Jesse se folla dos veces el despampanante culazo del atlético Angelo y comparten besos cargados de lefa | Sean Cody

La nueva zona de cruising de la ciudad era todo un éxito. Era la primera en la que había una norma no escrita que les volvía a todos locos. Había que vestir con vaqueros y camiseta, de manga corta a ser posible. Una vez veías al chico con el que querías ligar, bastaba con sacarse la remera y hacerle saber que eras para él. Cuando Jesse vio a Angelo de lejos ya le hizo tilín, pero a medida que se iba acercando y se quitó la camiseta, lo encontró realmente irresistible.

No tardaron en pasar de hacerlo en la calle para rozar la intimidad entre cuatro paredes. Alquilaron un apartamento para hacerlo a solas. Angelo estaba increíble. Era alto, corpulento, fuerte, con una tonalidad de piel más bien blanquita y muy atlético. Jesse se fijó en su culazo, que se le marcaba bien en los pantalones, tan redondito desplazando los vaqueros que por arriba podía verle la ranura de la hucha. Se dio el placer de meterle las dos manos y agarrarle las dos nalgas y la satisfacción que le dio aquello le hizo ponerse perraco.

Luego bajó la vista y se enamoró de sus pectorales, pero apenas le dio tiempo a reaccionar, porque Angelo iba como un miura y empezó a dominar la situación. Jesse nunca había abierto su puerta trasera a nadie, pero si ese tio quería meterle rabo, desde luego él no iba a ser el que dijera que no a esa primera vez y menos con ese monumento de chaval.

Juntaron sus cuerpos, se besaron, tocaron todo lo que quisieron y Jesse entonces se dio cuenta de que algo grande sobresalía de la parte delantera de la bragueta de su nuevo amigo. Iba bien preparado para follar a saco. No llevaba calzones y la polla la tenía tan larga que al estar ya empinada se le salía por encima de los vaqueros. Se los bajó para verla y tocarla bien. Tocarla como lo haría un chavalín que recién ha descubierto los miembros viriles de otros hombres, con extrema curiosidad, palpando cada centímetro, sobándole la huevera.

La sonrisa que se le dibujó a Jesse en la cara lo decía todo. No sin algo de vergüenza, Jesse se desnudó también. La suya estaba igual de dura, aunque no alcanzaba su tamaño, siendo más fina y menos grande. Se bajó los pantalones, agarró del culo a Angelo y lo abrazó con fuerza dejando que sus pollas se fritaran por ahí abajo y se conocieran mejor.

Joder, qué pedazo de culo, si es que no podía soltarlo. Angelo debió de darse cuenta, pero Jesse todavía se preguntaba quién se follaría a quién en ese juego entre machos. De momento Angelo le empujó sobre la cama y le comió la polla. Al ver la carita de ese guaperas con la pija entre los labios, hincándosela hasta el fondo de la garganta profunda, se le subió la leche enseguida.

Aguantó ese primer bocado como pudo. Por suerte a Angelo se le ocurrió sacarla de su boca y relamerle el pito de abajo a arriba, lo que le dio ese momento de respiro que necesitaba para no correrse dentro de su boca a las primeras de cambio. Nunca otro tio le había excitado tanto como para que fluyera tan rápido la leche de sus pelotas.

Para cuando Angelo se subió con él a la cama y le propuso hacer un sesenta y nueve, Jesse ya se había acostumbrado al roce de sus labios, la presión que ejercían sobre su pene y al cálido aliento de su boca que impactaba contra la saliva que le había dejado encima. Jesse estaba deseando ya meter la cabeza entre las piernas de ese tio y darse el festín padre.

Le apresuró cogiéndole de los muslos para que llegara antes a su cara y cuando lo tuvo todo encima alucinó. A pesar de las ganas que tenía de comerse ese culazo enorme y peludito, ver colgando la polla y los huevos a un palmo de su cara hizo que no se pudiera resistir a metérsela en la boca y chupársela. Antes tuvo que retirarle hacia arriba los huevos de lo mucho que le colgaban, aunque al final los dejó caer y los disfrutó bamboleándolos en su bigote con cada mamada.

