decorándole los alrededores de ese ojete tan abierto.

Joey se quedó quieto, sintiendo la descarga de ese machote, pasando los dedos por encima cuando terminó de darle leche. Tras recuperarse de esos segundos de corrida, Chris recogió con la punta del rabo la lefa que se había quedado fuera y se la volvió a meter dentro del agujero, recogió al chavalito del suelo con sus fuertes y masculinos brazos y lo sentó encima de sus piernas, los dos desnudos y descargados, para disfrutar juntos de ese ratito de intimidad a solas.

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