Simeon Krayev se casca un pajote con su largo y gordo pollón a solas en el granero | Freshmen
La parte alta del granero de la casa de campo de Simeon Krayev, le había visto crecer y convertirse en un hombrecito. Allí paso de observar las estrellas con un telescopio que había recibido de regalo por su cumpleaños, a reparar en otras maravillas que tenía mucho más cerca, unas que estaban instaladas en su propio cuerpo.
El sofá que allí tenía, fue testigo de cómo le iba creciendo la polla año a año, de cómo le salían los primeros pelitos en la base del rabo, el las axilas, el culete, las piernas y en su carita guapa. De niño a hombre. La erección, descubrir que cuando se tocaba eso que le colgaba entre las piernas, le gustaba, ir más allá y no dejar de tocársela hasta que de repente un líquido viscoso salió volando de su interior y le dejó ciego de placer, creyendo que se moría del puto gusto.
Así aprendió lo que era hacerse una paja y encontró otras formas de perseguir más placer. El sofá fue testigo. Una de las esquinas tiene un pedazo de agujero del diámetro de su polla, se le ven las costuras y el relleno por dentro, el lugar preferido durante muchos años por Simeon para colarla, para olvidarse del trabajo manual y dedicarse a disfrutar del arte de meter y sacar.
Ya en el instituto, por las miradas que le lanzaban otros chicos, pudo intuir que él no era como los demás, que la tenía más grande, con un despampanante capullo y que los huevos le colgaban más que a ningún otro de su edad. Eso le granjeo buenas amistades en los baños, donde no le faltaban tios que le comieran el rabo o le abrieran la raja, hasta que uno se lo hizo a él y entonces descubrió la segunda parte del trato de ser un hombre, el placer de la puerta de atrás.
Pero a pesar de que tenía muchos candidatos para lo uno y para lo otro, enamorados de su larga y gruesa polla para la edad que tenía, de sus cojonazos colgando y de su irresistible culazo, Simon siempre volvía al lugar que le vio crecer, a retozar desnudo en su sofá preferido, paseando su culo sudado y juvenil por el asiento y regalándole algún lefazo mal dirigido acompañado con un intenso gemido de gusto.
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