Deminho explora a pelo el culazo de futbolista de Igor Lucios con su impresionante tranca negra, gorda y venosa de 22 cm | Tim Tales
Había rabos que estaban hechos para amar con la boca eternamente y el de Deminho era uno de ellos. Igor Lucios observó de cerca su trabuco negro, largo, grueso y venoso de veintidós centímetros, ligeramente curvado hacia arriba cuando estaba completamente duro, como una banana gigante y ya de regalo esos dos enormes cojones colgando entre las piernas, perfectos para sobar con las manos y acariciar con los labios y la lengua.
De mantener la erección de esa pedazo de polla ya se encargaba Igor, que se le daba muy bien. La posturita a cuatro, casi pegando el pecho al colchón, les dejaba a todos como perros salivando por una buena comida. La carita guapa y atractiva de Igor mirando de perfil, su pelo corto en rapadito degradado por los lados y ese culazo de futbolista que tenía, con las nalgas suaves, blanquitas y redondas.
Era difícil resistirse a esas vistas. Deminho empezó metiendo duro, observando cómo rebotaban esas nalgas duritas y musculosas ante los caderazos que les propinaba y acabó cubriendo al chaval subiéndose encima de él, encajando el culo entre sus muslos y metiéndole barrena a pelo hasta cascarle las pelotas una y otra vez en la raja.
El ojete de Igor tragaba lo que le echaran. Deminho no dejaba de sorprenderse de que entrara con tanta facilidad. Si por detrás fue complicado mantener la compostura, al tener a Igor delante, Deminho se puso cariñoso mirando su carita y sus ojos. Le levantó una pierna y se la cruzó por encima del torso para que el agujero estuviera más apretado, Igor se cascó una paja y le mojó de leche toda la cadera. Deminho se puso cómodo para hacerse la suya. Igor se empeñó en poner la cara entre la polla y el vientre de Deminho, dispuesto a cazar todo lo que saliera de ella y se lo llevó calentito, directo a la boca.
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