Bo Sinn revienta el culo de San Bass a pelo con su gigantesco pollón | BROMO

No está nada mal. Se mira en el espejo, se toca, se toca mucho y San Bass piensa que si él fuera otro y se viera a sí mismo por ahí, se follaba. Esos musculitos, esos abdominales, el pelito, la carita guapa. Cada vez se va poniendo más cachondo. Se oyen pasos ahí fuera, se abre la puerta. El andar de Bo Sinn es tosco y decidido, inconfundible.

Coge al guaperas como si cualquier cosa, como si esos sesenta kilos apenas pesaran y lo lanza contra la cama. “Ven aquí guaperas, que te voy a enseñar lo que te falta a ti para llegar a la altura de un macho“. San sabe a lo que se refiere, porque jamás ha visto una polla tan larga, tan gorda y tan gigantesca como la de Bo. Bueno, sí, en las cuadras del campo, pero no a ningún ser humano. No sabe si es porque eso que tiene Bo es especial o si es que aún le queda mundo por recorrer.

Ese cabrón es un dominante. Debería estar contento con que cualquier mortal ya pueda abrir la boca lo suficiente como para siquiera comerle el cipote, pero quiere más, quiere meterla hasta el fondo, aunque sepa que es imposible por el tamaño. “Y esto no se lo digas a mis amigos“, le advierte cuando se sienta sobre su cara y le obliga a comerle el ojete. Sí, no vaya a ser que si lo cuenta, le estén esperando con una pastilla de jabón en le suelo de los vestuarios esperando a que él la coja.

Suerte que San siempre ha tenido un culo tragón, que si no se lo revienta. Bo se la mete y la saca y cada recorrido parece no tener fin. Centímetros y centímetros de rabo grueso, duro, perforando su agujero sin condón. Mira su cara de bestia, de esfuerzo cuando se la mete. Se pregunta qué verá Bo en el espejo cuando se mira por las mañanas y piensa que si él fuese Bo, estaría jugando con esa enorme escopeta a todas horas.

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