Era típico del gremio. Fontaneros, electricistas, pintores, currelas, de tanto subir y bajar escaleras, agacharse, levantarse y ponerse de rodillas, los pantalones iban cediendo hacia abajo y el que más y el que menos terminaba enseñando la hucha. Algunos como ViciousMen la tenían realmente deliciosa, el inicio de ese culazo de machote empotrador, esa apariencia de daddy joven chulazo y atractivo que embelesa, al que da gusto quedarse mirando en pantalón de chándal y con camiseta blanca ajustada.
Al principio ViciousMen creía que la cosa iba en broma, cuando Claudio Medina le bajó un poco más los pantalones a posta por detrás y por eso le rió la gracia, pero cuando se dio cuenta de que el tio iba a por todas, que le amasaba los cachetes y le metía los dedos por la raja, buscando una respuesta por su parte, la cosa se puso seria.
Su primer impulso fue bajar de la escalera y decirle que parara, pero ya era demasiado tarde para eso, porque le estaba metiendo por el ojete el dedo gordo y tuvo que reconocer que le estaba encantando. Y a pesar de eso no quiso creer lo que estaba pasando. Solo cuando comprobó que a Claudio se le estaba poniendo durísima magreando su culo, entendió que todo lo que sucedía en la obra era de verdad, que su compi de curro quería su culo, su boca su todo.
A ver, no iba a ser ViciousMen el que dijera que no a un rato de almuerzo gozando del sexo aunque fuera con otro de su mismo bando, que la menda le tenía a pan y agua desde hacía varias noches. Algo en su instinto le incitó a agacharse y meterse la pedazo pirula negra, gorda, dura y venosa de Claudio dentro de la boca. Le gustó dar placer a otro tio y se vino arriba, bajándole un poco la parte de la bragueta de los vaqueros y admirando sus grandes cojones. Le moló tanto lo bien dotado que estaba que tiró millas y acabó empalándose la polla hasta el fondo mismo de la garganta besándole las pelotas.
Larguísimo, brillante, decorado con todas sus babas encima, ViciousMen observó de cerca ese inmenso pollón, le amó el cipote con los labios, miró a Claudio asintiendo con la cabeza, previniéndole de que iba a volver a hacerlo y se la tragó enterita de nuevo. ViciousMen se colocó en cuclillas en la carretilla, poniendo cachondo a Claudio, que se pajeaba mirando al pedazo chulo que se iba a follar, con un culazo que seguro sería tan tragón como su boca.
Lo hicieron como sólo dos machos podían hacerlo, entre cables y escaleras, sobre cartones y trozos de yeso desperdigados en esa habitación sucia. Claudio se puso por detrás de ese machote a cuatro patas y se la metió sin condón. En sus sueños era así, metiéndosela al jefe de obra buenorro. Si se había dado a la construcción, más que por necesidad era por vicio, porque desde jovencito bien le gustaba mirar a esos tios cachas y atractivos en las obras, imaginándolos cómo serían luego en sus casas, unos empotradores de pro jodiendo culos y coños, haciéndose pajas en grupo durante el almuerzo.
Ahí tenía ese culazo delante de él, blanquito, grandote y redondo, para meter y sacar el ciruelo a placer. Siempre por detrás, ya fuera de rodillas, a cuatro patas o en la escalera, pero siempre de espaldas, para evitar el contacto visual, para evitar enamorarse más de la cuenta. El único contacto visual lo tenían cuando ViciousMen bajaba a lubricarle la polla con una buena mamada antes de volver a metérsela y el simple contacto con esos ojazos le hacía derretirse de gusto, deseando correrse encima de su cara.
Fue subido en la escalera, mirando hacia la hormigonera, que Claudio se corrió dentro de su culo. Al sacar la chorra ya se le había quedado morcillona y ViciousMen se dio la vuelta observando cómo le colgaba al muy cabrón, como una banana de las grandes y largas. Se agachó por última vez y se metió esa longaniza en la boca comiéndole todos los restos de cemento armado.
… CONTINUARÁ
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