Luego, con la polla y los cojones super calentitos apretados entre sus pectorales, elevó la cabeza, sacó la lengua y le comió el ojete. Entre tanto pelo, al fondo podía ver ese agujerito perlado y rosáceo, ligeramente dilatado y lleno de amor. Poco a poco lo fue empujando hasta dejarlo encima de su polla y se lo trincó a pelo. Ya no podía dar marcha atrás. Ese tio era exigente y tener un cuerpazo así de fornido y atlético encima imponía una barbaridad.

El grosor de su pene era aquí una ventaja. Tenerla fina implicaba que entraba apretada pero lo suficientemente holgada como para no crearte problemas y poder así aguantar más. Y con ese chulazo espatarrado encima de él era justo lo que necesitaba. Cuando Angelo se tumbó bocabajo en la cama con el culito respingón dispuesto a ser follado, Jesse se detuvo a mirarlo. Era la perfección personificada, con esas espaldas grandes de nadador, mucuslosas. Le metió la polla y se sintió el hombre más realizado del mundo jodiendo ese culazo tragón.

Le dio por detrás. Angelo estaba de rodillas y tenía la polla durísima, a punto de reventar. Se ayudó de una mano para masturbársela y en un momento había dejado un charco blanco de esperma sobre las sábanas negras. Jesse salió de su interior, se la peló y se corrió encima del culo de sus amores. Un lechazo largo que cayó casi directo en la raja y rebrotes de lefa que no paraban de salir por su polla, bien espesos.

Sin decir una palabra, cuando se buscaron las bocas para compartir ese rato mutuo de felicidad compartida, Jesse acercó su puño bañado en leche a la boca de Angelo para ver si le iba le tema. Resultó que sí le gustaba esa cerdada, así que recogió más, le dejó la lefa en los labios y se besaron de nuevo intercambiando el semen entre sus bocas. Bajó de nuevo a lamerle el lefazo más largo que le había dejado en el culo y se pudieron las botas pasándose la lefa de uno a otro, dejando que se escurriera entre los labios.

El placer que podía proporcionar intercambiar lefotes en un intenso y cerdo morreo, era excitante a tope. Así siguieron, mirándose, intercambiando el flujo de los cojones, enamorándose, hasta que sus rabos estuvieron listos para el segundo asalto. Acababan de darse una ducha, pero no podían evitar mirarse y querer ensuciarse de nuevo. Compartir ese momento final de intimidad les había marcado por completo.

Llevaban las toallas anudadas a la cintura, estaban en el sofá, se miraron, miraron sus cuerpos y se las desataron, descubriendo que sus rabos en estado flácido eran igual de bonitos, descansando sobre sus perfectas hueveras. Angelo no tardó en ponerse de nuevo encima de las piernas de Jesse y este a su vez no podía resistirse a mirar su entrepierna, donde unos cojones que le colgaban una barbaridad no dejaban de contonearse y rozar su pene.

Al momento ya la tenía dura otra vez, se levantó y le dio por culo. Ahora podía ser más valiente, aguantar más y dar más duro, cumpliendo las exigencias de ese enorme culazo. Qué culo tan bonito, qué tio tan guapo. Angelo también ayudaba meneando el trasero hacia atrás, encajando rabo. Afrontaron por fin el cara a cara. Angelo se tumbó en el sofá y puso los brazos hacia arriba, haciendo que destacara su musculoso torso y sus biceps, alimentando el morbo de Jesse.

Llegado el momento, Angelo bajó la manita para pajearse de nuevo, avisó de que se corría, frenó en seco la paja agarrándose fuerte la polla por la base y soltó un enorme chorrazo que le bañó su atlético torso, el resto de la leche formando un charco por debajo de su ombligo. Casi al momento, imposible de aguantar, Jesse la sacó y le regó las pelotas con su semen.

Se agachó, recogió con su boca la leche que le había dejado encima de los huevos, de camino a su cabeza relamió el esperma que él se había dejado en el torso y le besó, traspasando a su boca el sabor de los dos. Siguió bajando a por más, compartiéndolo con él, hasta que no quedó rastro de esa travesura.

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