Cassidy Clyde se corre esnifando calzones en los vestuarios y DeAngelo Jackson lo empotra contra las taquillas | MEN

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De peque, a Cassidy Clyde le molaban los kinder, pero no por el chocolate con leche, que también estaba la mar de rico, sino por la sorpresa que aguardaba dentro. Cuando creció y le nacieron los primeros pelos en los huevos, encontró en las taquillas de los vestuarios sus nuevos huevos kinder sorpresa.

Era como un ritual. Nada más entrar en las duchas, lo primero que hacía era inspirar fuerte y profundo, llenándose los pulmones con el olor a macho que impregnaba la sala. Eso, unido a la visión de montones de ropa interior, calcetos y zapas de buen tallaje desperdigados por el suelo, le llevaban al paraíso de los hombres, obligándole a cerrar los ojos y fantasear con quiénes podrían ser sus dueños.

Esas toallas por ahí tiradas sobre los bancos, que habían recubierto segundos antes culazos y paquetes de tiarrones musculosos. Las cogía y les pegaba unas buenas esnifadas igual de intensas y profundas, localizando el aroma a culo y rabo sudado. Cachondo y con el pito bien duro, se disponía a realizar su hobby favorito, abrir una a una las taquillas para descubrir en ellas jocks y calzones que olían a puro macho.

El vicio le podía y a veces sostenía entre sus manos y se llevaba a las napias más prendas íntimas de las que podía abarcar, pero siempre terminaba quedándose con uno de esos calzones cuyo profundo olor le llamaba mucho más la atención que el resto. Entonces se acomodaba en el banco, cuando no había nadie en los vestuarios, y se hacía una paja apretando bien los gayumbos contra su jeta para respirar todo el aroma a verga.

Esta vez se enamoró de unos calzones azules que llevó de su cara a su polla, mezclando el aroma de sus pelotas y se corrió encima de ellos pringándolos con una abundante lefada cuando uno de los jugadores del equipo de baloncesto le pilló por sorpresa. DeAngelo Jackson, un tiarrón morenazo, alto y fuerte, cogió los gayumbos sin importarle llenarse las manos con el semen y le fostió la cara con ellos reprendiéndole su actitud de adolescente pajillero.

Pero ay, esos ojitos de cachorro vicioso, esa carita guapa. DeAngelo no pudo resistirse a sus encantos y atrajo esa cabecita hacia su paquete restregándola por encima para que lo esnifase. Se bajó los slips y le dio de comer verga y huevos. Qué bien quedaba su polla morenota en mitad de esa carita, con el chavlito comiéndole los cojones y mirando hacia arriba con esos ojazos verdes cargados de amor.

Le cogió con fuerza, lo estampó contra las taquillas y le metió los calzones corridos en la boca para acallar los gemidos que profería cuando se la metía por el culo. En los vestuarios tenían una banca de pesas, para trabajar músculo mientras esperaban su turno cuando las duchas estaban llenas. DeAngelo esta vez la usó para algo igual de útil, sentándose y dejando que Cassidy se sentara sobre sus piernas clavándose toda su polla dentro.

Antes de hacerlo, el chavalín hizo una sentadilla y se ladeó pasando un brazo por detrás para atraparle el pollón y dirigirlo hacia su agujero. Lo hizo con tanto tacto que al sentir la manita cálida en su miembro, casi le deja la leche encima. Hasta ahora ese cabroncete como mucho se había limitado a esnifar la lefa reseca de la huevera de los calzones. Ya era hora de que se pringase los morros con semen de primera calidad recién salido del horno.

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