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Rafael Alencar compite contra el chulazo Colby Tucker y le termina agujereando el culo a pollazos en el gym | MEN

A mí no me engañan. Dicen que van al gym a ponerse cachas, a sentirse mejor con ellos mismos, pero en cuanto tienen oportunidad se la pasan compitiendo contra otros, intentando ser más machitos, mejores que nadie. Yo estaba haciendo elevaciones de piernas y miraba por el espejo. Colby Tucker y Rafael Alencar podían haber ocupado espacios diferentes a esa hora del día en que éramos tres gatos en el amplio gimnasio, pero decidieron poner sus colchonetas una al lado de la otra frente al espejo.

Sabía cómo acababan aquellas competiciones de gallos, con los dos sudando como pollos por el esfuerzo. De los dos me atraía especialmente el aire de empotrador de Colby, pero me fijé en Rafael cuando empezó a hacer burpees. Me di cuenta de que el muy cabrón no llevaba calzones y de que cada vez que saltaba le rebotaba una buena picha en la tela, tan larga que os juro que pude ver cómo el cipote se le salía por debajo de los pantalones cortos.

Normalmente como os decía, esas batallas de ratas de gym acababan con los dos sudando y a menudo con la camiseta quitada, enseñando el potencial muscular de ambos, pero esa vez fue diferente. Jamás esperé que pasaran olímpicamente de mi presencia, que Rafa se bajase las bermudas y que empitonase la boca de Colby con la larga herramienta que yo ya intuía entre sus piernas.

Larga, enorme, gordísima, me relamí los labios pensando que eran los de Colby y casi pude sentir el calor de esa enorme polla penetrando mi boca. El machote Colby, sí, ese al que yo tenía en el trono de los empotradores, se me cayó de bruces al suelo y llevó consigo un condón en la mano para ajustarlo sobre el cilíndrico pollón de su recién conocido coleguita. Tuve que ver cómo el mito se caía ante mis ojos y empezaba a saltar como una puta empalado por la gigantesca pollaza.

El tio al que yo imaginaba penetrando duro los ojetes, estaba ahora a cuatro patas, con cara de gusto y de esfuerzo, mirando por el espejo cómo otro hombre le poseía por detrás, abierto de piernas, tirado en el suelo, dejando que Rafa le abriese el ojete con las manos y le taladrase con el rabo desde arriba, sonriendo con su cara de cabrón atractivo mientras la lefa le caía sobre los musculosos pectorales.

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