El chulazo ex militar Trace Lewis dona todo su semen acumulado en las pelotas en la boca de Aaron French | Cum Club

Siempre me había rondado una pregunta en la cabeza. ¿Dónde iban los marines según bajaban del barco para ir de permiso, después de haber pasado meses y meses en alta mar sin un coño a mano con el que follar como perros? Que se habían matado a pajas no me quedaba duda y tenía mis sospechas de si algunos incluso se habrían sacrificado, covertidos en putitas, para calmar la sed de sexo de sus compañeros.

Para resolver todas mis dudas, fui al puerto a recibir uno de esos barcos. Me costó decidirme con tanto tiarrón buenorro. La mayoría de sus novias ya los estaban esperando y se abalanzaban hacia ellos con un salto tan efusivo que, si el chaval llega a estar empalmado, se la folla allí mismo. Al final me fijé en un chulazo guaperas, todo un papi con barbita y camiseta verde militar ajustada. Le hice la propuesta enseguida, por si se rajaba tener otra oportunidad con otro antes de que se fueran todos. Fui muy claro. Ir a una habitación de hotel cercana, comerle la polla, que descargase los huevos y si te he visto no me acuerdo.

Por suerte Trace Lewis estaba por la labor y yo estaba en lo cierto. Aquellos tios bajaban del barco como pollas sin rumbo deseando follarse cualquier cosa que tuviera un agujero en medio. Pues allí estaba mi boca para ese machote fornido. Cuando le bajé los pantalones flipé en colores. Un rabo largo y majestuoso, tal y como había imaginado de un chulazo así.

Temí que no trempara o que se echase para atrás en cualquier momento, pero aquella polla comenzó a crecer dentro de mi boca con cada mamada. Lejos de apartar la mirada, el tio no dejaba de mirar hacia abajo, concentrado e incluso participando masturbándose la polla mientras yo le comía los huevos. Estaba buenísimo el cabrón.

Sabía que a ese ritmo, por los gestos de su cara y sus gemidos apagados, no iba a durar mucho. Siendo hombre, comprendía lo mucho que costaba aguantar la leche de los huevos cuando alguien te la chupaba con tantas ganas y llevabas mucho tiempo sin hacerlo. Se la pajeé duro y no paré. Los gemidos se intensificaron, le flojearon las piernas y me depositó unos buenos chorrazos de semen en toda la boca. Se la estrujé hasta que no quedó una sola gota en ese precioso rabo. Miré hacia arriba y vi su cara de felicidad, algo sonrojada por la corrida. Él tenía sus huevos descargados y yo toda su donación de semen ya en mi barriga. Los dos felices.

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