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El Batallón Sagrado de Tebas 3: Diego Sans se folla a su oficial D.O. y le mete una buena lefada | MEN

A menudo en el mundo todo puede explicarse como si se tratara de un tablero con piezas de ajedrez. Nadie da un paso en falso sin mirar antes el camino y a sus contrincantes. Los espartanos han sido derrotados, pero la lucha sigue adelante sin descanso. A pesar de que los guerreros del Batallón Sagrado de Tebas se entregaban en cuerpo y alma al campo de batalla, también existían las sublevaciones de aquellos que perseguían su libertad para quitarse de encima las cadenas de la guerra.

El oficial al mando sabía que uno de sus guerreros más difíciles de contentar era precisamente uno de los más fuertes. Diego Sans tenía unas de las más bellas piernas entre todos sus hombres, peludas, masculinas y fuertes, que se asentaban al terreno de batalla como si formasen parte de la misma arena. Todo lo que tenía de aguerrido, lo tenía de rebelde.

La noche siguiente a la derrota de los espartanos, fue a la tienda de su comandante D.O. y luchó por sus creencias llevando consigo a su compañero. Como todas las confrontaciones que surgían entre ellos, las diferencias no se resolvían de otra forma que no fuera con la fuerza del amor, que era el motivo que los mantenía unidos y fuertes.

El compañero de Diego, Damien, y el del oficial, Manuel, dejaron de escuchar los gritos, espiaron por la apertura de la rendija de la tienda. Vieron a Diego calmarse, hincar las rodillas en el suelo y coger entre su mano y sus labios la grandiosa polla del comandante, con su perfecta forma cilíndrica y su brillante cipote, comiéndosela hasta los huevos.

Entre los que buscaban consuelo y los que fingían alguna disputa, el oficial se habría follado ya a medio batallón en el transcurso de la guerra. Pero su cometido, dar y recibir, tal como ahora, era mantener a su ejército unido y Diego necesitaba calmar su rabia, para lo cual necesitaba linchar a pollazos un buen culo. Sin miramientos empujó a D.O. sobre la mesa del mapa de estrategias y volvió a agacharse para meter sus morros en el hueco de la raja de su gran culazo.

A parte del cargo impuesto, D.O. no podía fingir que ante todo era un hombre con buen gusto y como tal sucumbía a los encantos de otros hombres. Diego era de sus preferidos y si bien le comió la polla haciéndole ver que se trataba de un acto de generosidad, el placer de notar su cipote recorriendo su lengua y tener toda la polla intentando penetrar el fondo de su garganta le puso cerdo.

Admiraba ese cuerpazo firme, musculoso y fuerte, peludo para resistir el frío y ahora que pudo se lo tocó con las manos y paseó los morros por él con deseo. Un oficial no sólo tenía que tener ciertas dotes para comandar a un batallón de trescientos guerreros, también tenía que tener dotes para darles lo que pidieran en caso de necesidad y en este sentido D.O. las tenía todas. Su culazo en pompa a cuatro patas era tan irresistible que hundir la polla dentro de su precioso y suave agujero hacía a los guerreros luchar con más ímpetu en cada batalla.

En mitad de un endiablado culazo, un gran hueco esperaba con impaciencia el pollón de Diego, que sabía que ese ojete había sido forjado y mancillado por otras pollas más grandes de los otros doscientos noventa y nueve, pero eso no le impidió meterla con la misma rabia que hubiera empuñado una espada para luchar contra toda Esparta.

La mesa de estrategia había sido desprovista de peones y en su lugar ahora había un macho tumbado encima con la polla empinada y bien dura. El comandante se la clavó enterita y dejó que Diego descargase en él toda su rabia a cada pollazo.

De pie parecía imponente con su porte de macho. D.O. se abrió de piernas y aunque la visión que tenía por esa postura se lo impedía, no pudo verle la polla recta pero sí sentir cómo se iba hundiendo dentro de sus entrañas provocándole un gusto infinito. El oficial se agarró la polla para liberarse los cargados huevos pero enseguida la manaza fuerte y masculina de Diego se hizo con ella.

Gozar de ese rabo horadando su hueco, el contraste de su polla dura siendo pajeada por un hombre fuerte contra el fondo de unos abdominales duros como una roca y peludos. Un mar de sensaciones se agolpó en algún lugar de la cabeza del comandante y la energía fluyó por toda su gran polla soltando chorrazos de lefa como si fuera una fuente.

Ahora sabía lo que le esperaba y no quería perdérselo. Después de tanto tiempo y entre tantos hombres, los rumores de que Diego era un gran tirador no le habían pasado desapercibidos. Se agachó y dejó su torso a la altura de la polla del guerrero que le disparó a conciencia haciendo impactar unos grandiosos chorrazos de semen en su cuello, sus hombros, sus pectorales, que volaban más allá de su cara para depositarse en el mapa que había detrás.

Durante los maravillosos segundos de placer que duró la corrida, D.O. miraba fijamente la cara de rabia de Diego soltando todo su esperma sobre él. Una vez hubo terminado, le besó sintiendo el placer de los mecos calentitos deslizándose por todo su cuerpo. Había conseguido que otro guerrero quedase contento. Mañana había otra dura batalla por delante.

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