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Pongo firme a mi hermano, me lo follo sin condón y le lefo la jeta | Brother Crush

Cuando mis padres no estaban en casa, me gustaba putear un poco a mi hermano pequeño. Sé que a él le daba respeto que me dejasen a su cargo, porque enseguida le ponía las pilas al muy ceporro, pero me encantaba esa cara de sumiso que ponía cuando no le quedaban más cojones que acatar mis órdenes. Digamos que lo que papá y mamá no hacían con el pequeñín de la casa, el niño mimado, tenía que encargarme yo de ello para enderezarle y convertirle en un hombre.

Todavía dormíamos en la misma habitación, para mi desgracia y también la suya. Sin mi ayuda, el muy cabrón ya había aprendido a hacerse pajas y amanecía todas las mañanas mojando las sábanas. No se molestaba ni en echarlas a lavar ni en abrir las ventanas, por lo que cuando estábamos solos, aquella habitación parecía y olía como una puta leonera.

Con el tiempo empezó a decorar las paredes con montones de poster de sus grupos favoritos de pop. Pero qué pop ni qué hostias si yo soy de metal. Tener que despertarme por las mañanas y ver todo eso me estaba empezando a poner enfermo, así que la primera regla que traté de dejarle clara es la de cuál es su lado de la habitación. Había llegado el momento de dividirla en dos con una línea imaginaria que no debía cruzar.

Pronto esa línea imaginaria se convirtió en una línea real, una cinta de color verde pegada al suelo, pero el mamonazo se hacía querer tanto que incluso a veces a mí se me difuminaba del todo. Esto solía ocurrir cuando me ponía ojitos y me pedía favores. En el fondo era tan guapo, como yo, sangre de mi sangre, que ideamos un pacto que a los dos nos compensase. Como en esa época yo estaba a dos velas, le daba lo que quisiera si me chupaba la polla.

Ya se me hacía raro dejar mi rabo colgando delante de él, cuanto más ver cómo se arrodillaba delante de mí y se metía el trabuco en la boca. Es algo que no se olvida. La primera vez me dio tanto gusto de lo raro que era aquello que me corrí en su boca sin avisar y el tio salió corriendo a escupir el semen al retrete. Ese día, si no se lavó los dientes diez veces, no se los lavó ninguna. Después me pedía tantos favores que las mamadas se convirtieron en costumbre.

He de reconocer que mi hermanito era muy hábil comiendo vergas. Con lo larga que yo la tengo y teniendo en cuenta que las chicas tardaban en ponérmela dura unos cuantos minutos, a él le sobraba hasta tiempo, porque con un par de chupaditas la polla empezaba a crecerme sin medida, cada vez más dura y más larga. Por mi parte empezaba a quedarme claro que cuando mi hermanito se ponía a hacerse pajillas bajo las sábanas móvil en mano, no era con fotos de tetas precisamente con lo que se masturbaba.

Había escuchado rumores de que en el insti se iba diciendo que había un tio que se llevaba a otros entre clase y clase al baño y que los del equipo de hockey habían escuchado sonidos de mamadas en los retretes. Empezaba a pensar que mi hermano tenía algo que ver en eso. Le pregunté que dónde había aprendido a comerla así, pero su respuesta fue mirarme y seguir chupándomela. Hijo de puta, a saber cuántas pijas se había comido en los baños del instituto antes que la mía.

Me puso tan perro que le di la vuelta para que me diese su culo. Ese día íbamos a probar nuevas experiencias. Era un puto enclenque, con unas piernecillas delgadas y un culito que aquello ni era culo ni na, pero el chaval tenía una cara tan guapa que eso ya le servía para camelarse a cualquiera. Se hacía querer, vaya que sí. Además era admirable lo mucho que le colgaban los cojones entre las piernas en esa postura. Sabía que en los vestuarios su hermano provocaba alguna que otra burla por eso, pero era de puta envidia que le tenían los que tenían los huevos agarraos. Más quisieran ellos lucir ese par de bolas de macho entre las piernas.

Yo era de la idea de que entre hermanos no había por qué usar condón, ya que todo quedaba en familia, así que le escupí en la entrada del ojete para lubricárselo, me agarré la polla y se la endiñé a pelo por detrás. Menos mal que nuestros padres no estaban, que si no les hubiera despertado de los gemidos que pegó. Yo también fui un poco bestia metiéndole mis veinte centímetros de una estacada, pero es que me gustaba dar a mi hermano por culo, desde bien pequeñito.

Para compensar mi burrada, le dejé que se la metiese a su ritmo. Fuimos a mi parte de la habitación, me senté en el borde de la cama, apuntalé mi polla hacia arriba y le dejé que se sentase encima de ella. De esta forma, cuando volví a atacarle por detrás, ya se había hecho al diámetro de mi rabo y todo surgió de forma más natural. Si no disfrutaba yo del culo de mi hermanito, a ver quién iba a disfrutarlo mejor.

No me hizo falta ni preguntarle dónde me corría, porque siempre lo hacía donde yo quería. Le puse la polla sobre la cabeza, me la empecé a cascar y le fui decorando esa cara bonita con todo mi semen, con unos buenos goterones de lefa saliéndome por la punta de la polla y cayendo sobre sus labios, su nariz y dentro de su boca. Cuando me salía la última gota, le empujaba hacia su lado de la habitación. Tenía que comprender que nuestra relación de amistad fraternal comenzaba con la mamada y terminaba con la corrida. Sé que después, cuando yo me quedaba medio dormido, el muy cabrón se metía bajo las sábanas y se hacía una gayola relamiéndose el semen que le había dejado encima.

 

Nota: Las imágenes, el vídeo y el texto reflejan una obra de ficción. Los actores no tienen ninguna relación de parentesco real.

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