Bo Sinn destroza a pelo el virginal culito de Eddie Rabbit con su mega gigantesca pollaza | BROMO

Twink Destroyer

Sus padres le han dejado solo a cargo de la casa por primera vez, apenas unos días después de su decimo octavo cumpleaños. Mientras Eddie Rabbit se acostumbra a hacer sus primeros pinitos en la cocina, decide llamar a un servicio de comida rápida para tener algo que llevarse a la boca por si acaso las cosas se tuercen entre los fogones.

El repartidor al que abre la puerta le pone tope cachondo. Casi no puede ocultar que el culo se le hace pepsi cola al ver esa cara de machote, tatuado y fornido. Si fuera una buena puta como está mandado, se tiraría a sus brazos y le regalaría el hueco de su virginal culito, pero a Eddie se le dan mejor las insinuaciones, así que cuando acude a la mesilla del recibidor a coger dinero, le da la espalda y menea el trasero.

Sabe que hacer aquello es una guarrada, pero estar solo en casa, le da las fuerzas necesarias para sacar a relucir su lado más gamberro y salido. Por un momento piensa que no va a servir de nada, que ese maromo se largará por la puerta igual que vino, pero la jugada le sale perfecta y Bo Sinn le coge por detrás y le aprieta la boca con la mano, una mano que huele a muchas cosas, de entre las que reconoce el olor a rabo de un tio que seguramente se la ha estado masturbando en la furgoneta antes de subir a hacer el reparto.

El chulazo le da la vuelta y le fuerza de los hombros hacia abajo para que se agache, prometiéndole algo mucho más especial que la comida. Bo lleva unos pantalones de chándal. Mete los pulgares por el interior de la goma a cada lado de las caderas, arrastrando también los calzones que lleva puestos y los baja tan rápido que Eddie sólo puede reaccionar con un gritito de gusto al ver el pedazo de pollón gigantesco que se gasta ese tio, lo más grande que haya visto en su puta y corta vida, un rabo jodidamente largo, bestialmente gordo, encapuchado, todo un cilindro que le hace replantearse sus conocimientos sobre la anatomía de toda la puta especie humana.

No es consciente del tiempo que tarda en recomponerse de esa primera e impactante impresión, quizá un par de minutos, quizá segundos, hasta que Bo le coge la cabeza como si fuera un jugador de baloncesto dispuesto a lanzar canasta, con los pulgares en la frente y el resto de desos de las manos sobre la parte superior del pelo y le mete la trompa por la boca, cada vez más adentro, firme, durísima, cogiéndose las pelotas y plantándoselas en los labios, intentando meterle todo dentro, hasta atragantarle y hacerle llorar lágrimas de comepollas.

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde y de verdad de la buena que Eddie aprende lo importante que es respirar. Cuando le saca la polla de la garganta toma una bocanada de aire, pero ese cabrón del repartidor tiene algo que le hace volver a caer en la tentación de tragar polla hasta perder el conocimiento. Es su cuerpazo, el tamaño de su gigantesca verga, la fuerza que destila, los gestos de su cara, rabiosos haciéndole mamar.

Lo lleva hasta su dormitorio. Mientras se sienta sobre sus piernas, consciente de que perderá la virginidad con un completo desconocido, a manos de una gigantesca polla como jamás había imaginado, mira los póster de su habitación y sabe que nunca volverá a ser lo mismo después de haber probado los placeres de la carne. Sin compasión y también sin condón, Bo lo empala de un pollazo y le atraviesa el agujero del culo convirtiéndolo en un hombre.

Un mar de nuevas sensaciones inunda a Eddie. A veces sumergido como en una fantasía, otras consciente de la realidad, Bo sigue dominando su trasero convirtiéndolo en su putita, haciendo con ese chavalín lo que le viene en gana, dominándole sobr ela cama, machacándole el ojal con su enorme polla y sus huevos peludos, abriéndole los cachetes, deslizando su majestuoso rabo por el interior del culo, destrozando el virginal culito de ese chavalín, haciéndole desear a los varones de aquí a los restos.

La de pajas que le quedan al jovencito Eddie, rememorando una y otra vez en la soledad de su habitación el momento en el que ese tiarrón le sacaba la verga del culo y se pajeaba su larga minga sobre su cuerpo, tirándole la leche encima, sintiéndose sucio, pero también extrañamente eufórico, con el semen de otro hombre nadando sobre su cuerpo.

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